La última partida de ajedrez

 

El tiempo está a favor de los pequeños,

De los desnudos, de los olvidados.

El tiempo está a favor de buenos sueños.

Silvio Rodríguez

Tríptico 1984

 

La última partida de ajedrez

 

Para Anselmo Radrigán Plaza, Pedro o el Radri como ustedes quieran

 


Lo miré a los ojos y el viejo portero me saludó con cortesía. Le respondí con una sonrisa y pensé: “no, no tiene cara de soplón”. Pasé frente al ascensor, subí rápidamente los dos tramos de escalera que conducían al entrepiso y miré el reloj, eran casi las siete de la tarde, esa hora en que el infierno santiaguino deja de arder y empieza a soplar una grata brisa que me hace pensar en la maravilla que debe haber sido ese valle antes del cemento, de las chimeneas y de los tubos de escape. Entré sin preámbulos en ese salón soportado por columnas octogonales lleno de mesas con sus cubiertas escaqueadas. Sentí un gran alivio al comprobar que las condiciones de ingreso no habían cambiado, al Club de Ajedrez Chile cualquiera entraba como Pedro por su casa.

Eso era justamente lo que necesitaba. La atmósfera que se respiraba era tranquilizadora. Inmediatamente me arrepentí de haber traído la Colt 45 que con dificultad podía cubrir con mi chaqueta de verano. ¡Tanta paz y yo con artillería pesada!

Más de un año que no me aparecía por ahí y había tantos cambios en el país que lo más inesperado resultaba encontrar un lugar donde el tiempo parecía detenido, todo seguía igual. Quizás la experiencia diaria de tener que mostrarle los cuadernos a una patrulla militar atrincherada en la puerta de la UTE me hacía temer más de algún inconveniente para ingresar a cualquier parte. Los milicos no eran tan brutos: le temían a los libros y a la inteligencia más que a las armas. Sobre todo, si eran como mi Colt que no contaba con un segundo cargador y no estaba seguro de que funcionara. Javier, quien me la había dejado en herencia antes de abandonar Chile, me dijo que estaba en perfectas condiciones, pero no había tenido oportunidad de comprobarlo.

Encontrar a Pedro, en ese lugar, era seguro. Lo conocía bien, desde los tiempos en que Pedro era el Radri y yo aún no soñaba que me llamaría Mateo. Fue el orden alfabético que domina ciertas regiones del mundo el que nos hizo coincidir en el mismo curso de ingeniería.

─Vamos al Caín─ me invitó cuando salimos de clase.

─¿Qué picá es esa? ─ pregunté con ignorancia provinciana.

─Ninguna picá, es el Club de Ajedrez de Ingeniería y en esta escuela no te dan el título si no sabís jugar.

─De saber, sé─ le respondí sin sospechar el lío en que me metía, y fuimos al Caín.

Perdí todos los partidos. Cuando cerraron lo invité a la pensión de estudiantes donde vivía, para que jugara con el Piduco, un amigo que iba a cobrar venganza por mis derrotas. Jugaron casi toda la noche. Ganaba siempre el que llevaba las blancas, es decir, iban uno y uno ya que en cada partido cambiaban las piezas. El encuentro terminó en la madrugada igualado a no sé cuantos y el Radri durmió en un saco que tenía alguien del público, es decir, alguno de los pensionistas que solidariamente se habían trasnochado con nosotros.

Algo distinto al orden alfabético fue lo que también nos hizo coincidir en esa reunión en que Edgardo Enríquez nos invitó a integrarnos al MIR. Su pesada argumentación mencionaba a Marx, Engels, Lenin, Trosky y el Che. Los cuatro primeros eran casi desconocidos para nosotros, pero el último, el Che era tema permanente de nuestras conversaciones. Esa noche nos juntamos en la pensión. Todos estábamos pensando en lo mismo, así que funcionó la telepatía y el Radri, supuestamente el más tímido, con su voz calmada y casi gangosa porque su tabique nasal era demasiado alto, se atrevió a ponerle sonido al pensamiento:

─Bueno, entiendo entonces que nos metimos al MIR, aunque no tengamos idea quienes eran esos giles que nombró el Edgardo.

Eso desató las lenguas de todos y nos atropellamos en decir que por supuesto que eso era lo que había que hacer. De ahí en adelante la cosa en la pensión no fue puro ajedrez, sino política y ajedrez.

Regresemos a 1974 en el Club de Ajedrez Chile, el pariente rico del Caín. El sagrado templo donde se jugaba el Torneo Mayor, algo así como la primera división del ajedrez nacional en la que participaba un pequeño grupo de jugadores de todo el país, entre esos el Radri, el Piduco y otros ejemplares de ingeniería. Hoy, solo estaban ocupadas cuatro o cinco mesas del centro de la sala, donde jugaban los más mostrados, los que querían tener público. Un poco más allá, junto a una columna, cerca del ventanal, estaba el Radri, solo con un libro, inmóvil frente a un tablero con piezas inmóviles que deben haber estado de lo más agitadas en su mente, ya que las miraba fijamente, como hipnotizado. Ni acordado podría haber resultado mejor el encuentro. Di un rodeo echándole un vistazo a los partidos que se jugaban, disimulando mi interés en ir a reunirme con el Radri. Me demoraba para asegurarme que estaba solo.

Decidí acercarme. Lo saludé desabridamente como si lo hubiera visto el día anterior. Le pregunté si estaba solo.

─No, aquí estoy con el maestro Capablanca que está a punto de ganarle al pesado de Alekhine─ dijo mostrándome su libro.

Tomé el libro. Era una recopilación de las partidas entre esos archirrivales, lo hojeé y me di cuenta que le faltaba una parte.

─¿Y qué pasó aquí?─ pregunté mostrándole el daño que tenía el libro.

─Preferí operarlo de esas páginas porque ahí salían las biografías de los dos giles: el maestro Capablanca es cubano y el otro rusosky, lo cual es suficiente para ganarse un problema en estos tiempos. Pero dejemos descansar a estos viejos y juguemos una partida─ dijo mientras desarmaba el juego y me entregaba las piezas blancas. Inútil ventaja que yo acepté sin discutir. Luego empezó a murmurar una especie de monólogo.

─Así es Mateo, a veces hay que jugar con las negras, lo malo es que hace un año que nos tocan siempre las negras y las blancas toman la iniciativa con facilidad mientras nosotros estamos aguantando nada más. Después de todo, el tiempo juega a nuestro favor. Si logramos mantenernos vivos, vamos a ver el fin de esta locura, pero no va a ser cosa fácil.

Yo no estaba para análisis, ni menos en esa semiclave de frases con doble lectura, dichas en voz muy baja. Por eso lo interrumpí para que fuésemos al grano.

─Mira Radri, yo vine porque Marcela, la comadre que es enlace de Renato, llegó al punto del lunes muy asustada, se puso a llorar y me dijo que creía que el guatonchito había caído. Le dije que cambiara de casa y que nos viéramos el viernes, es decir ayer. Pero no fui, simplemente me cagué de susto. ¿No has sentido eso alguna vez? Es lo que llaman una corazonada. No sé... me empezaban a faltar las palabras para explicar mi voluntaria desconexión cuando el Radri me interrumpió.

─¡Jaque! Los descuidos se pagan caro...

─¡No abuse maestro! Hace tiempo que no toco una pieza─ respondí mientras pensaba que debía demorarme mucho en contestar esa jugada, aunque sólo tenía dos movidas posibles y claro, poner cara de máxima concentración, aunque lo que iba a hacer era lanzar al aire una moneda imaginaria para decidir mi jugada. Esto le obligó a contarme las noticias de una buena vez. Ya habíamos dilatado bastante el momento simulando que no había urgencia. Se puso serio y me dijo:

─Desgraciadamente te tengo que confirmar la caída de Renato y en las peores manos...  de su enlace no sabemos nada. Ojalá se haya desconectado deliberadamente como lo hiciste tú.

─¡Mierda! Tenía la esperanza de que esto fuera solo un mal presentimiento...

─Mateo, caer es una posibilidad que siempre existe...

─Sí, Radri, pero deja que me dé rabia. Piensa que justo ahora Renato estaba planteando ideas nuevas, crear una retaguardia en el exterior, replegarnos, salvar lo que queda... pero claro es muy cabro chico y no lo tomaron en serio.

─Sobre Marcela, no trates de reconectarla, es mejor dejar que las cosas se enfríen, que pase el tiempo. Ese es nuestro mejor aliado. Hay que hacer lo que estas haciendo en esta partida, demorarse mucho en cada jugada.

El Radri encontró las palabras para calmarme. Acordamos un punto al que iría yo y un enlace que me mantendría en contacto con el Comité Central. Antes de despedirnos me atreví a darle un consejo.

─Sabes, Radri, creo que no debieras venir a este lugar, así como yo te encontré podrían hacerlo los malos.

─Nooo, estay loco, si hace más de un año que no me aparecía por aquí. Fue pura cueva que me encontraras─, me lo dijo tan serio que estuve a punto de creerle. Pero lo miré sosteniéndole la mirada y pensando: “Dime la firme”. Así lo hice confesar que iba algunas veces, pero no por el vicio del ajedrez, sino porque ahí se podía concentrar, pensar en lo que había que hacer.

Después de vacilar un poco y reírse otro poco, me soltó la firme.

─Bueno, esta vez, en verdad vine por ti. Estaba preocupado por la caída de Renato. Sabía que tú estabas conectado con él y temí lo peor. Esta era la única posibilidad de encontrarte─. Dijo muy serio el Radri.

Ambos habíamos realizado la misma jugada. Ambos habíamos tomado voluntariamente un riesgo necesario y habíamos obtenido una minúscula e inolvidable victoria. Mi única gran victoria vinculada al ajedrez. Nos reímos satisfechos con una risa suave en armonía con la paz del lugar.

─¡Cuídate!─ insistí sin convicción. Puse mi rey en posición horizontal, gesto que debía haber hecho hace rato, estreché su mano con fuerza, como si lo felicitara por lo que había sucedido en el tablero y me di cuenta que quizás nunca nos habíamos dado la mano. Eso no entraba en los rituales de nuestra amistad. Presentí que la separación sería larga. Esa fue nuestra última partida.                                                                                                                                                                                                                              Mateo V

Muchos gatos para un solo crimen

Biblioteka negra

 El libro que escogió mi mano, es un libro sobre gatos y estaba en el cajón de los libros sobre gatos, que no son pocos, en estos tiempos en que los gatos están de moda. Su título es “Muchos gatos para un solo crimen” y su autor Ramón Díaz Eterovic. El libro estaba entre “Maigret y los cerditos sin rabo” de Georges Simenon que no sé por qué estaba en el cajón de los libros sobre gatos y “El gato de muchas colas” de Ellery Queen.

Lo leí muy rápido en esas horas en que comienza la noche que son las mejores para enterarse de algunos suculentos crímenes, eran tres cuentos y un texto donde Díaz Eterovic habla de su detective que es un tal Heredia, que lo nombro así porque el autor no ha revelado aún su nombre de pila, si es que lo tiene. En general, todo el mundo lo tiene, así que supondremos que Heredia también, aunque lo desconocemos.

El autor, Díaz Eterovic, lo voy a llamar así tal como él habla de su detective Heredia, a ver si le gusta que ignoremos su nombre de pila. Díaz Eterovic es uno de los buenos escritores de novela negra, es de los que te atrapa y no te suelta hasta que has llegado al punto final. Por suerte, no es muy larguero para escribir o si no te mantendría secuestrado mucho, mucho tiempo. Este escritor es ──según Mempo Giardinelli── el principal referente de este género en Chile, no el único por supuesto, ya conoceremos a otros.

Díaz Eterovic ha recibido algunos importantes premios en su ya larga trayectoria, sin embargo el Premio Nacional de Literatura es difícil que lo obtenga debido a que escribe cuentos y novelas del género negro. Este género es mirado por algunos con la nariz arriscada, sospechando incluso que quizás no pertenezca a la literatura, a lo más lo consideran un género menor. Yo soy hincha de la novela negra y poco me importa que algunos cuestionen su valor, seguiré leyendo y disfrutando estas entretenidas novelas.

Pero basta de rodeos, vamos al grano: el primero de los cuentos es “Por amor a la señorita Blandish” donde se mezclan los sentimientos amorosos de Heredia con su trabajo de detective privado. El detective viola el Código de Ética de su oficio, pero respeta rigurosamente su propio Código.

El segundo cuento se titula “Vi morir a Hank Quilan”, un criminal en serie ataca a mujeres solas aficionadas al cine, “el psicópata de Hollywood” lo bautizó la prensa. Heredia desarrolla una investigación que resulta muy entretenida para él quien es un gran amante del cine. Si te gusta el cine también será muy entretenida para ti.

Debo consignar que en una sala de cine había un gato en el pasillo que no miraba la película, sino que echaba un sueñito.

Como ven, hasta aquí, poco y nada de gatos.

Pero, por fin llegamos al tercer cuento que le da título al libro: “Muchos gatos para un solo crimen”, aquí aparecen varios gatos, un veterinario, sus clientes, un librero con la cabeza llena de letras y por supuesto Heredia investigando, pero nada más quiero decir para no herir los sentimientos de muchas personas que aman a los gatos.

El cuarto texto también habla de un gato “Heredia y su gato Simenon” no lo quiero llamar cuento porque es un relato biográfico de Heredia, un texto muy interesante para conocer ciertas características del detective y también de su gato, pero como no es un cuento carece de suspenso por lo cual puedo extenderme un poco más sin perjudicar al posible lector que escuche este programa.

Heredia aparece por primera vez, en la novela “La ciudad está triste”, la ciudad es Santiago. Heredia es santiaguino de un barrio bravo apegado al Mapocho en pleno centro de esa ciudad que cada día y, sobre todo, cada noche se vuelve más brava, más violenta. Esta novela es del año 85, en plena dictadura, en la época de las protestas que costaron tantas vidas. No sólo Santiago estaba triste, todo Chile estaba triste.

Nuestro detective, aún no ha conocido al gato Simenon que aparece en la segunda novela de Heredia “Sólo en la obscuridad”, el nombre de Simenon le viene de la gatuna costumbre de echarse sobre los libros de Georges Simenon a dormir su siesta, pero Heredia aún no tiene tanta confianza como para hablar con su gato, costumbre que adquiere más adelante en la novela “Nadie sabe más que los muertos”.

El gato Simenon es blanco, inmaculado y también flojísimo, impertinente y gruñón, este felino poco a poco se ha ido convirtiendo en un personaje central en las novelas de Heredia que muchos leen esperando encontrar los fantásticos diálogos entre Heredia y el gato Simenon.

El felino blanco es una gran compañía para Heredia y algunas veces su única compañía, como aquel año nuevo en que ambos se emborracharon, pero de esto no diré más porque darle alcohol a un gato es perjudicial para su salud y además es completamente ilegal.

Hasta aquí llegamos por hoy.

Me despido deseándote que tengas muy buenas lecturas
El capitán

FRENTE A UNA CORDILLERA NEVADA

 Hoy 11 de septiembre de 2023, cincuenta años después,

 la cordillera luce nevada hasta sus faldeos, blanca,

y un cielo suavemente azul cubre la ciudad laberíntica.

Sin embargo una sombra de sangre asoma

 en el ánima del día, sombra fatídica e infame. 

Pero no hablaremos ahora de la sangre ni de los canallas.

 Recordaremos, en cambio, la energía y el aliento de los nuestros,

 haremos remembranza de sus ojos y desvelo de sus ansias,

memoria de su arrojo y conciencia de sus vidas.

Pero hay cenizas en el soplo del viento que no tardará en arribar. 

Y pasos aún en la vestidura del recuerdo

y recuerdos en la vestidura de los pasos. 

¿Quién duda entonces de la desnudez sana de la memoria?

Tiempo aguas arriba y aguas abajo. Tiempo esférico y genuino.

 Aquí ha quedado el rastro de las llamas y los escombros,

la catástrofe de los días y del dolor, la herida sin frontera.

 Y dentro de poco —al cabo de unos segundos de eternidad—

volveremos a ser justamente insolentes y meridianos.

Pero ahora nieva en la montaña y nieva sobre los hechos.

11 de septiembre de 2023 Patricia y Renard

El Cristo Negro

         














Si usted alguna vez vivió en Pirque o en sus alrededores debe haber escuchado mi historia.

         Después de casarme y para asegurar el sustento de la familia recibí como adelanto de mi herencia el Fundo El Llano que contaba con seiscientas sesenta y seis hectáreas, incluyendo una vasta viña que permitía elaborar los mejores vinos del Valle de Pirque. Sin embargo, al poco tiempo los días secos aumentaron y la producción de uva caía año tras año. Un enólogo francés me recomendó construir un canal de regadío desde el Río Clarillo hasta la viña y con eso se incrementaría la cosecha. Le pedí al capataz que fuera al pueblo a contratar una cuadrilla y comenzara la faena.

         Habían pasado unos meses y el avance en la construcción del canal no era el esperado, solo llevaban la mitad del proyecto, y los recursos con que contaba se estaban acabando. En una visita de inspección a la obra, uno de los peones escuchó la conversación que sostenía con el capataz y cuando estuve solo se me acercó. Lo primero que sentí fue su olor, mezcla de sudor de varios días y alcohol. Al almuerzo les dábamos una galleta grande de pan amasado y un par de copas de vino para que tuvieran energía, pero algunos de ellos cambiaban comida por brebaje y no teníamos como controlarlo. El roto me hizo reír, dijo que era el Diablo y me ofreció terminar el canal en una sola noche a cambio de mi alma. ¿Para qué voy a querer un canal de regadío si no lo voy a poder disfrutar?, le respondí burlescamente. Pero él, tambaleándose, me aclaró que mi alma debería entregarla una vez que muriera. Me causó mucha gracia la imaginación del hombrecito, así que cerré el trato. Al estrecharle su mano sentí un fuerte calor, tanto que me quemó y debí soltarlo de inmediato, giré y mi incliné del dolor, aguanté el grito y al mirar mi palma la vi roja y algo hinchada. Al incorporarme, el obrero ya no estaba y solo quedó una estela de fuerte olor a azufre en el aire. Me inquieté, aquello no era normal, pero al día siguiente, cuando vi el canal totalmente construido aquella inquietud dio paso al pavor.

         Conversé con mi esposa, le conté lo sucedido y le dije que no sabía cómo romper ese pacto que había hecho con el Diablo.

         Ella, junto a sus amigas, hacía sesiones de espiritismo, y me recomendó invocar al Cristo Negro, que era muy milagroso y podría acabar con el acuerdo.

         No tenía nada que perder, así que organizamos la reunión. Seis señoras y yo estuvimos largos minutos tomados de las manos, llamando al Cristo Negro entre velas encendidas y copas de ajenjo, que según la más entendida de las damas facilitaba la comunicación con el más allá. No pasó nada. Pero una semana después, mientras visitaba la viña, el Cristo Negro se presentó. Supe inmediatamente que era él. No era negro del tipo africano sino que era un Cristo normal, como el de la iglesia, blanco, rubio, de pelo largo y ojos azules, con bigote y barbita de algunos días, pero vestía enteramente de negro. En vez de sandalias usaba botas de cuero negras, y en vez de túnica llevaba sobre su ropa negra una manta de lana de oveja… también negra.

         Me tranquilizó, ya estaba al tanto de todo, me aseguró que conversó con el Diablo y le explicó el mal entendido, que yo nunca había pensado que hablaba con el verdadero Diablo y que solo creía que lo hacía con un simple jornalero ebrio.

         ―Fue difícil de convencer, no quedó muy contento, pero al final entendió la situación y como un caballero que es, anularía inmediatamente el pacto― me dijo el Cristo Negro.

         Desde ahí en adelante mi vida fue tranquila y feliz. Me cuidé en cada contrato que firmé y desconfié de cuanto pacto me ofrecieran, ya sea propuesto por un obrero o por un abogado.

         Soy Ramón Subercaseaux, ahora tengo 82 años y sé que me estoy muriendo, hace unos minutos me visitó un médico, pero en realidad era el Cristo Negro, lo reconocí de inmediato. Nunca lo había vuelto a ver desde aquel día en la viña. Me dijo que faltaba poco, que no tuviera miedo, que tendríamos mucho tiempo para conversar, luego dio una vuelta y se marchó. Mientras se dirigía a la puerta me pareció ver la punta de una cola asomándose bajo su bata y en el aire se mantuvo por mucho tiempo un fuerte olor a azufre. Gonzalo X

El asesino en serie

            


















    Estoy segura que la vida de la Clo era mejor en el campo, principalmente porque estaba rodeada de otras gallinas con las que podía conversar. El mismo día que el humano la trajo a la ciudad intenté entablar conversación, pero yo no cacareaba y ella no ladraba, así que nuestra comunicación era mínima y principalmente gestual. Se notaba que era una buena gallina, de raza collonca, sureña, mapuche. Al principio no me preocupó que la familia la tratara bien. Le daban un alimento especial que le encantaba, pero cuando la querían acariciar ella mostraba indiferencia. Tenía un plumaje imponente, era colorina y su cuello jaspeado, alternando plumas blancas y negras le daba un aspecto distinguido como si vistiera un collar. Generalmente era muda con excepción de las veces que colocaba un huevo. Estos eran perfectos, celestes, inmaculados y los humanos se alegraban mucho cuando encontraban uno. Quizás por eso a ella le gustaba cacarearlos. No supe cómo explicarle que meter ruido no era bueno, que vivíamos en un condominio y al parecer a los vecinos les molestaba los sonidos diversos. Eso aprendí después de tantos años con la familia, ya que cada vez que me angustiaba y me ponía a ladrar el humano me gritaba.

         Debe haber sido el hecho que ella ponía huevos y yo solo hacía caca en el jardín lo que llevó al humano a despojarme de mi casa y transformarla en gallinero, afortunadamente no me quitó la cama y al menos se preocupó de colocarla bajo el techo de una terraza para no quedar totalmente a la intemperie. No voy a negar que sentí celos de la Clo, así que el día que apareció el gato negro no hice nada. Ahora me arrepiento. Fue un día de esos en que todos los humanos estaban en la casa casi el día completo, recién había amanecido y la Clo picoteaba algunos chanchitos de tierra que había en el suelo. Estaba distraída y no escuchó los pasos del gato acercándose. El felino dio un gran salto y cayó muy cerca de su espalda. El zarpazo fue rápido y certero, directo en el muslo derecho. Ella alcanzó a arrancar, muy adolorida, eso parecía porque no paraba de cacarear y el ruido que hacía era intenso. 

    Unos instantes después salió el humano en bata, pijama y con pantuflas, le gritaba como en voz baja y gesticulaba molesto. La Clo seguía cacareando. El humano entró a la casa y un par de minutos más tarde volvió a salir con el mismo atuendo pero ahora incluía guantes. Se acercó a la Clo, que ya no se movía y solo cacareaba, la levantó y trató de cerrarle el pico para que se callara. No resultó. Entonces el humano se concentró en el distinguido collar de la gallina, juntó sus dos manos en el cuello y comenzó a estirarle el cogote. Inicialmente no me di cuenta de lo que él quería hacer y creo que era primera vez que él lo intentaba. El humano tiraba del cuello y la Clo seguía cacareando, pero ahora el ruido salía entrecortado. Mientras miraba la escena me arrepentí de no haber intentado asustar al gato. El humano tiró y tiró del cuello hasta que finalmente la cabeza de la Clo se desprendió. Él abrió sus manos y el cuerpo de la gallina, ahora liberado, hizo algo grotesco: corrió y siguió aleteando sin cabeza. Del cogote borboteó sangre por unos segundos eternos, mientras la cabeza caía entre mis patas con sus ojos muy abiertos que me miraban fijamente.

         Nunca lo vi tan furioso. Yo solo me quedé sentada, tiritando. Nunca más voy a ladrar, no vaya a ser que el humano sea un asesino en serie y también me quiera arrancar la cabeza.  Gonzalo X

El hada verde

 A la hechicera no dejarás que viva.

Éxodo 22, 18












Luego de encontrar el cadáver de Eloisa cerca del edificio, el conserje llamó a los pacos y también a los tiras, primero llegaron los pacos y me arrinconaron a preguntas no recuerdo todo lo que les dije, pero me afirmé en que yo no había hecho el amor con la occisa como si eso fuera lo fundamental, luego vinieron los tiras y
 volví a insistir en lo mismo y por supuesto que yo no la había lanzado desde el noveno piso, luego vino mi vecina que se cree la Reportera del Crimen y le repetí hasta el cansancio “yo no hice el amor con ella”, declaración que parecía contrariarla bastante e incluso decepcionarla, después de unos días apareció ese viejo chico que se presentó como agente del Centro de Estudios No Convencionales. El viejo con pinta de vendedor de biblias, tenía una voz suave y convincente y sin darme cuenta le estaba contando mi increíble historia de pe a pa sin ocultarle nada. Creo que me había hipnotizado a lo Mandrake y esto fue lo que le dije:

A Eloisa casi no la conocía, pero ese viernes nos habíamos convertido, yo en padrino y ella en madrina de la primera hija de los amigos más conservadores que tengo. Esta situación nos unió lo suficiente para continuar el carrete en mi departamento.

― ¿Has probado la absenta?― más que pregunta, eso era una provocación de mí parte.

― ¿Y eso se come, se toma o se fuma?

―Se toma, pero si quieres fumar algo nuevo en el jardín del edificio crece misteriosamente el tabaco del diablo, Lobelia tupa, para los que hablan en lenguas.

―Yo tengo papelillos y preservativos, para aportar algo también― se rio y sus ojos verdes lanzaron destellos al igual que la esmeralda que lucía en un peine antiguo que atrapaba su cabello negro sin matices.

Empezamos con la absenta que es un licor verde de 70 grados con un suave sabor anisado y la dulzura que le agregaba el terrón de azúcar colocado en una cucharilla y disuelto lentamente con agua mineral.

―¡Salud por el hada verde!―dije y ella respondió haciendo brillar sus ojos como lucecitas de navidad.

Luego conocí su habilidad para liar unos tabaquitos de esos que crecían en el jardín, la memoria se vuelve confusa pero en un momento estábamos desnudos sobre la cama, ella solo vestía el peine que atrapaba su pelo y aunque lo negué tres veces, sí hicimos el amor de forma tan especial que empezamos a flotar en el aire, ¡Volábamos!, cuando me di cuenta de esta anomalía, la abracé como nunca había abrazado a una mujer, con una fuerza que nacía del pánico. La abracé desesperado hasta quizás hacerle daño. Ella levantó su brazo, se arrancó el peine y lo lanzó lejos. Caímos suavemente sobre la cama envueltos en una niebla luminosa.

El despertar fue acompañado de la angustia de no encontrarla, se había marchado desnuda porque su ropa seguía en el piso. Le avisé al conserje por si había lío.

En fin, ella era una bruja, pero yo no la maté como ordena el libro sagrado, aunque alguna responsabilidad me corresponde porque creo que ella quiso salir a volar por el balcón, pero olvidó que el peine que se lo permitía estaba botado sobre la alfombra.

―Tome el peine, lléveselo por favor, siento la tentación de volar, pero tengo terror a las alturas.                        Mateo Juan X

Juanita y Lis

 

Nadie cree en las brujas,

 pero si descubren una la matan.

Julio Cortázar


El paseo por el campus universitario era apacible como también lo era esa tarde de domingo. Lis, con su vocación de sabuesa iba con la nariz pegada al suelo degustando olores diferentes al de nuestra población. De pronto se detuvo bruscamente con una mano en alto como si hubiese escuchado una voz dentro de su cabeza, se balanceó unos segundos sobre sus tres patas. Oteó el aire cálido y se lanzó en veloz carrera, arrancándome la correa de la mano, cruzó el foro casi volando, sus patitas cortas parecían verdaderos remolinos, y de verdad daba la impresión de que volara a ras de piso, la seguí como pude tratando de no perderla de vista, siguió en dirección a la estatua de Juana de Arco, el pedestal estaba vacío y Lis parecía sorprendida y corría alrededor de la estatua ausente ladrando como poseída.

Tan concentrada estaba en su misión que pude recuperar la punta de la correa y empecé a tranquilizarla contándole que ahí había una estatua de una joven bruja llamada Juanita quien a pesar de haber ganado una guerra defendiendo su país, los malparidos la habían quemado nada más que por ser bruja. Al parecer la historia no la hacía volver a sus cabales, sino que la excitaba cada vez más.

Decidí entonces explicarle que seguramente la habían retirado para repararla y pintarla y que pronto la repondrían en su sitio. Esto le pareció más lógico y pudimos continuar con nuestro paseo.

Le seguí contando a Lis que su nombre completo era Lisbeth Salander en honor a la protagonista de la trilogía Milleniun, pero que también había encontrado una historia de una bruja llamada Lisbeth, a quien nunca habían quemado porque sabía guardar muy bien su secreto, era una bruja clandestina.

Nuestros pasos se cruzaron con los de mi buen amigo Camilo, el artista encargado de reparar las estatuas del campus, las que solían sufrir insólitas agresiones sexuales. Lo puse al tanto de la extraña conducta de Lis y él me contó los no menos extraños sucesos en torno a la estatua de Juana de Arco. Esta fue su historia:

La mayoría de las facultades estaban tomadas por los estudiantes y un día Doña Juana apareció completamente quemada. Supusimos que le habrían lanzado una molotov, pero no había rastros de vidrios rotos ni olor a bencina. Como no tenía mayores daños la limpié y la pinté de blanco, pero al día siguiente volvió a aparecer quemada y volví a repintarla. Eso se repitió varias veces. Hasta que intervino el Decano y me pidió que la retirara y la volviera a reparar en el taller de la Pinacoteca. Yo no lo veía muy conveniente, pero no iba a contradecir al jefe, trasladé la estatua, pero justo se tomaron la Pinacoteca y el trabajo quedó suspendido.

Cuando volvió la calma, repinté a Doña Juana y nuevamente apareció quemada, esta vez dentro del taller que es un sitio bastante seguro. Se habló de auto combustión, de piroquinesis, se sacaron muestras del material para su análisis.

Así estaban las cosas cuando la estatua desapareció: un robo insólito e inexplicable.

Radio Clandestina, transmitiendo desde el foro, culpó al FBI, a la CIA, al Pentágono o algún otro brazo del imperialismo yanky, quienes se habrían llevado la estatua al Área 51 donde la tendrían entre el extraterrestre de Roswell y un chupacabras recién capturado.

Otras fuentes señalan que la extraña estatua de Juana de Arco fue llevada con fines de resguardo e investigación por agentes del Centro de Estudios No Convencionales a sus laboratorios secretos en la inubicable Isla Elizabeth en pleno mar de Drake.    Mateo X

El gato pelirrojo

La muchacha caminaba con cuidado por la vereda cubierta con el hielo y por la nieve que caía suavemente. Llevaba un bolso grande en cada mano.

Al entrar al salón de lavar, un vaho de vapor y de calor le invadió agradablemente el cuerpo haciendo desaparecer un poco el frio intenso que calaba los huesos esa noche de invierno.

La docena de máquinas de lavar parecían descansar de una jornada que no había sido tan fatigosa al parecer. Pensó que con el frio, si alguien no está obligado, es mejor quedarse en casa y no ir a lavar la ropa.

Sacó de los bolsos la ropa y los detergentes. Luego las separó, preparó dos máquinas y las echó a andar.

El lavado tomaría un poco más de una hora por lo que se acomodó lo mejor que pudo en el asiento que estaba al fondo del salón.

Se sentía tremendamente agotada. La jornada había sido muy dura en la oficina. De buenas ganas se hubiera quedado en su departamento. Recordó cuando abrazados con Raúl, miraban caer las pelusas de nieve a través de la ventana saboreando una rica taza de café –pensó-.  Qué pena que el romance se terminara tan bruscamente -se dijo-.

La invadía una tremenda lasitud. El invierno le parecía más triste y frio sin amor.

El calor del salón la reconfortaba, estiro las piernas y se arrellano con amplitud en el cómodo sillón.

El ronroneo monótono de las maquinas la invitaba a relajarse. Se sentía tremendamente cansada.

Al principio no se percató bien del ruido. Quizás un botón metálico de sus jeans que tocaba la ventanilla de la máquina-pensó-

Pero el ruido se repetía. Prestó más atención y le pareció como un débil chillido.

En el otro lado del salón, una maquina empezó a girar lentamente.

Parecía vacía. Pero no, no estaba vacía. Había una lauchita blanca que la miraba con sus ojitos rojos y trataba de mantener el equilibrio mientras el tambor giraba suavemente.

A su lado, otra máquina comenzó también a moverse.

En ella había un gato gordo pelirrojo que la miraba con ojos maliciosos.

El gato movía el tambor con sus patas como jugando con el movimiento.

La muchacha estaba fascinada, no sentía miedo. A veces lo insólito aparece con tanta naturalidad que ni siquiera sorprende.

De pronto, el gato detuvo su juego, sus narices se agitaron, reconoció algo que le era familiar y volteándose hacia la maquina donde estaba la lauchita, empezó a mover el tambor con ligereza.

En la máquina del lado, la lauchita se hizo pequeñita como tratando de esconderse de algo que no puede ver pero que es peligroso para ella.

La máquina del gato comenzó a girar con mayor velocidad.

La lauchita comenzó a correr en su máquina con desesperación pero la máquina del gato comenzó a girar con más rapidez.

Ahora el salón parecía un concierto de máquinas funcionando.

La máquina del gato comenzó a vibrar con la velocidad y de repente el gato pasó a la máquina de la lauchita.

La trifulca que se formó al interior fue tremenda. Apenas se lograba distinguir las figuras de los animales. Ora lauchita tambor abajo, ora tambor arriba y el gato que trataba de atraparla.

La máquina giraba a tal velocidad que amenazaba con saltar de su pedestal.

La lauchita no tenía escapatoria. El gato gordo pelirrojo acabaría por atraparla.

El sonido estridente del cierre automático la sacó de su éxtasis fantástico.

Solo quedaban 10 minutos antes que las puertas se cerraran definitivamente. Se apresuró en sacar su ropa de las dos máquinas, las metió en los bolsos de prisa, no tuvo tiempo para ordenarlas, la invadió el pánico de quedarse encerrada en el salón toda la noche.

Solo quería salir lo más rápido posible.

Alcanzó la puerta que por suerte todavía estaba abierta y antes de salir una fuerza irresistible la hizo mirar hacia el fondo del salón y vio un gato gordo pelirrojo que desde el interior de una máquina le sonreía con burla.   Flako X

Absenta


F
ue Neandro el que esa mañana de abril llegó con una botella conteniendo un líquido verde y diciendo que había que probarlo porque tenía fama entre los escritores y bohemios de París.

Al principio sólo pensé seguirle la corriente, pero después, cuando sacó la cucharilla que venía junto a la botella, le puso un terrón de azúcar, la abrió, escanció el líquido verde en una copa, le agregó un poco de agua y se mandó el primer trago, entonces, ahí mismo, decidí probarlo también.

Luego, horas después, iba a preguntarme en qué momento fatal le seguí el mal ejemplo.

Pero ya era tarde.

El primer síntoma de que el líquido verde no era cualquier cosa empezó cuando Neandro dijo:

—Ahora entiendo eso del “absentismo laboral”—e hizo otra serie de afirmaciones estúpidas, como que más valía tener cien pájaros volando a tener uno sólo, prisionero, entre las manos.

Al rato, yo mismo comencé a decir sandeces, pero lo más grave fue que propuse brindar con otra copa del líquido verde a favor de una rebelión mundial y otras cosas por el estilo.

Al cabo de una hora nadie podría decir que nos encontrábamos borrachos porque ésa no era nuestra condición exacta, sino más bien estábamos… ¿Cómo decirlo? Bueno…En cierto modo, habíamos enloquecido.

En un instante fatal Neandro recordó que nos habíamos propuesto escribir un cuento de terror, pero yo—presa de una delirante alucinación— le argumenté que los cuentos de terror no se escriben sino que hay que vivirlos, y lo convencí de que la señora Fidelia, que regentaba la pastelería de la esquina, era en realidad una alienígena peligrosa, con aviesas intenciones de dominio a escala universal.

Al cabo de algunos minutos de planificación, decidimos ir a la pastelería y asustar debidamente a la susodicha.

Así, desgraciadamente, lo hicimos.

Doña Fidelia nos recibió con algunos aspavientos de buena vecindad, pero tanto Neandro como yo entendimos que era el modo en que los extraterrestres pretenden ganar la confianza de los terrícolas.

La mujer, grande y obesa, nos hizo pasar a la cocina donde estaba haciendo una enorme torta de milhojas; es decir, sobre el mesón había grandes cantidades de manjar y hojuelas.

Ella señaló que estaba apurada porque era un encargo que debía entregar dentro de media hora.

Fue Neandro el que la encaró en primera instancia diciéndole que sabíamos cuál era su real condición y que nosotros, sin ser ni racistas ni nada de eso, no podíamos permitir su estadía clandestina entre los terrícolas, a menos que confesase sus verdaderas intenciones.

Doña Fidelia, sin embargo, no confesó.

Es más, en algún momento dijo que estábamos locos.

—¿Qué se han imaginado, huevones…?—dijo, exasperada, ante nuestras acusaciones.

Entonces, la empujé.

Cayó de bruces sobre la torta y Neandro, convencido de la justeza de nuestra causa, le sostuvo la cabeza contra el manjar durante un largo rato.

La mujer pataleó obscenamente.

Se estremeció y del manjar surgió un gorgoteo asqueroso y,de pronto, la alienígena dejó de moverse.

Volvimos a lo nuestro.

Brindamos con otra copa del líquido verde, esta vez por la paz universal.

La tierra estaba a salvo.                               Paty y Renard X

La princesa mora


C
abellos negros, ojos azabache, boca como fruto maduro…

Perseguida en el sur del Mediterráneo, en un galope desenfrenado forzó a muerte su caballo. Cayó el animal... Corrió ella hacia el mar y saltó en una barca donde la esperaban doce remeros. 

Voló la barca sobre las olas hasta llegar al sur de España.

Perseguida también allí por una emir que la quería como esclava, cogió vestidos de hombre y como marinero en un velero se embarcó. 

Allí todo dejó, solo llevó el puñal que una hechicera le regaló cuando ella nació.

Navegó hasta el Nuevo Mundo. Desembarcó en tierras extrañas.

El gobernador la quiso para él. 

Ella, la princesa mora, revistió vestidos de hombre y navegó rumbo al sur. Muchos fueron los días y tantas las noches. Del calor pasó al frío. Faltaba el agua. En un fiordo el velero botó el ancla. 

―A buscar agua― ordenó el capitán.

Cargaba un barril y al cinto su cuchillo.

Un lobo de mar se alzó cuando ella, vestida de marinero, en su dominio entró, entonces el lobo atacó.

La nieve se tiñó de rojo. Una vida allí quedó.

Al atardecer, cuando caía el sol, en lo alto de un peñón, su figura apareció, cargaba un pesado barril.

En el mar, ella su cuchillo lavó. Se manchó el agua con sangre animal.

Pasó el estrecho del Sur y entró en otro mar. Cuando desembarcó, cansada allí se quedó. 

Entre los hombres de los árboles, los llamados pehuenches, se instaló.

Habitaba en una larga faja de tierra que desde el desierto baja hasta el mar. 

Allí ella se quedó hasta que también allí, la sangre corrió vertida por la violencia de un general.

La princesa mora de nuevo partió. En tierras del Norte se instaló. 

Desenvainó el puñal y con un gesto de magia antigua lo transformó. En la mano de la princesa mora ahora había un pincel.

Le robó colores a las rosas, a la hierba, a las montañas, a la noche y también al sol y con una nube hizo su tela para pintar.

Un viento que por allí pasó, cuenta en una lengua que solo los pájaros conocen, que a la princesa mora vio. Pinta cuadros de una extraña belleza con un pincel que fue puñal.             Pato X

Un juego terrorífico

 

Hace viento y está oscuro.

El cielo amenaza lluvia y las hojas de los árboles se remueven desesperadas, como queriendo huir del paisaje tenebroso y fantasmal que parece advertir que nuestro juego es inconveniente y peligroso.

Juana me ha desafiado a hacer lo que su imaginación, un tanto desquiciada, considera un acto de atrevimiento y aventura.

Ahora estamos los dos a la entrada del cementerio de nuestro pueblo y faltan cinco minutos para la medianoche.

El juego consiste en que uno debe caminar hasta el centro del camposanto y permanecer ahí por lo menos hasta que el otro cuente hasta 30.

Lo grave es que he sido yo el que ha resultado perdedor cuando echamos a suerte quién debiera ir primero.

Avanzo lentamente, mirando las copas de los árboles que oscurecen cada vez más la senda borrosa.

Paso a paso avanzo y observo a los costados las tumbas abrazadas por las sombras.

Juana permanece fuera, asegurándose que no me escabulla por uno de los recodos retorcidos del camino.

Comienza a llover y el cielo es un techo de nubes bajando precipitadamente para devorar la tierra.

Siento frío y miedo. Doy otro paso.

Una ráfaga de viento y agua me da en la cara, doy un brinco y la piel se me eriza.

No quiero mirar atrás, sólo avanzo.

Estoy en el centro del cementerio, es un círculo de piedras y alrededor tumbas y nichos y dos o tres mausoleos de los ricos del pueblo.

De pronto una luz estalla al frente. Es un relámpago surgido de entre las tumbas. Tiemblo.

Giro rápidamente y pretendo volver sobre mis pasos. Pero estoy atornillado al suelo. Grito con desesperación: ¡Juana! ¡Juana!

Por toda respuesta una nueva ráfaga de viento, lluvia y frío me estremece. Logro avanzar, el viento me impide hacerlo con prontitud.

Siento lágrimas en el rostro.

Resbalo sobre las piedras mojadas. Tengo la ropa empapada  y siento los pies húmedos.

Estoy a pasos de la entrada. Alcanzaré la salida, estiro los brazos queriendo alcanzar de una vez la salida del cementerio. Falta sólo un par de pasos…

Es cuando siento el grito de mi mujer despertándome, porque he tenido una pesadilla.

Ella me grita: ¡Despierta Ramón, estás soñando, despierta!

Me mira fijamente con los ojos desorbitados, pálida, el pelo desgreñado, sucia. Estamos en una plaza pública, al descampado, tapados con diarios, somos habitantes indeseados, ciudadanos marginados o, como ahora se dice: personas en situación de calle.

Entonces abrazo a la Juana y lloro desconsoladamente.

Renard X

El último verano de la infancia

   

          Fue en la década de los 60, poco antes de que esa banda de Liverpool hiciera explotar nuestras cabezas. Todos les dirán que fue una época muy liberal, pero de eso no nos habíamos enterado en nuestra pequeña ciudad de provincia, ni menos en el balneario de Constitución. 

Ese año había fallecido el padre de Heráclito, mi mejor amigo, y mi madre se preocupó de organizar las cosas para que él pudiera pasar las vacaciones con nosotros, gestionó los permisos, el lugar donde quedarnos y nos dejó instalados en casa de unos amigos que daban pensión a los veraneantes y ella con mi padre se fueron bien lejos a descansar de nosotros.

La casa estaba pegada a la Iglesia, el cura almorzaba con nosotros y le gustaba contarnos cosas horribles como que antes que se construyera esa casa, en ese lugar había un pequeño cementerio, pero que no nos preocupáramos que él rociaba todo con agua bendita de vez en cuando.

En verdad ya estábamos creciditos para hablar de infancia, pero aún nos relacionábamos con las muchachas a través de juegos bastante ingenuos.

A ellas, las hijas de nuestros anfitriones les tocaba hacer nuestras camas y asear nuestro dormitorio, nosotros éramos hombres y no hacíamos esas cosas. Así era en ese tiempo. En realidad no hacíamos esas cosas ni ninguna otra que no fuera divertirnos, hacer nada y descansar no sé de qué.

Pero ahí empezaba el juego, ellas nos ponían cosas en la cama como bichos muertos y fríos objetos de metal para que nosotros nos asustáramos. Hacían también un truco con las sábanas que llamaban sabanitas cortas que nos obligaba a rehacer la cama antes de acostarnos, tarea para la cual no estábamos preparados, pero en fin a esa hora no había más remedio.

Esto se repitió tantas veces que empezamos a planear nuestra cruel venganza.

Heráclito era aficionado a la química y conocía bien las propiedades del nitrato de plata que se vendía en las boticas en forma de pequeñas barras que él usaba para quemar sus espinillas y sabía muy bien que si uno se pasaba suavemente la barra por la piel quedaban rayas que no se borraban en días. La idea que nos pareció fantástica era ir a su dormitorio en medio de la noche y dibujarles bigotes a las dos chicas.

Heráclito tenía su barra de nitrato de plata y yo tuve que comprar la mía.

Esa noche estaba todo preparado, solo teníamos que esperar un poco más despiertos para estar seguros que ellas ya estaban dormidas, así nos quedamos conversando de lo que haríamos en el futuro. Heráclito ya sabía que iba a estudiar química y yo no tenía idea, en ese tema yo andaba más perdido que el Teniente Bello. En esa conversa estábamos cuando mi amigo se empezó a inquietar y se desconcentró de lo que hablábamos. Le pregunté que le pasaba y me respondió con otra pregunta.

―¿Escuchas un ruido?― le respondí que no.

Entonces el hizo sonar sus nudillos en el velador que separaba su cama de la mía.

―Es algo así― me explicó y repitió la particular percusión sobre el velador, con un ritmo especial. Finalmente logré identificarlo, pero sin entender su importancia.

―Sí, ahí lo escucho. Es como lo que tú hiciste en el velador, pero en el vidrio de la ventana

―Mi papá hacía sonar la puerta de esa forma para anunciar su llegada― dijo Heráclito con la voz quebrada.

Nos quedamos mudos y empezamos a escuchar ese sonar de nudillos por toda la pieza, en el techo en las paredes, pero cuando nos cagamos de miedo fue cuando sonó en el velador tal como lo había hecho mi amigo.

Heráclito, dijo que también hacía ese ruido cuando algo no le gustaba y estaba enojado. Fue fácil deducir que no aprobaba lo que estábamos a punto de hacer. Por eso mi amigo habló prometiéndole a su padre que no haríamos nada y que al día siguiente lanzaríamos la barritas al río.

Lo que escuchamos después fueron unos pasos que se alejaban y un estruendoso portazo. Pero la cosa no paró ahí, porque parece que el portal que nos separa del inframundo había quedado un tanto abierto y se escuchaban lejanos gritos, voces en idiomas desconocidos, un cura orando en latín, cadenas que se arrastraban, largos aullidos y gemidos de bestias o de monstruos que no nos atrevíamos a imaginar.

Al día siguiente, notamos que ambos teníamos un mechón blanco en nuestras cabezas. Pensamos que las muy muy nos la habían jugado una vez más, nos habrían echado agua oxigenada o cloro o alguna brujería. Las dos primeras alternativas las podemos descartar porque el mechón de canas al menos a mí me ha acompañado toda la vida, aunque ahora no se diferencia mucho del resto de mi cabello. En el caso de Heráclito, la última vez que le vi tenía el pelo sospechosamente negro.  Neandro X
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