Locura del Liceo

La Prueba (pesadilla I)
Quiero creer que todos han experimentado en mente propia lo que es una pesadilla y, sobre todo, una pesadilla recurrente. Se parecen a esas películas malas, pero taquilleras en las que la primera requirió una inversión que después es aprovechada en las siguientes, creando de este modo una serie siniestra. Pecado cometido hasta por el propio Spielberg. De estas series, quizás la única que se salva, para mi gusto, es la que protagoniza Freddy Krueger.
Mi pesadilla favorita suele comenzar con la voz de mi madre quien grita –¡Levántate de una vez, flojo!, ¡Me vas a volver loca! No pienso ir de nuevo a escuchar los reclamos del Barraco, la próxima va a ir tu papá– la máxima amenaza gritada con una fuerza que no se podrían imaginar quienes la conocen y, con justicia, la consideran dulce.
Aquí se supone que despierto, lo cual es la peor trampa con que nuestros sueños se visten de realidad. Es claro, si en el sueño hemos pasado por el proceso de despertar ya es un hecho que lo que sigue no es sueño sino la más dura y tangible realidad.
Me doy cuenta que es el tercer grito. Llevo una contabilidad precisa, para no cometer errores. El tres es un número mágico que marca el límite de tolerancia de mi madre. Me levanto a la carrera paso fugazmente por el baño, me peino, entro a la pieza de los viejos, mi mamá está tomando aire para lanzarme otra andanada, me anticipo a la jugada, le doy un beso “chao” y ya estoy en la esquina (2 Poniente 2 Sur) cuando ella consigue desahogarse. Corro hasta la plaza, con la esperanza de que aparezca la micro salvadora. Al llegar a la 1 Sur 1 Poniente me convenzo que ese no es día para esperar milagros. Aplico Pitágoras y cruzo la Plaza de Armas en diagonal hasta la 1 Oriente 1 Norte. Corro hacia la Alameda. Aquí tengo otra chance de subirme a una micro que me ahorraría un par de minutos que igual valen, pero no, no viene nada. Sigo corriendo, mi estado físico es envidiable. No sé porque siempre me dejan fuera de los equipos de fútbol. ¡Por fin llego! Demasiado tarde. El Liceo está cerrado. Tras la puerta central se recorta la silueta del compadre Fisher dispuesto a cortarle el paso a cualquiera como un back centro ineludible, pero por fortuna, el último hombre está de espaldas y hasta me permito imaginarme un número 3 en su impecable chaqueta. Sin perder el impulso de 15 cuadras que llevo bien corridas, me lanzo por la punta izquierda, no porque siempre haya sido mi favorita, sino porque ahí hay un vidrio roto y mi tamaño me permite entrar por él con facilidad. Me detengo un poco para recobrar aliento y aparentar que aquí no ha pasado nada. La puerta izquierda tiene sus riesgos, no lo sabré yo. El camino que debo seguir pasa peligrosamente cerca de la Sala de Profesores. A esta hora es posible un encuentro cercano altamente desagradable. No quiero ni pensar en el chancho Ocharán, pero los dioses me protegen y me topo con Monsieur Aguilera quien aplica conmigo su riguroso ceremonial de saludo, se inclina muy atento y dice con calma: “Bon jour, Neandro, ¿Cómo estás?”. Así es él, el único profe que nos llama por nuestros nombres de pila hasta en sueños y, a pesar de sus años nunca se confunde. Le correspondo con mucha cortesía “Bon jour monsieur, le ayudo con la maquinita”. El me agradece y me pasa aquella grabadora portátil modelo prehistórico que pesa sus buenos kilos. Esto me da una magnífica cobertura. Después de una charla sin preguntas indiscretas, Monsieur llega a su sala y yo debo continuar sólo hasta la mía. El Pichula Navarrete no está en el pasillo. La puerta de nuestra sala está abierta, entro y me siento. La Judith, la profesora jefe, la que nunca se atrasa, para no darnos malos ejemplos, no ha llegado. No lo puedo creer, todo ha salido perfecto, me sonrío satisfecho, cansado y satisfecho. Mi sonrisa dura justo hasta que el Agurto me dice: “oye chico y estudiaste pa la prueba...”
Las pesadillas son recurrentes, aunque nunca iguales. A veces, las cosas empeoran. Después les cuento.

Neandro Schilling