El guante de cuero de mi tío Arturo ha desaparecido. Había estado colgado
en la sala de la casa desde antes de que yo naciera.
Mi tío fue un boxeador famoso, es cosa de verle su nariz chueca y la
mandíbula torcida para creer todas las historias que el sabe contar. Pero había
un solo guante cuando lo lógico era que estuviera el par y no solo uno. Más de
una vez le pregunté por el otro guante y sus respuestas siempre han sido
evasivas y misteriosas. Yo sabía que en el guante que faltaba se encontraba
oculta la mejor de las historias y no perdía la esperanza de que un día me la
contara.
En esta casa todas las cosas cambian de lugar por una extraña creencia de
mi abuela que piensa que al moverlas los malos espíritus no tendrán donde
atrincherarse. Todas, excepto el guante de mi tío Arturo, ya que a ella no le
gusta tocarlo.
En el Liceo me habían entregado un diario de la Resistencia en unas fotografías
chiquitas que cabían justo en un paquete de cigarrillos Hilton. El truco era bueno para ocultarlo de los malos, pero si mi abuela llegaba a ver la cajetilla, tendría
problemas aún más graves porque no era tolerante con eso de fumar. Ahí se me
ocurrió usar el guante de mi tío como escondrijo.
Lo inesperado siempre ocurre y esta vez el guante, la cajetilla y las
fotografías habían desaparecido, dejando apenas un clavo solitario y una zona
más clara en la muralla. Sentí tal desesperación que,
arriesgándolo todo, le conté a mi abuela.
‒No te preocupes tienes que rezarle a San
Antonio y listo‒. Me dijo
ella muy seria.
‒Pero si yo ni siquiera voy a clases de
religión‒. Reclamé tratando de
defenderme.
‒Vamos yo te enseño, ponte de rodillas‒. Ordenó mi abuela.
Y aquí estoy de rodillas rezándole a San Antonio. Juan
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