4.9.13

Mala señal




Hubo una pequeña explosión seguida por una lluvia de vidrios rotos. Luego vinieron los gritos de mi madre.


—¡Jesús! algo malo va a pasar, algo malo va a pasar, algo va a pasar…
Si yo hubiera estado a su lado, le podría haber dicho: "No te preocupes mamá, lo malo ya pasó, se rompió el fanal del Niño Dios que era de mi abuelita, porque le cayó encima la naturaleza muerta de Jack Daigre y lo reventó, y de paso decapitó al bendito niño, que quedó bueno para la basura, pero nada más".
Y mientras barría los vidrios rotos, mi madre continuó con su perorata sobre el asunto.


—Y tanto tiempo que no sabemos de Neandrito, no le vaya a pasar algo y pensar que no tenemos ni donde llamarlo por teléfono, ni nada. Seguro que está en problemas allá en Santiago y nosotros acá en Talca como vamos a ayudarle.

Alrededor del mediodía me sacaron del cuartel del regimiento Chorrillos de Talca para ir a buscarte. El primer intento había sido una llamada telefónica para averiguar si estabas ubicable. Marcaron el 32815 y me pasaron el teléfono con la advertencia de que no podía decir nada que le hiciera pensar a tus padres el verdadero propósito del llamado. El teléfono sonó y sonó, pero afortunadamente nadie respondió.

Por suerte, la preocupación por su hijo, la distraía de la pérdida del hijo de María, que era una reliquia que se había mantenido en la familia por varias generaciones y que alguna vez había sido de un gran valor material, ya que había tenido un collar de perlas auténticas que le daba vueltas al cuello y era tomado por su mano extendida, para descender con elegancia hacia la multitud de pequeños adornos, baratijas de diverso tipo que representaban las ofrendas que él había recibido. En su cabeza habían brillado tres potencias de oro, unos diminutos tridentes que representaban su poder divino, aunque esas joyas originales habían desaparecido hace muchos años porque un cordero negro de la familia las había vendido y reemplazado por otras falsas que ni siquiera estaban benditas.

Hacía poco más de una semana que me habían interceptado a la salida de la U, cuando iba a pagar la matrícula para cursar el último año de ingeniería. Se identificaron como policías con un carnet picante, me llamaron por mi nombre y me invitaron a subir en la cabina de una camioneta con toldo, se dieron unas vueltas, se detuvieron en una calle con poco movimiento y me hicieron pasar a la parte de atrás donde me vendaron los ojos con cinta adhesiva. Alcancé a divisar a otra persona que iba con la cara cubierta con una chaqueta, que resultó ser el Beto, el gordito de la Central de Apuntes que tú también conoces. Lo habían detenido unos días antes y como parte de la cadena para llegar hasta ti, le había tocado reconocerme.

En una sola cosa se equivocaba mi madre, yo no estaba en Santiago. En el mismo instante en que se consumaba la destrucción de la sagrada reliquia yo bajaba del tren, en la Estación de Talca y mi primer impulso fue partir por la Uno Sur, la calle principal, donde siempre me encontraba con alguien, pero no era un buen día para arriesgarse con encuentros de ningún tipo. Talca siempre había sido la ciudad linda y amable de mi vida de estudiante liceano, pero ahora la sentía palpitar llena de amenazas. Por eso, enrumbé por calles secundarias y me dirigí a casa de mi hermana: era un poco más seguro que ir a casa de mis padres, aunque no tanto. No olvidaba que Matías había ido a la casa de sus padres, y ahí lo habían capturado. Esa era la última lección de mi jefe y yo no podía repetir su error.

Llegamos a Villa Grimaldi luego de seguir trayectorias curiosas, que supongo eran para embolinarme la perdiz y que no supiera a donde nos dirigíamos. Pasé por una serie de breves interrogatorios y de sesiones de reconocimiento. Finalmente después de varios días aparecieron por mi celda, tipo 9 de la noche porque nos íbamos de viaje. Pensé que sería a Talca, solo porque soy bien pensado, porque a esa hora el destino podía ser uno que no quería. No quería morir sin ver crecer a mi hijo.

Esa fue una elección sabia, pero no supe lo acertada que fue hasta años después cuando mi amigo y compañero de curso desde tercer año de Humanidades, Jaime, me contó que a él lo habían detenido en Santiago y luego de interrogarlo en Villa Grimaldi, lo habían enviado al Regimiento Chorrillos de Talca desde donde lo sacaban a vigilar el departamento donde vivían mis padres, en la Uno Sur con 5 Oriente, para que me reconociera si yo llegaba a ese lugar.

Efectivamente partimos hacia el sur, en la misma camioneta en la que me habían detenido, los 4 pasajeros adelante ya que en la parte de atrás llevaban unos muebles que obviamente habían expropiado a algún detenido y entramos a Rancagua, a la casa de algún colega de los agentes, al cual le llevaban los muebles.

Lo único sabio en realidad fue escuchar esa voz interior que podría llamar intuición, pero que yo identificaba con mi abuela Beatriz quien había muerto unos cinco años antes y que para mí era una especie de Santa protectora. La escuché con atención y apreté el paso dirigiéndome hacia la casa de mi hermana cuyo segundo nombre era Beatriz.

Como no podían dejarme sólo en la camioneta me hicieron pasar con ellos, con la recomendación que adentro éramos todos iguales, es decir, que no fuera a decir que era un prisionero. Nos invitaron  a un té con sándwiches y luego proseguimos, a 130 y 140 km por hora, ahora en la parte de atrás, esposado y acompañado con el agente de menor rango. Cerca de las 3 de mañana, llegamos al Regimiento  y me hicieron dormir en la guardia. Tipo 7 de la mañana unos reclutas me ofrecieron una taza de té con leche y  pan añejo, con el movimiento en la noche se me habían ido apretando cada vez más las esposas y las muñecas me dolían, estaba horrible el desayuno, pero igual acepté que me repitieran.

Rápidamente le conté a mi hermana y a mi cuñado que no se trataba de una visita familiar, para que no se alegraran tanto, sino que sentía que la Dina estaba muy cerca de mí y que había llegado el momento de ahuecar el ala y echarse el pollo adonde fuera, lejos de Chile. Mi plan, si es que a eso se le puede llamar plan, era que organizáramos una excursión de pesca a la Laguna de Maule, desde donde podía pasar a pié hacia Argentina, sin embargo ellos me contaron que eso sería muy difícil, que me acordara que después del golpe el Intendente de la Unidad Popular, Germán Castro, había intentado esa ruta y en el control policial de Paso Nevado tuvo un enfrentamiento con carabineros en el cual murió un cabo, el Intendente y su grupo había logrado llegar hasta La Mina, cerca de la Laguna del Maule, lugar donde los militares le tendieron una emboscada, hubo un nuevo enfrentamiento en el cual cayó prisionero el Intendente Castro, quien luego fue fusilado.

Te querían capturar para llegar a Hernán Aguiló quien se suponía que estaba en contacto contigo. Como lo del teléfono no sirvió, tomaron la camioneta y me llevaron a la esquina de la casa de tus viejos, en la 1 Sur con la 5 Oriente. Primero nos dimos unas vueltas por la 1 Sur y para mala suerte de un talquino que pasó al lado de la camioneta, tenía varios rasgos muy parecidos a ti, en especial la altura, las piernas un tanto arqueadas y el pelo claro. Dos de los agentes se bajaron de la camioneta lo interceptaron y lo colocaron para que lo pudiera ver de frente. Les indiqué que no eras tú. Este joven debió pasar un susto inolvidable. Luego de esto nos acercamos nuevamente a tu casa  y nos estacionamos en la 5 Oriente, frente a la puerta de entrada del mercado y me hicieron vigilar a través de una ventanita plástica que tenía el toldo de la camioneta.

Por supuesto conocía la historia del Intendente y su grupo, pero ya había pasado un año y medio desde el golpe militar y podrían haber relajado la vigilancia. En realidad yo entendía que el plan no era bueno, pero no se me ocurría nada mejor. Finalmente, acordamos que mi cuñado iría inmediatamente al departamento de mis padres a contarles que yo tenía que salir de Chile lo antes posible, aunque no sabíamos cómo hacerlo.

Ya llevaba más de una semana desaparecido y me imagino que mi familia, que vivía en Talca, estaría haciendo averiguaciones para saber que me podía haber ocurrido. Me ubiqué en mi posición de vigilancia, nervioso, sin saber que iba a hacer si te divisaba. Lo más seguro era que te denunciaría, ya había tomado harto caldo de cabeza de cual debía ser mi actitud en estas circunstancias, siempre pendiente de la incertidumbre que me rodeaba en ese ambiente de terror.


—Ya sabía yo que algo le pasaba a Neandrito —exclamó mi madre al escuchar a mi cuñado. Lo del Niño Dios era una mala señal y desgraciadamente, no se había equivocado. Mi padre no hizo mucho caso al escuchar por segunda vez la historia del niño roto, encendió un Hilton, aunque tenía prohibido fumar por su infarto (la única concesión que había hecho era fumar cigarrillos con filtro), luego sufrió una transformación completa, desapareció la fatiga de su rostro, rejuveneció algunas décadas y entró en modo de combate. Reminiscencia de las luchas estudiantiles de su juventud y de alguna militancia en grupúsculos universitarios de los años treinta.

Finalmente había decidido que si te divisaba, te iba a denunciar, ya que de acuerdo a los cánones de seguridad de los militantes clandestinos y perseguidos por los servicios secretos, no podías estar en tu casa ya que era el primer lugar donde te iban a buscar. En realidad fue el segundo, porque el primero fue la pensión donde vivimos los últimos años juntos en Carrera con Gorbea. Por otra parte yo había caído luego de una cadena de otros detenidos que habían aportado antecedentes. El chico Lauta había entregado, entre otros, al Beto, el Beto entre otros me había entregado a mí, y nadie tenía vergüenza en reconocerlo.

Las primeras instrucciones de mi padre fueron para mi cuñado.


—Ándate al tiro, para no llamar la atención, todo debe ser lo más normal posible. Dile a Neandro que nos espere listo mañana a las nueve... y que no asome ni la nariz a la calle.
Cuando el viejo hablaba así, sin levantar la voz, pero con una convicción interior tan fuerte, no había derecho a réplica, se hacía lo que él decía en forma inmediata. No se discutió ningún plan, ni siquiera hubo espacio para proponer la aportillada idea de salir hacia Argentina.

Estaba ensimismado en estas cavilaciones cuando provenientes de la 1 Norte, caminando por la vereda que yo vigilaba, diviso que acercándose en mi dirección, vienen mi madre, mi esposa y mi hijo de un año y medio, conversando y pasan por mi lado sin sospechar que yo estaba ahí, tan cerca y tan lejos. Se me cayeron las lágrimas de no poder abrazarlos, de no poder hablarles y ni siquiera darles una pista que estaba a un metro de ellos.


—¿Porqué llorai, maricón? —me gritó uno de los agentes.


Y a vos qué te importa —alcancé a decir cuando recibí una lluvia de golpes,


—Toma pa que llorís con razón, mierda.
Jaime

Mi cuñado regresó más pronto de lo esperado con las instrucciones y con la historia del Niño Jesús. Yo me hubiera quedado toda la noche comentando lo que había pasado, pero por esos días era mejor apagar las luces más o menos temprano para no llamar la atención.
Me quedé despierto pensando en mi abuela y tratando de entender la mala señal de su reliquia destruida. Era como si me dijera ya no te puedo cuidar más, las fuerzas que te persiguen son terribles, mucho mayores que la protección que pueda darte. Ándate lo más pronto que puedas de este país, márchate sin pena porque ya tendrás tiempo para regresar. Y sin darme cuenta caí en un sueño dulce y reparador como no lo había tenido hace meses.
Neandro