17.4.23

El gato pelirrojo

La muchacha caminaba con cuidado por la vereda cubierta con el hielo y por la nieve que caía suavemente. Llevaba un bolso grande en cada mano.

Al entrar al salón de lavar, un vaho de vapor y de calor le invadió agradablemente el cuerpo haciendo desaparecer un poco el frio intenso que calaba los huesos esa noche de invierno.

La docena de máquinas de lavar parecían descansar de una jornada que no había sido tan fatigosa al parecer. Pensó que con el frio, si alguien no está obligado, es mejor quedarse en casa y no ir a lavar la ropa.

Sacó de los bolsos la ropa y los detergentes. Luego las separó, preparó dos máquinas y las echó a andar.

El lavado tomaría un poco más de una hora por lo que se acomodó lo mejor que pudo en el asiento que estaba al fondo del salón.

Se sentía tremendamente agotada. La jornada había sido muy dura en la oficina. De buenas ganas se hubiera quedado en su departamento. Recordó cuando abrazados con Raúl, miraban caer las pelusas de nieve a través de la ventana saboreando una rica taza de café –pensó-.  Qué pena que el romance se terminara tan bruscamente -se dijo-.

La invadía una tremenda lasitud. El invierno le parecía más triste y frio sin amor.

El calor del salón la reconfortaba, estiro las piernas y se arrellano con amplitud en el cómodo sillón.

El ronroneo monótono de las maquinas la invitaba a relajarse. Se sentía tremendamente cansada.

Al principio no se percató bien del ruido. Quizás un botón metálico de sus jeans que tocaba la ventanilla de la máquina-pensó-

Pero el ruido se repetía. Prestó más atención y le pareció como un débil chillido.

En el otro lado del salón, una maquina empezó a girar lentamente.

Parecía vacía. Pero no, no estaba vacía. Había una lauchita blanca que la miraba con sus ojitos rojos y trataba de mantener el equilibrio mientras el tambor giraba suavemente.

A su lado, otra máquina comenzó también a moverse.

En ella había un gato gordo pelirrojo que la miraba con ojos maliciosos.

El gato movía el tambor con sus patas como jugando con el movimiento.

La muchacha estaba fascinada, no sentía miedo. A veces lo insólito aparece con tanta naturalidad que ni siquiera sorprende.

De pronto, el gato detuvo su juego, sus narices se agitaron, reconoció algo que le era familiar y volteándose hacia la maquina donde estaba la lauchita, empezó a mover el tambor con ligereza.

En la máquina del lado, la lauchita se hizo pequeñita como tratando de esconderse de algo que no puede ver pero que es peligroso para ella.

La máquina del gato comenzó a girar con mayor velocidad.

La lauchita comenzó a correr en su máquina con desesperación pero la máquina del gato comenzó a girar con más rapidez.

Ahora el salón parecía un concierto de máquinas funcionando.

La máquina del gato comenzó a vibrar con la velocidad y de repente el gato pasó a la máquina de la lauchita.

La trifulca que se formó al interior fue tremenda. Apenas se lograba distinguir las figuras de los animales. Ora lauchita tambor abajo, ora tambor arriba y el gato que trataba de atraparla.

La máquina giraba a tal velocidad que amenazaba con saltar de su pedestal.

La lauchita no tenía escapatoria. El gato gordo pelirrojo acabaría por atraparla.

El sonido estridente del cierre automático la sacó de su éxtasis fantástico.

Solo quedaban 10 minutos antes que las puertas se cerraran definitivamente. Se apresuró en sacar su ropa de las dos máquinas, las metió en los bolsos de prisa, no tuvo tiempo para ordenarlas, la invadió el pánico de quedarse encerrada en el salón toda la noche.

Solo quería salir lo más rápido posible.

Alcanzó la puerta que por suerte todavía estaba abierta y antes de salir una fuerza irresistible la hizo mirar hacia el fondo del salón y vio un gato gordo pelirrojo que desde el interior de una máquina le sonreía con burla.   Flako X

2.4.23

Absenta


F
ue Neandro el que esa mañana de abril llegó con una botella conteniendo un líquido verde y diciendo que había que probarlo porque tenía fama entre los escritores y bohemios de París.

Al principio sólo pensé seguirle la corriente, pero después, cuando sacó la cucharilla que venía junto a la botella, le puso un terrón de azúcar, la abrió, escanció el líquido verde en una copa, le agregó un poco de agua y se mandó el primer trago, entonces, ahí mismo, decidí probarlo también.

Luego, horas después, iba a preguntarme en qué momento fatal le seguí el mal ejemplo.

Pero ya era tarde.

El primer síntoma de que el líquido verde no era cualquier cosa empezó cuando Neandro dijo:

—Ahora entiendo eso del “absentismo laboral”—e hizo otra serie de afirmaciones estúpidas, como que más valía tener cien pájaros volando a tener uno sólo, prisionero, entre las manos.

Al rato, yo mismo comencé a decir sandeces, pero lo más grave fue que propuse brindar con otra copa del líquido verde a favor de una rebelión mundial y otras cosas por el estilo.

Al cabo de una hora nadie podría decir que nos encontrábamos borrachos porque ésa no era nuestra condición exacta, sino más bien estábamos… ¿Cómo decirlo? Bueno…En cierto modo, habíamos enloquecido.

En un instante fatal Neandro recordó que nos habíamos propuesto escribir un cuento de terror, pero yo—presa de una delirante alucinación— le argumenté que los cuentos de terror no se escriben sino que hay que vivirlos, y lo convencí de que la señora Fidelia, que regentaba la pastelería de la esquina, era en realidad una alienígena peligrosa, con aviesas intenciones de dominio a escala universal.

Al cabo de algunos minutos de planificación, decidimos ir a la pastelería y asustar debidamente a la susodicha.

Así, desgraciadamente, lo hicimos.

Doña Fidelia nos recibió con algunos aspavientos de buena vecindad, pero tanto Neandro como yo entendimos que era el modo en que los extraterrestres pretenden ganar la confianza de los terrícolas.

La mujer, grande y obesa, nos hizo pasar a la cocina donde estaba haciendo una enorme torta de milhojas; es decir, sobre el mesón había grandes cantidades de manjar y hojuelas.

Ella señaló que estaba apurada porque era un encargo que debía entregar dentro de media hora.

Fue Neandro el que la encaró en primera instancia diciéndole que sabíamos cuál era su real condición y que nosotros, sin ser ni racistas ni nada de eso, no podíamos permitir su estadía clandestina entre los terrícolas, a menos que confesase sus verdaderas intenciones.

Doña Fidelia, sin embargo, no confesó.

Es más, en algún momento dijo que estábamos locos.

—¿Qué se han imaginado, huevones…?—dijo, exasperada, ante nuestras acusaciones.

Entonces, la empujé.

Cayó de bruces sobre la torta y Neandro, convencido de la justeza de nuestra causa, le sostuvo la cabeza contra el manjar durante un largo rato.

La mujer pataleó obscenamente.

Se estremeció y del manjar surgió un gorgoteo asqueroso y,de pronto, la alienígena dejó de moverse.

Volvimos a lo nuestro.

Brindamos con otra copa del líquido verde, esta vez por la paz universal.

La tierra estaba a salvo.                               Paty y Renard X