15.8.06

Revolucionarios Profesionales

A Álvaro Vallejos Villagrán, Matías
Mi pantorrilla estaba hinchada en forma grotesca y me mandaba mensajes confusos: primero una punzada profunda, luego un latido, difícil era descifrar lo que quería decirme mi pata, mi querida pata izquierda, pero yo lo interpretaba como “cuidado, estoy a punto de reventar”. De vez en cuando me subía un poco la pierna del pantalón para verificar que aún resistía, que aún no empezaba a agrietarse. Y Matías seguía dándole y machacándo con los revolucionarios profesionales y que el Pelao Lenin esto y que el Che aquello y yo esperando que terminara con su charla de educación política para mostrarle mi pata, y preguntarle que podía tomar. Después de todo, alguna vez fue estudiante de medicina, aunque no sé de qué año y lo más probable es que a esas alturas ya hubiese abandonado su carrera como yo mismo había hecho con la mía, aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocer tal abandono.
Estaba a punto de dormirme, con el calor de la tarde santiaguina y la voz monótona y cansada que de tarde en tarde repetía revolucionarios profesionales, casi como una muletilla, cuando por fin hizo la pregunta mágica: “¿Alguien más quiere alargar la reunión?”. Una forma muy particular de ofrecer la palabra que ningún valiente se atrevía a aceptar. Su charla terminaba con la famosa preguntita. Esperé que salieran los muchachos para mostrarle mi pata.
-¿Qué te pasó güevón? -preguntó Matías al ver mi pierna con una hinchazón tremenda. La cosa lucía peor de lo que era, porque en la posta me la pintaron con yodo dándole un toque un tanto escandaloso al asunto.
-Los pacos maricones me dieron con una lacrimógena- contesté con un tonito que no era de lamento, sino más bien de disimulado orgullo.
-¿Y ya te vio un médico?
-La chica Pamela me llevó a la posta, pero no sé si sería médico el que me atendió ahí. Yo estaba medio mareado. Sólo sé que me echaron yodo y no me recetaron ni aspirina. Lo único que gané es que el diario La Tribuna publicara mi nombre en la lista de heridos.
-Porqué no te vas para que te vea tu papá y te cuiden un rato en casita, total tu viejo es médico de verdad -propuso Matías olvidándose de las tareas que el mismo me había asignado y que yo ni muerto hubiera dejado de cumplir.
-Claro y le digo: “Oye viejo si yo iba pasando por ahí cuando me cayó una lacrimógena, no sé de donde. Tienen tan mala puntería estos pacos”.
-Entonces tómate unas dolopironas –dijo Matías–. Te quitará el dolor y te ayudará con la inflamación. Tuviste suerte porque la bomba no te rompió nada.
-Sí fue puro susto, sobre todo al principio cuando no sentía la pierna, ni siquiera como si estuviera dormida. Era como si me la hubieran desconectado.
-Tómate unas dolopironas y descansa un par de días -insistió con aire de doctor y de jefe bonachón. Así me convertí en uno de los pocos pacientes que pudo tener Matías, quizás el único a quien le recetó algo.
Nos fuimos juntos desde el local del efe-te-erre donde había soportado su charla, bajando hacia la Alameda. Íbamos silenciosos, yo por costumbre, él porque había estado chachareando varias horas. Ambos cojeábamos. Yo por lo de la bomba, él porque algo tenía en un pié, algo de lo que no le gustaba hablar. Aunque habitualmente casi no se le notaba, ese día cojeaba como Dustin Hoffman en Perdidos en la Noche.
-¿Y tu porqué cojeái? ¿De puro solidario? –Le pregunté tocándole directamente su rollo.
Matías contestó muy serio -No. Lo mío es una malformación congénita y te aseguro que no te gustaría verla. Hay días que duele y otros ando bien Cuando puedo disimulo, pero ahora estoy agotado-. Era la primera vez que me hablaba de ese tema. Yo ya lo sabía por una infidencia de la Negra. Ella era su compañera y lo conocía más que nosotros.
Las calles estaban vacías y tenían algo de escenario. Una ventana jugó a ser espejo y nos devolvió nuestra imagen: ninguno llegaba al metro sesenta con zapatos, caminábamos despacio yo rengueando de mi pierna izquierda, él, ya lo dije, como Dustin Hoffman, pero más feo, claro. Más feo que el actor y más feo que yo, de todas maneras. Los dos cansados. Era como si nos viéramos en una película y aún hoy mi recuerdo parece arrancado del cine.
Matías estalló en una carcajada repentina, contagiosa que me obligó a hacer con él un dúo de idiotas riéndose sin parar. Nos apretábamos la guata. El más idiota era yo que no sabía de qué me reía. Cuando pudo controlarse un poco, me dijo: “Alguien podría sacarnos una foto ahora y le pondríamos abajo Revolucionarios Profesionales”. Al menos ya sabía de quienes nos reíamos, aunque ya no lo encontraba tan gracioso.
Seguimos caminando en busca de una farmacia, pero por el camino se nos cruzó un boliche, debe haber sido “El Brasil” que quedaba por esos lados, y pasamos a tomarnos unas cervezas bien frías.
-Esto también disminuye el dolor y como es diurético te ayudará con la inflamación –dijo Matías– corrigiendo su receta anterior. Con cada cerveza nos reíamos más de nosotros mismos: los revolucionarios profesionales. ¡Lástima! Nunca nos tomamos una foto.