Ese día


En mi jardín había una fiesta por eso me levanté tempranito y sin chistar, dejé que me pusieran el disfraz de gato porque ese día sería mi debut como actor, mejor dicho, como bailarín porque la cosa no pasaba de una coreografía que tenía los aplausos asegurados resultara como resultara.

La fiesta yo la entendía como un cumpleaños sin torta, pero no faltarían unos quequitos que aportaban las mamás y una leche con chocolate que la hacían en un fondo así de grande.

Entonces no sabía, pero ahora sé que ese día era el Día del Profesor, y fue la última vez que ese día fue el Día del Profesor.

Todos recuerdan clarito lo que hicieron ese día.

Yo también tengo mis motivos para recordarlo, quizás no tan claro porque tenía poco más de cinco años, pero me acuerdo de que nada se parecía a lo que habíamos ensayado desde la semana anterior, todas las tías estaban tan preocupadas de nosotros, de que levantáramos el pie, de que diéramos la vuelta y que al final levantáramos las manos y lanzáramos un maullido de alegría.

Ahora las tías andan como despistadas, como si se hubieran olvidado de que había fiesta, de que deberíamos subirnos pronto al escenario a hacer nuestro número y pasar luego al chocolate y los quequitos, pero la tía Verónica que nos había hecho ensayar tanto no aparecía por ninguna parte y yo sé que estaba ahí, porque cuando mi mamá me dejó en el jardín ella me recibió con un beso y a mi mamá le dijo un automático, no se preocupe, venga a buscarlo a la hora de siempre.

Me acuerdo de que las tías cuchicheaban cosas entre ellas y nosotros no existíamos. Yo no existo, justo cuando me vienen esas ganas de hacer pipí que no se pueden aguantar, quiero ir al baño, pero el disfraz no está previsto para facilitar esa operación y para colmo nos habíamos trepado por nuestra cuenta al escenario y me daba miedo bajarme solo, pienso que a los gatos de verdad debe pasarle lo mismo cuando suben al techo la primera vez, después debe darle miedo bajarse, pero ellos no tienen que sacarse ningún traje para ir al baño, ni siquiera tienen que ir al baño porque pueden hacer ahí donde estén, pero yo no soy un gato soy un niño y no hay ninguna tía que me ayude, me pongo a bailar para aplazar lo inevitable, pero lo inevitable tiene que ocurrir y siento correr algo caliente por dentro del disfraz y se va haciendo una pocita que crece y crece y todos se van a dar cuenta por lo que me pongo a llorar y todos mis compañeritos en un acto de solidaridad o por simple contagio o quizás porque también se habían hecho pipí, lo cierto es  que se empieza a armar un berrinche de proporciones y las tías como que despiertan y se vienen a consolarnos y nos abrazan y nadie se da cuenta de la pocita, pero a mí el llanto se me transforma en hipo y no hay quien me lo quite ni con todos los remedios que se inventan en esos casos, me dieron bilz con los oídos tapados y no funcionó quizás si me dieran un quequito pienso yo, pero a nadie se le ocurre, hasta que empiezan a llegar las mamás como si de pronto hubieran encendidos los radares que tienen las mamás y escuchado lo que ocurría en el escenario y nos vienen a buscar y no va a haber baile ni chocolate ni nada, en casa están todos menos mi papá que estaba trabajando y dicen que se lo llevaron al estadio, mi mamá me quita el disfraz y se da cuenta de que estoy todo meado y yo voy a empezar a hacer pucheritos, pero ella me hace un guiño de complicidad, va y me cambia de ropa, se lleva un dedo a la boca señalándome que no diga nada y el día sigue como si no hubiera pasado lo que pasó.

Ese día no llegó mi papá.

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