El exilio masivo que ocurrió después del golpe en miles de casos se puede
llamar destierro, ya que se nos prohibió regresar a nuestro país. Esta no fue la
sentencia de un tribunal, sino de un oscuro burócrata civil o militar, con
cargo de ministro o algo así.
El Estado jamás ha reparado este daño y ni siquiera lo hemos demandado
porque nos consideramos afortunados sobrevivientes.
Sin embargo, la reparación de mi alma llegaba cada semana dentro de un
sobre. Eran las cartas que recibí durante años, sobre todo las de mi padre
quien asumió la tarea de mantenerme cerca, de evitar que el lazo se rompiera y
me enviaba hermosas cartas escritas con su letra pareja e inclinada. Podía
verlo en su escritorio con su lapicera Parker 51 con tinta Stephen de color
azul, con un tono siempre alegre y usando esos códigos íntimos de la familia
que le permitían decir mucho y trasmitir con delicadeza la atmósfera asfixiante
que soportaban.
Todo eso estaba muy bien, pero yo quería recibir una carta escrita por mi
madre quien al parecer se inhibía ante las maravillas que me enviaba mi padre,
pero insistí lo suficiente y ella se las arregló para superar cualquier carta
que haya recibido. Preparó un ramo de rosas de su jardín y le pidió a una amiga
pintora que hiciera un pequeño oleo con ese ramo, pegó la miniatura a una
tarjeta y con un lápiz pasta y su letra común y corriente, en un lenguaje
franco escribió:
Mi rucio querido, que estas rosas de tú casa,
pintadas por una amiga, te acompañen en estas fiestas que siempre traen
recuerdos nostálgicos y con los deseos de tu madre de estar todos unidos aquí
en Chile el próximo año si Dios nos concede esta bendición.
Aquí todo sigue igual, en este momento miro por la
ventana y son tres los milicos que nos apuntan con sus metralletas día y noche,
esto es normal ya no nos asustan.
Un abrazo grandote a los tres, tú madre que los quiere mucho y recuerda en cada momento. Marta 17-12-85



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