Fue el compañero Pipa quien me avisó que nuestro antiguo y destacado dirigente sindical de la industria textil Hirmas se encontraba aquejado de un cáncer al páncreas y su situación era terminal, el compañero había sido enviado a su casa para que pasara ahí sus últimas horas.Luis Piérola era de mediana estatura, de contextura delgada y con un rostro que denotaba simpatía y humildad, una de sus características era ser reservado y de pocas palabras, pero acertivo, muy inteligente y hábil en el desempeño de su tarea como dirigente sindical y reconocido militante mirista. Su mirada era directa y franca.
Después del golpe civil y militar de 1973 dejamos de vernos, vinieron los años duros de clandestinidad, resistencia y destierro, persecución y muerte. Nos volvimos a encontrar probablemente en 1983, en una manifestación donde sorpresivamente nos topamos con él, que portaba una bandera del MIR encabezando la marcha. Nos abrazamos con alegría, contentos de estar vivos.
Pipa me indicó que sabría llegar a la vivienda de Piérola porque no hacía demasiado tiempo había ido a esa población (Huamachuco) y estaba seguro de encontrar el camino. El mensaje que nos había llegado decía que el compañero se encontraba muy mal y que su deceso podría ocurrir en cualquier momento.
Ciertamente Pipa encontró el camino, pasó a recogerme en su vehículo y luego de elucubrar sobre el mejor itinerario para llegar donde nuestro compañero, no sin perdernos un par de veces, finalmente dimos con su vivienda en medio de lo que en los años 70 había sido una toma y que ahora era una población consolidada de pequeñas casas pareadas en la zona norponiente de Santiago, en los suburbios de Renca.
Nos recibió una sobrina de Piérola, Sugeidy, una mujer joven, atenta y cuidadosa que lo asistía en sus últimos días en este mundo. De inmediato nos hizo pasar y nos llevó hasta el dormitorio donde Piérola yacía en su cama. Pipa había avisado por móvil que llegaríamos a verlo.
El cuarto era modesto: el camastro, un velador, las paredes desnudas pintadas de blanco y frente a la cama y a la mirada de Luis, una ventana por donde entraba un fuerte haz de luz solar y una brisa ligera y tibia mecía la cortina, dejando ver las verdes ramas de un árbol.
Nos saludamos efusivamente y nos dijo con serenidad que su enfermedad no tenía cura y que estaba resignado a morir. Lo escuchamos atribulados, su rostro estaba demacrado, los ojos hundidos en sus cuencas, y nos emocionó constatar su entereza y valor ante la proximidad de la muerte.
Por esos días, lo que después se conoció como el “estallido social”, estaba en su apogeo. Le preguntamos su opinión respecto del fenómeno que se vivía en todas las regiones del país; entrecerró los ojos y sentenció, con un dejo de impotencia:
—Son movilizaciones que no tienen conducción, no hay organización, es una mezcla de espontaneísmo y rabia, pero no hay dirección, no hay objetivos claros, no tiene destino, no van a llegar muy lejos y la represión los va a aplastar… Vamos a perder una vez más…
Ahora, al recordar sus palabras, veo que tenía plena claridad respecto de lo que estaba ocurriendo, su larga vida como trabajador consciente y experimentado le permitía saber de golpe el curso que tomarían los hechos y su probable desenlace.
La sobrina de Piérola trajo dos sillas, nos ofreció agua o té y le agradecimos la atención. Luego permanecimos un largo rato en silencio, los tres, entendiendo que el silencio era en esos instantes el mejor intercambio de emociones y que la vida también era eso: respirar, ver la luz entrando por la ventana, la cortina meciéndose y el canto de un pájaro en la rama del árbol.
También sabíamos que ese silencio era una despedida.
Patricia y Renard



.png)






