Mi viaje


Para mi compañero, siempre



El carro del tren está ya dispuesto en la Estación Alba cuando llego de la mano de mis padres muy temprano en la mañana, entusiasmada pensando no sólo en las próximas vacaciones en la playa, sino también en una de mis debilidades: los ricos panes amasados con palta y queso que vamos a comprar por la ventanilla cuando paremos en Quillota.
No me doy mucha cuenta lo rápido que avanzamos, solo siento de pronto que las manos que tengo entre las mías no son las de mis padres, sino las de las dos niñas, y que desde el asiento de enfrente estás mirándome con una sonrisa dulce en el rostro y los ojos llenos de amor. Hemos vuelto, me dices, cuando a lo lejos veo que nos aproximamos a la Estación Cénit.
Pero seguimos avanzando, rápido, rápido. El suave traqueteo del tren desplazándose sobre los rieles nos adormece y percibo entre sueños que las niñas, ya crecidas y con una pequeña entre ambas, toman sus bolsos y sin darme cuenta siquiera, en algún momento descienden o quizás sólo van hacia otro carro.
Qué extraño, pienso, cómo ha cambiado el paisaje desde que subí a este loco tren, que a pesar de haber disminuido la velocidad, no se ha detenido en ninguna estación.
Tú, sentado ahora a mi lado, entrelazas tus manos con las mías, a ambos se nos dibujan fuertemente las venas por entre esas pecas que nos aparecieron de pronto, cuando vemos que por el pasillo se aproxima el inspector anunciando la llegada a la última estación de este recorrido, en la que los que aún quedamos en el carro deberemos descender: Estación Ocaso.
Patricia Guillén
Julio 2020

Estamos de acuerdo


El aroma del cerezo en flor de nuestro jardín nos acariciaba el alma, durante los dos años de duelo por la muerte de nuestros hijos, por causa de una vacuna desarrollada apresuradamente para controlar una epidemia, medida que trajo como consecuencia la muerte de niños y adolescentes en todas las latitudes del planeta.
Como de costumbre al atardecer nos sentábamos en la terraza para intercambiar los sucesos del día, acompañados con algún aperitivo. En un momento de silencio observé a Estela, mirando sin ver, con una mirada melancólica. Eran los resabios de la pena que después de los años, aun la atormentaban y decidí comentarle un reportaje que había leído en internet.
―Sabes, Estela, que en los países que marcan la pauta tecnológica están buscando una solución al despoblamiento de la tierra, y los resultados positivos obtenidos, les permite que cualquier persona pueda solicitar bebés. El artículo señala que estos niños se pueden escoger de diferentes razas y vienen con todos los anticuerpos necesarios para sobrevivir futuras pandemias
Para que los niños no parezcan clones, es posible escoger la raza (negros, blancos y asiáticos), de distintos rasgos físicos, personalidades, inteligencia, contextura y por supuesto su desarrollo estaría relacionado con: el contexto familiar, el país que los recibe y al amor de sus padres.
Estela primero abrió sus ojos en señal de sorpresa, luego su cara se llenó de alegría y esperanza y exclamó, ¡Yo quiero 3 hijos! Al segundo su semblante cambió y con tono de pena dijo.
―Pero saldría caro y no podría con tanto trabajo.
―No te preocupes, la entrega considera una ayuda mensual de cinco mil euros por cada hijo adoptado y una niñera robótica.
―¿Entonces, estamos de acuerdo?
―Sí, Estela, de acuerdo.
 Gabriela Rodríguez. 
Santiago, Junio del 2020

Estación Misterio

―¿Hacia dónde va el tren?― preguntó el hombre. ―Misterio―, respondió ella. 
Él no sabía si era broma o ella hablaba en serio, hoy con todo tan revuelto como está no era capaz de descifrar ni rostros, ni tonos de voz y otras claves que se esconden tras los barbijos que lleva la gente, esperó un rato en la estación por si venía alguien a quién poder consultarle, pero al parecer no había mucho movimiento en aquel lugar, dejó su maleta en el suelo y se sentó sobre ella, así pudo observar con mayor atención a ese gigante de fierro que parecía dormido sobre las vías, con el ojo de quién mira sin apuros, se dio cuenta que al parecer esto era así desde hacía ya un tiempo, pues empezaban a trepar entre los rieles y las ruedas pequeños pastos y enredaderas, esta visión lo sobresaltó, pasando mil ideas por su cabeza: ¿podré salir de aquí?, ¿estará malo el tren?, ¿a quién o qué espera ella?, ¿será algún lugar aquel “Misterio”?. 
Miró en búsqueda de su compañera de estación, seguía ahí, parecía adormilada por esa tibieza de domingo de finales de abril, con un sol que alcanzaba sus pies y generaba una atmósfera sin tiempo.
Mayarí Schilling

El tren azul


Cuando pequeño solía soñar con un tren. No era todos los días pero sí me pasaba bien seguido.
Este era un tren de color azul, de forma muy agudizada similar al "flecha" que existía en esa época, pero aún más estilizado, como un avión.
Lo veía venir de lejos y su aerodinámica figura parecía romper el aire.
No tenia ventanas y se deslizaba en el aire.  A pesar de que en mis sueños veía  que transitaba veloz, se acercaba suave y pasaba cerca mio sin hacer un ruido para luego alejarse tan suavemente como había llegado.
Dejé de soñar con el cuando la magia de la infancia dejo su lugar a la dura realidad de la adolescencia.
Nunca más lo vi en mis sueños, pero su recuerdo siempre me ha acompañado.
Quizás por eso que me gustan tanto los trenes.
Tuve la suerte de vivir en un lejano país donde los trenes son transporte fundamental. Cientos de estaciones siempre repletas de gente y por cierto los trenes son modernos y confortables.
Recuerdo que cuando hicieron su aparición el TGV hacia París y el EuroStar hacia Londres atravesando el túnel del canal de la Mancha, lo primero que se me vino a la mente al ver sus esbeltas siluetas fue mi tren de ensueño.
Muchas veces viajé en ellos y en algunas ocasiones,  solo lo hice por el placer de ir en esos trenes de ciencia-ficción a velocidades que nunca imaginé que un tren pudiera alcanzar (salvo mi tren de ensueño). Y por cierto me preguntaba como había sido posible llegar a ese modernismo desde los viejos trenes a vapor.
Así que cuando esa agencia de viajes propuso un viaje inolvidable en un antiguo convoy con maquina a vapor, no dudé un instante en comprar un pasaje.
La agencia se llamaba LocoTour y su ejecutiva me prometió que sería un viaje inolvidable.
Llegué antes de la hora indicada a la estación, presa de una excitación casi infantil.
En el andén principal , una soberbia locomotora negra preparaba ya sus calderas. Tiraba tres magníficos carros antiguos.
A mi me correspondió el carro del centro por ser jubilado de clase media, así me había dicho la ejecutiva.
Comenzaron a llegar los demás pasajeros; todos mayores de edad simpáticos y amables que saludaban alegremente.
Un pitazo de la locomotora anunció la pronta partida del viaje.
Tres personajes aparecieron en la puerta de nuestro carro; un caballero gordito con aire de gerente de banco, una señora bajita medio enclenque y un joven alto con cara de bobo.
―Bienvenidos a este inolvidable viaje que por primera vez en la historia de nuestro país, hemos organizado para ustedes ―dijo el gerente de banco―. Este viaje lo hemos preparado con mucha anticipación y con los mejores expertos del país-agregó el gerente. Todo está minuciosamente pensado ―dijo―, Hemos seguido todos los estándares internacionales establecidos por la Agencia Mundial de Trenes y según las encuestas, somos los mejores del planeta.
―Por lo tanto no deben preocuparse por nada y para mayor confianza, seré yo mismo quién conducirá  el convoy junto a mis colegas― dijo, indicando a la señora bajita y al joven quienes se miraron sonrientes y orgullosos.
Tres pitazos y la vigorosa locomotora comenzó su jadeante empuje. Los pasajeros conversaban todos al mismo tiempo y la algarabía versaba en todo lo prometido y lo misterioso del viaje ya que el Gerente-Conductor nada dijo sobre el final del viaje.
Sentados enfrente mio, iba una pareja de jubilados, como yo; ambos decentemente vestidos sin exageración ninguna, no tardaron en entablar conversación conmigo;
―Me llamo Joaquín dijo él― dándome un apretón de mano. Y ella es mi esposa Alicia.
―Yo soy Víctor Manuel respondí- correspondiéndoles el saludo.
―Que le parece el viaje me pregunto Joaquín―
―La verdad, muy interesante para mí ―respondí― porque soy un apasionado de los trenes.
―A nosotros también nos gustan los trenes pero lo raro es que no sabemos hacia dónde vamos ni las estaciones por las que pasaremos ―dijo ella―. Creíamos que el conductor nos lo explicaría, pero fue muy parco en explicaciones, no cree usted?
―Si, a mí también me pareció un poco seco su talante, quizás es su personalidad así. Yo pensé en preguntarle a la señora bajita, que parecía mas simpática.
Pero bueno, lo importante es que el viaje se desarrolle sin contratiempos.
―Si eso es.
Los primeros kilómetros pasaron dentro de un ambiente de conversaciones banales y apenas se pudo apreciar la subida de la pendiente que sin mayor esfuerzo remontó el tren.
La primera parada fue en la estación Riesco.
El tren se detuvo unos momentos para que subieran un grupo de inspectores que verificaron que efectivamente todos los pasajeros del segundo vagón eramos de la tercera edad y pertenecientes a la clase media, para luego pasar al tercer vagón que según supimos después estaba destinado a personas con menos recursos.
Antes de recomenzar el viaje, aparecieron de nuevo las tres personas encargadas del viaje.
―Como ustedes se habrán dado cuenta, hemos ascendido la cuesta sin ningún esfuerzo, esto gracias a nuestra planificación y los consejos que nuestros expertos nos han proporcionado― nos dijo el Gerente-Conductor.
La señora bajita, nos explicó como y en que cantidad se comportaba el tráfico de trenes en el mundo, comparándonos con los mas modernos y el joven con cara de bobo nos dió las cifras de durmientes y rieles recorridos asegurándonos que desde meses atrás se habían comprado muchos rieles y durmientes.
Dicho esto, el tren se puso en marcha con velocidad mayor y comenzamos a recorrer parajes que se iban ensombreciendo en la medida que los kilómetros pasaban.
Algunos pasajeros comenzaron a quejarse por el hollín que penetraba por las ventanas.
―No tienen más que cerrar las ventanas― propuse yo
―Sí pero igual entrará por las tomas de aire superiores― me indicó Joaquín
―Quizás sea por el esfuerzo que hace la locomotora en las subidas― agregó doña Alicia.
A lo mejor era eso, ya que cada vez que el tren comenzaba a trepar una cuesta, la locomotora se ponía más jadeante. Luego bajaba el esfuerzo y todo parecía volver a la normalidad.
Así, subiendo y bajando, jadeando y botando cada vez mas hollín  transcurrieron los siguientes kilómetros.
Cuando llegamos a la Estación Meseta, tuvimos la primera sorpresa; un grupo de jóvenes subió también al tren. Y a diferencia nuestra, se repartieron en los tres vagones.
La locomotora pareció agradecer el descanso mientras los tres personajes a cargo del viaje volvieron aparecer con caras de enorme satisfacción.
―El Gerente-Conductor nos aseguró que todo este esfuerzo de la locomotora era completamente normal. Es más ―dijo― Ya hemos llegado a una especie de meseta por la cual continuaremos sin mayores contratiempos nuestro viaje, tal como lo habíamos previsto.
―Doña Eliana preguntó si era normal tanto hollín y si podríamos utilizar mascarillas para respirar mejor.
―No es necesario – respondió secamente el Gerente-Conductor, mientras la señora bajita y Cara de Bobo sonreían. ―Solo tienen que aprender a respirar― sentenció arrogante.
―Y los jóvenes que subieron? No era éste un viaje sólo para la tercera edad― preguntó un señor de pelo largo y canoso.
―Nosotros vamos cambiando y adecuando nuestros planes en consulta permanente con nuestro equipo asesor y respetando los protocolos establecidos por ellos― respondió el Gerente-Conductor, con el ceño fruncido. Parecía enojado cuando alguien le preguntaba algo.
―Y en cuanto a los asientos que pudieran faltar, ya hemos comprado una cantidad y serán embarcados en la próxima estación― sentenció Cara de Bobo.
Proseguimos nuestro viaje en un ambiente que ya comenzaba a ser dudoso. La cara de los viajeros ya no eran tan alegres como al principio del viaje. Había una carga de duda que se translucía sin disimulo.
La locomotora se quejaba cada vez con mas facilidad y de cuando en cuando se sentían unos vaivenes que sacaban exclamaciones entre los pasajeros.
Las conversaciones ya no versaban acerca del viaje ni del paisaje.
El tema que acaparaba más la atención era la calidad del tren, especialmente la locomotora.
Ahora ya se sentía claramente el olor a carboncillo.
Lo cierto es que la locomotora seguía produciendo hollín y a pesar de que muchos pasajeros ya habían cerrado sus ventanas, el aire se empezó a enrarecer con un polvillo negruzco.
Algunos comenzaron a toser de forma constante.
―No creen ustedes que algo raro se está produciendo― preguntó doña Alicia
―Sí, a mi me parece que esto no es tan normal― respondí
―Yaa, dejen de criticar -alegó don Joaquín― hay que confiar en el equipo conductor y basta con eso!
Cuando llegamos a la Estación Cuesta Normal, grande fue nuestra sorpresa al divisar una gran cantidad de gentío muy diverso que esperaban con impaciencia el tren.
Apenas se abrieron las puertas entraron en tropel, sin ningún orden y ocupando todos los asientos aún disponibles.
Como era de esperar, quedaron muchos de pie lo que provocó serias discusiones hasta que unos militares armados subieron los asientos suplementarios.
Pero nuestras sorpresas no terminaron ahí; los tres personajes entraron portando llamativas mascarillas negras. 
No pudimos ver la sonrisa de la señora bajita, solo podíamos adivinarla. En cambio Cara de Bobo se veía harto mejor así. Por el contrario el Gerente-Conductor, parecía feroz detrás de su mascarilla.
―Tenemos algunas adecuaciones a nuestro viaje― dijo el Gerente-Conductor. ―Según nuestros expertos estamos en una etapa de normalidad.
―!A PESAR DE QUE ALGUNAS PERSONAS DIGAN O PIENSEN LO CONTRARIO!― vociferó.
―Por lo tanto, con las precauciones del caso, pueden ir a tomar café o cerveza al coche-comedor si lo desean. Pero ojo !La mascarilla es OBLIGATORIA!
Nadie se atrevió a señalar que el tren no tenía coche-comedor ni tampoco que todo eso parecía un poco contradictorio.
―Con respecto a los asientos necesarios, vamos a cargar más asientos suplementarios y todos, escuchen bien, todos los pasajeros tendrán donde sentarse― sentenció con vehemencia Cara de Bobo.
Los pasajeros estábamos silenciosos. Solo el caballero de pelo cano se atrevió a preguntar;
―¿Y si los asientos nos alcanzan para todos, que hacemos ?.
―Entonces se sientan de a dos y traten de ser más disciplinados ―gritó el Gerente-Conductor.
Acto seguido se distribuyeron mascarillas y el tren retomó su marcha con dificultad.
La locomotora hacia un esfuerzo enorme por el sobrepeso y le costaba alcanzar velocidad.
Los pasajeros comenzamos a ocuparnos de los asientos y de los espacios para colocar los suplementarios.
Después de mucho jadear, la locomotora pareció silenciarse por un largo momento para luego hacer una serie de ruidos raros y literalmente dispararse hacia adelante.
El convoy comenzó a tomar cada vez mayor velocidad.
Los vaivenes se hicieron de nuevo presentes y esta vez con agudos chirridos de hierros.
El tren iba ya medio desbocado cuando atravesamos la Estación Horizonte.
En los andenes alcanzamos a divisar mucha gente con rostros desfigurados que agitaban las manos, otros gritaban y muchos tenían carteles que decían cosas que no alcanzábamos a leer completamente.
Los tres personajes no aparecieron en esta ocasión lo que creó mas angustia entre los pasajeros que comenzamos a movernos de un lado para otro sin saber que hacer.
El tren cobraba más velocidad, los vaivenes ya eran tumbos que provocaban gritos.
El aire era irrespirable, todos tosíamos y algunos lloraban.
Lo peor fue cuando entramos al túnel. La oscuridad y la velocidad que aumentaba provocaron un pánico indescriptible.
Alguien gritó adelante. ―¡Nadie conduce el tren! ¡Nos han dejado solos!
El silencio y la estupefacción paralizaron por algunos momentos a todos los pasajeros.
―Tenemos que hacer algo― gritó un caballero recién llegado
―Yo puedo manejarlo― dijo un joven del carro trasero
―Yo te ayudaré― grito otro del vagón delantero
En medio del desorden y pánico, apenas nos percatamos de la luz que comenzó a perfilarse por el lado izquierdo de nuestro convoy.
La luz se hizo más persistente. Y en  medio del oscuro túnel, apareció mi tren azul.
Surgió como en mis sueños de niñez. Estuvo un rato a nuestro lado, esplendido, majestuoso, su nariz rompiendo el aire, sin emitir un ruido, suavemente.
El azul de sus carros brillaba con una especie de aureola.
Llevaba ahora grandes ventanas iluminadas a través de las cuales muchos niños y adolescentes  nos saludaban sonrientes y con grandes gestos. Nos enviaban besos, nos dibujaban corazones con sus manos, otros aplaudían y gritaban cosas que no alcanzábamos a escuchar, pero percibíamos que eran palabras de aliento y cariño.
La serenidad comenzó a volver a nuestro convoy, la locomotora pareció descansar un poco y los bamboleos se fueron reduciendo.
Mi tren de ensueño nos adelantó lentamente al principio y luego se alejó con la rapidez de un rayo hasta que solo quedó un punto azul en la lejanía, allá en el fondo de la oscuridad.
Un punto de luz que se iba agrandando como si fuera la salida del túnel.
Azul como la esperanza que nos esperaba al término de nuestro accidentado viaje.
Oscar Orellana

Estación Dignidad

“No teníamos que llegar a parte alguna,
sólo colocarnos en estado de fuego y allí consumirnos”.
Fernando Pessoa
Tendido en un chinchorro mirando el cielo, cierro los ojos y veo a los samuros volar en círculos sobre mí. Admiro la perfección de su vuelo de una liviandad sorprendente en plumas tan negras, se supone que el negro es un color pesado, pero eso parece que no lo saben los zopilotes. Los círculos que trazan parecen hechos con compás, calculo cual es su centro y mucho me parece que soy yo mismo y más exactamente mi ombligo. Mala señal, no es necesario ser muy pillo para entenderla, es como ver a La Pelona en persona. Es inútil no podré dormir, tendré que ir al psiquiatra a decirle que tengo insomnio de siesta y eso puede ser grave, claro que más grave es que tendría que pagarle al doctor con un saco grande de billetes y créeme que no exagero. Quizás me dé licencia, pero como estoy cesante no me va a servir de un coño y lo peor es que se me ha metido en la cabeza que para escapar de todo esto, necesito imperiosamente tomar un tren, pero en este país de mierda no hay un solo miserable tren.
De pronto me acuerdo que sí, que sí hay un tren allá en un parque en Los Teques, una vez anduve en él, no va para ninguna parte, pero eso no importa, es el único tren y tengo que tomarlo. Me pongo el barbijo, los guantes, mi jockey de beisbol y las gafas, coloco la botella de agua y un saquito de bolívares en la mochila y parto en bicicleta hacia Los Teques. Quiero dejar la bici estacionada a la entrada del parque, es una excelente mountain bike testigo de épocas mejores, pero no hay estacionamiento y he olvidado traer la cadena y el candado que no sirven de mucho, pero dejarla así no se puede, sería como regalarla, si tuviera un papel de colores la envuelvo y la dejo como un presente para el que la vea. Pero en la puerta no hay nadie. Digo puerta por decir algo porque es una barrera rojiblanca como las de un paso ferroviario, que detiene a los carros, pero no a mi cleta y a mí. Entro sin pagar y sigo caminando. En algún lado está la Estación El Encanto, a lo lejos escucho un pitazo que me urge, eso es verdadera música para mis oídos, había temido que ya no funcionara, hacía muchos años que no visitaba ese lugar. Pero ese pitazo que me apuraba era una magnífica señal, como no había transeúntes monté mi bici y me dejé llevar por el sendero los pitazos que no cesaban, me guiaban a mi destino, la Estación El Encanto.
Me he puesto el barbijo, por si me encuentro con alguien, pero nada, soy el único visitante y los guardaparques deben estar durmiendo por ahí. Un pitazo largo e insistente me apremia, doblo el último recodo y la máquina emite un bufido como diciendo “ya estaba bueno que llegaras”. Los carros son de madera, muy bonitos. Siento que debo subir de inmediato y como no hay nadie, a nadie tengo que convencer de que me permita subir con mi bicicleta. Le consulto ¿quieres ventana o pasillo?, puedes elegir” y  respondo yo mismo “ya sé que prefieres pasillo es más cómodo para ti”.
    Un remezón y un estruendo de fierros oxidados me anuncia la partida.
    ―Aquí vamos le digo a mi compañera de dos ruedas, afírmate bien―, afortunadamente ella que sabe bastante de equilibrio, se mantiene en silencio, la locura corre solo de mi parte, ella no conversa con humanos.
    Me he acomodado bien en la ventana, pero después de un par de curvas que me permiten apreciar la belleza del paisaje verde y brumoso que me infunden la calma que quizás buscaba sin saberlo. Siento nostalgia de trenes abandonados en las cercanías del mar de mi adolescencia, allá en Constitución. Estaban diseminados sin lógica alguna en medio de una inmensidad de piedras y arena que dejó el mar cuando se retiró indignado porque los hombres querían construir un puerto. Así, en medio de esa ensoñación casi no me doy cuenta donde estoy, hasta que veo que estamos suspendidos sobre las copas de los árboles que se abrazan allá abajo arropados por una niebla protectora.
Entretanto, ni señas del conductor. Mejor que ni se aparezca porque me puede tocar uno de esos pesados y quizás le dé por cobrarme pasaje por mi compañera de dos ruedas, mejor no le dirijo la palabra, para no darle argumentos para un eventual cobro. Sobre el asiento que hay entre ella y yo encuentro un folleto informativo, que habla de 21 túneles y otros tantos pasos elevados que van uniendo las montañas, me imagino que eso sería cuando el fin de la línea estaba en la ciudad de Valencia. Bonito número pienso y sin duda ese pensamiento me hace bajar la guardia, lo cual no es recomendable en estos tiempos, ya hemos entrado al primer túnel es cortito y da una pequeña curva. Apenas alcanzo a sentir un leve murmullo de admiración alrededor mío, no estoy muy seguro porque todo sigue normal, deben ser ideas mías solamente.
―¿Escuchaste eso?― le pregunto con voz inquieta a la cleta, aunque me había propuesto no hablarle, porque es imprudente hacerlo sobre todo ahora en que estoy solo, pero tengo la sensación de estar rodeado de personas.
    Automáticamente me he colocado la mascarilla tapando mi nariz y boca, he vuelto a estar alerta, tenso, con la oreja tratando de captar cualquier sonido, pero solo logro escuchar el rumor de la selva, que se parece al de un mar sin gaviotas. La bicicleta ha comprendido mi actitud y guarda riguroso silencio.
    Y aquí vamos otra vez, nos dirigimos directo al muro duro de la montaña, viene otro túnel, voy atento a los sonidos, también este tiene una curva y luego otra en sentido contrario, es una ese, lo que produce un bamboleo y luego de nuevo aquel murmullo de gente entre chacotera y asustada. Ahora he escuchado con claridad, en el murmullo he distinguido hasta voces infantiles, sonidos que no pueden venir ni de la selva ni de la niebla, son sonidos que están allí conmigo, me alegro tanto de no estar solo, me alejo de la ventana y abrazo a mi flaca y siento que de alguna manera sus huesos de aluminio aceptan mi abrazo y me consuelan.
    Abrazado a ella soy capaz de cruzar todos los túneles y lo que sea que falte para llegar a mi destino. Viene el tercero y pienso, la tercera es la vencida, si hay algo que escuchar lo escucharé sin miedo. Y dicho y hecho, el túnel es más largo que los anteriores, primero hay silencio, pero al prolongarse la permanencia bajo la montaña, se escuchan comentarios “este si es largo” dice un caballero con voz que quiere ser serena, “mamá, tengo miedo” dice la voz sincera de un niño, y luego “¿porqué no prenden la luz?” dice una señora preocupada.

Como hay momentos en la vida en que todo tiende a empeorar y parece que este es uno de esos. Sucede lo que no debiera ocurrir. El tren se detiene, el ruido de la locomotora se ha silenciado, siento que un tropel de gente se mueve hacia la puerta, se empujan y atropellan. Pienso, “los fantasmas se comportan igual que las personas”. Yo espero abrazado a mi compañera, espero que pase la avalancha y luego me levanto y los sigo apoyándome solo en el oído, porque no se ve nada de nada, mis ojos ya deben haberse acostumbrado a la obscuridad, pero no se ve nada, es como si la mascarilla hubiera tapado mis ojos, pero no, está bien puesta, mejor que nunca.
Desciendo con cuidado y allá no muy lejos veo una luz roja que se balancea como llamándome, entre el tren y la roca de la montaña parece haber un sendero, trato de caminar por él aferrado a mi chanchita y la luz roja se aleja, no puedo perderla apuro el paso, pero en la obscuridad todo es difícil, siento una angustia opresiva, cuando escucho.
    ―Móntate, que así vamos a perder al guardagujas y su luz es lo único que nos señala el camino en este laberinto de túneles al que me trajiste.
    Aquí se jodió la vaina, ahora nadie me libra del psiquiatra, ¿qué le voy a decir al loquero?  “doctor, tengo una mountain bike que se entromete en mi vida y me dice lo que tengo que hacer”.
    ―No digas tonteras, tu empezaste a conversarme hace tiempo y yo calladita sin decir nada, pero ahora si no me haces caso nos quedaremos para siempre bajo la montaña.
    El guardagujas se alejaba cada vez más, así que no tuve más que decir, monté en mi compañera y partimos titubeantes.
    -Deja que en este baile sea yo quien te lleve, tú estás muy asustado para hacerlo bien, solo aférrate a mí porque voy a acelerar.
    Y así fue, los pedales estaban quietos mientras las ruedas adquirían una velocidad de vértigo, adelante la luz seguía a la misma distancia, si yo hubiera mantenido el control ya lo hubiéramos perdido, esa luz roja representaba nuestra única esperanza. Me di cuenta que el túnel descendía y que tal vez a eso se debía la velocidad y no a que la bicicleta hubiera tomado el control, ya estaba dudando de que me hubiera hablado cuando me dijo.
    ―Ahora, ya no necesitamos al guardagujas empezaremos a subir hasta una estación y vas a tener que pedalear un poco, así haces algo de ejercicio y no te quedas dormido.
    ―¿Cómo se llama la Estación?
    ―Estación Dignidad, allí no te podré hablar para no llamar la atención de la policía que creo que aquí les dicen pacos. Pero lo que tienes que hacer es fácil, debes salir a lo superficie y abrir bien los ojos.
    ―Pero yo no conozco ese lugar.
    ―Está en el corazón de Chile, ya lo vas a reconocer. Una vez te subiste a la estatua de ese caballo que transporta a un general. Allí encontrarás a tu hermana que te está esperando. ¿Llevas las gafas puestas? Y no olvides hablarme de vez en cuando, lo encuentro tan tierno.
    Fue lo último que me dijo, el sendero terminó en una escalera que desembocó en otra y solo tuve que hacer el esfuerzo de subir, para llegar a la calle. Cerré los ojos un rato, para poder ver algo, a pesar de las gafas sentía un exceso de luz, la estatua del caballo estaba allí solemne e inmensa, con el sol como fuego a su espalda. En una escalinata de acceso estaba sentada mi hermana, mirando el reloj impaciente.
―Ya estaba bueno que llegaras― bufó la bruja regañándome en lugar de saludarme.
―Y tú ¿cómo sabías que venía?― le pregunté, adivinando que la respuesta tenía que ver con esa conexión especial que nos permitía jugar a la telepatía cuando éramos niños.
A modo de respuesta me mostró una carta del tarot: EL Loco
―Ahora si te volviste bruja profesional, hermana.
―Este eres tú― dijo en un tono que no admitía réplica. Yo me encogí de hombros.
La segunda carta que me mostró fue El Carro, que extrañamente tenía dibujada una bicicleta.
―Mis cartas están mutando, pero El Carro es un viaje, aunque sea en bicicleta.
―Esta otra es completamente nueva, apareció en el mazo apenas ayer. Se llama La Dignidad y mira el dibujo.
Era la estatua ecuestre con un fondo de fuego, tal como la vi al salir a la superficie cegado por el sol.
―Y ahora vamos a tomar el tren, que los demás están en La Esperanza, donde estoy reuniéndolos a todos.
Miro hacia el cielo, ningún jote vuela el círculos sobre mi cabeza. Me siento aliviado.
―Vamos, hermana, adonde tu digas.
Mateo Juan