La partida



El Mercedes negro del Nuncio Apostólico, con sus metales pulidos y brillantes,  iba con feroz escolta: un carabinero en moto abría la comitiva, otros dos en cada flanco y atrás una patrulla. Sin embargo, a bordo no viajaba monseñor. Al volante iba un señor correctamente vestido de chofer, a su lado el Secretario de la Embajada, un cura indio que había sido nuestro anfitrión durante el mes que estuvimos en la embajada, vestía un impecable terno negro y el cuello blanco cerrado que indicaba que era un sacerdote. Era la primera vez que lo veíamos vestido así. Para bajar un poco la tensión nos explicó: “este cuello redondo como los grillos de hierro de los esclavos, representa que soy un siervo del Señor, pero en este caso lo uso para hacerme respetar un poco más por estos señores de verde”. En el asiento trasero, forrado en cuero negro de verdad, íbamos los tres refugiados que abandonábamos la Nunciatura con nuestros respectivos salvoconductos, sintiéndonos pequeñitos y con el alma apretada en ese enorme auto y rodeados de tantos policías.
A pesar de la niebla de esa madrugada, podíamos ver las caras de los que  iban en la patrulla que nos seguía y a veces la de algún motorista que se rezagaba. Todos los rostros eran de piedra y no conocían la sonrisa. Con el tiempo supe que el 27 de abril era el Día del Carabinero y deben haber estado muy choreados por haber tenido que madrugar para escoltar a tres terroristas de mierda que volaban hacia la libertad, en lugar de llevarlos a algún obscuro lugar donde se encerraba y torturaba a los prisioneros en aquel año terrible de 1975.
A mí me preocupaban más otros señores sin uniforme que deberían estar esperándonos en la aduana y aunque sabía que las cosas no estaban como para que la dictadura quisiera comprarse un problema internacional, secuestrando a tres jóvenes (dos mujeres y un hombre) que se encontraban bajo la protección diplomática de El Vaticano, no pasaba por alto el hecho que el Nuncio no estaba presente y nunca fue a la embajada para no tener contacto con nosotros por lo que suponíamos que era derechista, algunos aseguraban que era Opus Dei, pero en realidad no teníamos idea.
Para distraerme, si es que eso era posible, mi mente que tiene mucha autonomía voló a la noche anterior que fue noche de despedida. Habíamos logrado organizar un pequeño carrete. Los que nos íbamos vaciamos nuestros bolsillos de los escudos que serían inservibles fuera de Chile y se hizo una cucha que permitió contrabandear unas botellas de pisco que tomamos agregándole chorritos al mate que nos servía para conversar cada noche y para variar tuvimos unos sánguches de queso de ese que regalaba Cáritas, que no era malo, pero después de un mes ya nos estaba patiando un poco.
La variación de esa noche fue que una bruja dijo que sabía ver la suerte con el naipe y por cierto los tres que partíamos teníamos que enterarnos de lo que nos depararía el destino. La cosa era fácil, a todos nos salía un largo viaje que se iniciaría muy pronto, para lo cual no se necesitaba una cartomántica ni tampoco un naipe. La bruja me dijo también que un familiar cercano tendría problemas con la justicia, cosa que aunque no era tan segura como el viaje, tenía una alta probabilidad de ser cierta. Le contesté que en todo caso sería con la Injusticia, porque en Chile la Justicia había desaparecido hacia tiempo, para oponerme así de alguna forma a su vaticinio, pero guardé en mi corazón el temor de que fuera mi padre quien sufriera la venganza de la DINA y sabía que eso significaría muy probablemente su muerte debido a la enfermedad coronaria que ya le había provocado un infarto un par de años antes.
Al final de la sesión cartomántica teníamos la posibilidad de hacer una pregunta que las cartas responderían como un oráculo con un sí o con un no, sin posibilidades intermedias.
Cómo temía por mi padre, lo lógico era preguntar si sería él quien tendría problemas con la Injusticia, pero no quería saber si pasaba eso así que hice la pregunta chueca: ¿Será mi hermano el de los problemas? Y las cartas dijeron: sí. Mi preocupación bajó un poco total mi hermano era más joven que yo y tenía buena salud y por último las cartas eran solo un juego para hacer pasar la noche sin dormir. En noches como ésa el amanecer se hace esperar un poco, pero al fin llega y con él los treinta y tantos abrazos y las hermosas palabras de despedida.
La velocidad que llevábamos era demasiado lenta, o al menos eso me parecía y me hacía temer que perdiéramos el avión, aunque eso no era lo más grave que podría pasar, pero los pacos se desplazaban con lentitud deliberada, ¿Querrían que perdiéramos nuestro vuelo a la libertad o simplemente la espesa niebla, que parecía aumentar en la medida que nos internábamos por Barrancas alejándonos de Santiago, no les permitía ir más rápido? Fue, sin duda, un largo viaje el que hicimos entre la Nunciatura que quedaba cerca de Plaza Italia y el aeropuerto de Pudahuel.
El primero en bajar del auto fue el Secretario de la Embajada quien abrió una puerta trasera y nos pidió que todos bajáramos por ese lado no quería que nos alejáramos ni un metro de él, y así nos condujo a una sala donde me abrazó mi familia en pleno: mi madre, mi padre, mis dos hermanas y mi hermano. Las mujeres lloraban y los hombres tragábamos saliva. Les pedí que dejaran las lágrimas para cuando hubiera partido el avión para que aprovecháramos mejor el tiempo. Por suerte me hicieron caso porque estaba a punto de contagiarme y dar un lamentable espectáculo delante de los agentes de la DINA que debían estar por ahí y que serían fáciles de reconocer porque estarían echando espuma por la boca porque se les escapaban tres codiciadas presas.
Me entregaron una pequeña maleta con mi ropa, un billete de $ 50 dólares (SIC) que era todo lo que habían podido reunir y como estaban conscientes de que era muy poco lo acompañaron con un reloj de oro de mi madre un anillo de mi hermana mayor las colleras y un recuerdo del bautismo masónico de mi padre.
Mi hermano me contó que había estado como 10 días en Villa Grimaldi, que no le había pasado nada y que memorizara algunos nombres de compañeros que se encontraban allí, así que anoté en mi mente varios nombres que ahora no recuerdo.
Le conté lo de la bruja, él se rió y estuvo de acuerdo conmigo, en que en realidad había tenido problemas con la Injusticia. Después se puso serio y me dijo: “con el destino no se juega”. Años después me contó una versión más realista de su paso por Villa Grimaldi. Yo pasé mucho tiempo sin volver a verme la suerte.
Cuando partió el avión deben haber rodado un par de lágrimas por mis mejillas, pero Mateo ya estaba ocupado en la escala que haríamos en Río de Janeiro donde nos podría acechar el próximo peligro.
Neandro

El suicidio y el destierro



Dedicado a Neandro Schilling
Recién pisaba la losa del aeropuerto de Arlanda en Estocolmo cuando me suicidé.
Fue casi lo primero que hice cuando caminaba muy desorientado siguiendo al rebaño que se bajaba del avión de SAS. Una sueca que medía como dos metros se abría paso con alguna dificultad caminando contra el tránsito directamente hacia mí como si me conociera y me saludó de manera curiosa: ¡Hola Yúan! Así mismo colocando el acento en la “u”. Me la debo haber quedado mirado de manera extraña porque vaciló e insistió: Tu eres Yúan ¿Verdad?, yo confirmé brevemente: “Sí, soy Juan”, aceptando el nombre que ella me proponía, pero pronunciándolo correctamente.  Eso fue suficiente para que ella se agachara, me abrazara, me besara y dijera: “Bienvenido al Reino de Suecia” y otras cosas de ese estilo protocolar en nombre de su gobierno.
Antes de encontrarme con mi maleta, la funcionaria ya me había entregado un fajo de billetes y un vale para comer esa noche y por supuesto sacó un recibo para que lo firmara. Tomé el lápiz y escribí “Juan Schilling”. Ese fue el momento del suicidio. No sé qué pasó por mi cabeza, pero no coloqué el garabato que empezaba con una ene de Neandro y que había sido hasta ese momento, mi firma.
En rigor este relato debería terminar aquí, pero …
 con ese pequeño acto de firmar el recibo, no solo se había suicidado el joven Neandro, sino que había puesto en escena a un nuevo personaje que aún existe y sigue firmando como lo hizo ese día 28 de abril de 1975 en el aeropuerto de Arlanda.
Luego pasamos por la policía internacional donde tuve que firmar no pocos papeles cosa que hice con mucha más propiedad que al firmar el recibo, momento en que aún la mano que empuñó el lápiz tenía dudas. El paso por la policía fue más rápido que lo que podía suponer alguien que no portaba cédula de identidad ni mucho menos pasaporte, sino solamente el carnet escolar de la Universidad Técnica del Estado, muy práctico para pagar tarifa reducida en Santiago, pero de dudosa utilidad en un largo viaje internacional.
La visa que portaba también era medio rasca, no tenía la firma del embajador porque Harald Edelstam había sido declarado persona non grata por la dictadura en diciembre del 73, la firma era del encargado de negocios, Carl Johan Groth. La habían conseguido mis padres con muchísima suerte y corriendo riesgos enormes.
En el interrogatorio que realizó la policía respondí usando mi nombre completo “Juan Neandro”. Era la última resistencia de Neandro, su agonía quizás.
Juan había nacido en ese momento y aunque todos lo trataran como a un exiliado, en realidad no se sentía como tal, no estaba atado al pasado, sino que venía a conocer un mundo nuevo, a aprender un nuevo idioma, a aprender a vivir solo. Aunque eso de vivir solo es una exageración, porque Juan y Neandro gozaban de la compañía de Mateo otro personaje muy importante en esta historia que ya parece de personalidades múltiples.
Mateo fue alguna vez un nombre político, una chapa, una medida de seguridad de cualquier militante revolucionario, por cierto hubo otras chapas que fueron solo eso y aunque a algunas las recuerdo con cariño, ninguna alcanzó la estatura de Mateo, mi superhéroe favorito, un tipo audaz, imparable, un hombre de acción en toda la extensión de la palabra. Mateo jamás estuvo exiliado, solo se encontraba en la retaguardia y volvería al frente cuando él lo decidiera. Él no estaba en ninguna lista de proscritos que no podían ingresar al país como Neandro e incluso el propio Juan. Su mayor debilidad es que no conocía el miedo, y el miedo es muy necesario para la supervivencia. También es un tanto fanfarrón: le gustaba decir que aún no se había fundido el metal para hacer la bala que le quitaría la vida. Por suerte no decía que era inmortal, aunque me sospecho que está fabricado con materiales no perecibles. En todo caso, lo más importante es que Mateo ha sido para mí una excelente compañía y me ha sacado de alguna situación difícil en no pocas ocasiones.
Si escribiera la saga familiar tendría que empezar con la historia de mi bisabuelo Johann Ernst, quien al llegar a Chile en 1869 se hizo llamar Juan, no sé si habrá sido al pisar tierra en el puerto de Talcahuano y pasar por la aduana o cuando se enamoró de mi bisabuela. Lo que sé con certeza es que cuando llegó desde Alemania tenía 24 años, los mismos que tenía Neandro al pisar tierra europea. Una pequeña simetría en el nacimiento de dos Juanes adultos.
Finalmente, llegué al pequeño hotel en el centro de Estocolmo donde tuve que registrarme. Ya no tuve dudas para firmar. Neandro había desaparecido completamente.
Neandro en el futuro sería solo un fantasma que recibía cartas desde Chile y las respondía con la vieja firma que empezaba con un garabato parecido a una ene.
Juan

23 horas en Kiel

Puerto de Kiel
El viaje fue un fracaso. No estuve ni cerca de cumplir con el objetivo que había imaginado fácil en el despreocupado optimismo de mis 24 años -casi un cuarto de siglo- decía, para que sonara como una edad más respetable. El viaje tenía un itinerario ajustadísimo que me llevaría de Gotemburgo a París y quizá de regreso a Gotemburgo, por la ruta más económica que podía existir.
El estudio de costos de este viaje lo había realizado Pedro mi nuevo jefe, un loco muy buena onda que era el encargado del Mir en Gotemburgo. Lo de loco no es una metáfora, en la tortura le habían dado muchos golpes en la cabeza y en realidad estaba vivo de milagro. Quienes conocíamos estos hechos nos dábamos cuenta de lo obsesivo que era y de algunas otras rarezas menores como tics, fallos en la memoria y mejor no sigo. Le expliqué que quería ir a París para hablar con Edgardo Enríquez, pero no sabía cómo, ni tenía las coronas para hacerlo.
–No te preocupes, yo te presto la plata y mañana te doy un plan de viaje para que te alcance, porque no es mucho lo que tengo.
Al día siguiente, Pedro llegó con las coronas, dos hojas con indicaciones y un presupuesto según el cual podría estar una semana en París, tiempo suficiente para hablar con Edgardo y volver o seguir hacia otro destino.
El objetivo de mi viaje era convencer al Jefe del Mir en el exterior de que me autorizara a recibir instrucción militar y regresar a Chile. A Pedro también le interesaba lo mismo, pero estaba consciente de que eso sería muy difícil. Escribió una carta argumentando que, contra todos los rumores que por ahí corrían, se sentía bien y estaba en condiciones de enfrentar un duro entrenamiento previo al regreso. Yo debía llevar la carta y además avalar con mi testimonio que él gozaba de buena salud. Lo de la carta no era problema, pero esperaba que no me preguntaran por su salud.
Hasta París todo resultó perfecto. Llegué sin retraso a la Gard du Nord donde me esperaba Ximena. Después de los abrazos, Ximena decidió pasar a un negocio, compró 2 paquetes de dulces, me los pasó y me dijo:
–Ponlos en tu mochila y cuando lleguemos a casa se los das de regalo a mis hijos.
Ese ítem no lo habíamos considerado. Lo que no me explico es como supo que no les llevaba nada.
Lo primero que me enteré es que Edgardo había abandonado París unos días antes, sin despedidas. Eran muy pocos quienes sabían esto y era mejor no andar averiguando nada, así que mejor me relajaba e iba a conocer el Barrio Latino, a pasear por calles cuyos nombres me eran vagamente familiares, porque en ellas solían encontrarse La Maga y Oliveira y yo jamás me había imaginado pisando las mismas veredas que esos seres fabulosamente comunes y corrientes, que de alguna forma nos representaban a todos nosotros, aunque hablaran en argentino.
No había nada que hacer, salvo hacerle caso a mi amiga y emprender el regreso que igual tenía un itinerario exacto donde combinaba el viaje en 2 trenes y luego el barco en que cruzaría de Kiel a Gotemburgo. Me hubiera gustado seguir a Portugal a ver la Revolución de los Claveles. Lo pensé toda una tarde, pero sin plata y sin conocer a nadie a quien pegarle en la pera no era ese un destino posible, además los claveles ya habían comenzado a marchitarse.
Todo anduvo bien desde la Gard du Nord en París hasta Kiel, salvo por un pequeño detalle que no había presupuestado aquel loco de Gotemburgo y del que me enteré apenas me bajé del tren y me fui a las oficinas de Stena Line. No sé como expliqué que quería un pasaje a Gotemburgo, pero más difícil debe haber sido entender que el barco había partido hacía una hora y no había otro hasta el día siguiente. En realidad no es que no pudiera entender, sino más bien no lo podía creer. No fue complicado sacar la cuenta de que me faltaban 23 horas para abordar el barco de mis sueños, que aunque fuera un modesto transbordador para mí era un crucero de lujo.
Las primeras horas fueron fáciles y quizás hasta entretenidas, las tiendas de un pequeño Centro Comercial estaban abiertas y eran confortables, calefaccionadas y llenas de cosas lindas que no podría comprar porque después de adquirir el pasaje quedaron en mis bolsillos unos 10 marcos que era casi nada para sobrevivir un día y medio contando lo que faltaba para subir al barco y luego llegar hasta Gotemburgo que en ese momento era volver a casa, aunque ahora me suene extraño.
Pronto mi nariz detectó un exquisito olor a pan caliente que me llevó como hipnotizado a una gran panadería, compré una cosa que parecía una tortilla y me la devoré con ansiedad, lo que me dejó satisfecho, pero medio atorado. Seguí paseando por las tiendas, tratando de  no llamar la atención para que no me fueran a echar a la calle unos gorilas de uniforme que me parecían policías, aunque bien podían haber sido vigilantes privados.
Con tanto caminar, la tortilla bajó demasiado pronto y el hambre empezó a molestar una vez más, pero debía ser cauteloso con los gastos, aún quedaban muchas horas hasta mi destino, aunque prefería pensar solo en las horas que faltaban para subirme al transbordador, porque tenía el presentimiento que en cuanto pusiera un pié en la nave de mis sueños todo se habría arreglado. No sé de donde habría sacado esa idea loca, pero como se trataba de una idea útil no la dejaba alejarse de mi mente que divagaba más de lo normal.
El almuerzo lo había pasado por alto con gran displicencia sin dejarme llevar a la depresión. Había encontrado un baño, lo que significó un alivio para las tripas y el descubrimiento de que el agua disimulaba bastante el creciente apetito que sentía y aprendí el verdadero significado de la palabra empiparse.
A la hora de tomar onces me compré otra tortilla y un café, pero en esta ocasión fui más precavido y solo comí un pequeño trozo de ese pan extraño al que le decía tortilla solo para sentirme en casa, el resto lo guarde en la misma bolsita en que me lo habían entregado.
Para mí la noche cayó cuando cerraron las tiendas y el Centro Comercial mismo. Sospecho que había empezado antes que me viera expulsado del único refugio tibio que había en esa ciudad que desde ese momento en adelante sería la más inhóspita que he conocido, sin contar por supuesto a mi “Santiago ensangrentada” entrañablemente inhóspita y querida. No me quedaba más que la calle fría y silenciosa. Hasta ese momento había estado escuchando todo el día, sin darme cuenta, esa música neutra, sin gusto a nada, típica de las tiendas y los supermercados. Ahora me esperaba el silencio, estaba cansado pero había que caminar hacia donde fuera, pero sin alejarme demasiado de los sitios que ubicaba que eran solo 2 además del ya cerrado Centro Comercial, estos eran la Estación de trenes donde había llegado esa mañana y el Puerto del que no había podido partir.
La noche era mi amiga, desde que me había reconciliado con ella al dejar atrás mi infancia en la que le temía sin motivo. Como adolescente fui su amigo y ya en la juventud había empezado a amarla, pero esa noche silenciosa, solitaria y fría no era para nada atractiva. Me sentía traicionado, esa porquería no podía ser la noche amiga, la noche querida y esperada cada día, durante todo el día.
No había un alma en esas calles escarchadas donde la nieve derretida se había convertido en enormes carámbanos, caprichosas esculturas de hielo afirmadas de cualquier manera, recostadas en los muros y los postes de la luz que por fortuna funcionaban. La noche era suficientemente obscura para que se agravara con luces apagadas.
Mis pasos me llevaron sin planearlo al punto de partida de esa aventura solitaria: la Estación de Ferrocarriles. Ésta estaba completamente solitaria, pero con sus puertas abiertas para pasar a los andenes, las salas de espera estaban cerradas. Pero ahí en una línea había un tren enorme completamente iluminado y de entre sus ruedas salían unas nubecitas de vapor que le daban vida y anunciaban alguna tibieza. En la punta del andén un letrero indicaba su destino: Moscau decía o algo así, después de todo ya han pasado 37 años desde esa noche y no me voy a acordar de cada detalle, pero era clarísimo que el destino era Moscú la capital del Imperio del Este.
Estación Central de Kiel
Me acerqué al tren pisando en la punta de mis helados pies, pues la estación tendía a amplificar los sonidos lo que multiplicaba las posibilidades de tener un encuentro cercano con un ser casi humano vestido de uniforme. Subí sigiloso y rápido y me senté por fin en un comodísimo asiento. El tren estaba calefaccionado, lo que me parecía un milagro. Mis ojos empezaron a dar unos parpadeos cada vez más largos y comprendí que estaba al borde del sueño que me arrastraba con la fuerza de una locomotora. No podía darme el lujo de dormirme y despertar en Moscú sin un rublo en los bolsillos y sin una palabra  ruso en mi boca.
De pronto me vi transportado a una clase de francés con Monsieur Aguilera. El Tercero A en pleno cantaba La Place Rouche était vide, devant moi marchait Nathalie, Il avait un joli nom mon guide Nathalie pero tristemente llegamos a lo de boire et chocolat y me quedé pegado en la idea del chocolate caliente, la comida puede convertirse fácilmente en una obsesión cuando escasea.
Después de esa ensoñación me di cuenta que la lucha por no dormirme sería dura y requería toda mi concentración, sobre todo si me atrevía a cerrar los ojos por algunos segundos. En eso estaba cuando apareció ante mí un abominable ser que profería insultos terribles en la lengua de mis antepasados y aunque de alemán no sabía nada los entendía clarito como si tuviera telepatía. Me paré antes que Hulk llegara hasta mí y salté de su porquería de tren. Acaso tenía ganas de ir a pasar hambre donde el camarada Brezhnev que además era un cagón que no había querido prestarle plata al compañero Allende para no enemistarse con el Imperio del Oeste. Otra cosa era Lenin, pero ya hacía mucho tiempo que estaba enterrado y su tumba convertida en atracción para los turistas y a pesar de eso, era lo único rojo que quedaba en esa Plaza Roja enorme y vacía, La Place Rouche était vide…
Salí con paso firme de esa Estación haciendo resonar por todo lo alto los gruesos zapatos que me protegían del frío, con la esperanza de interrumpirle el sueño a algún cabrón, ojalá al jefe del que me había sacado del tren, para que despertara de mal humor y lo insultara por cualquier motivo.
Después de todo, había capeado el frío por algunas horas y me sentía bastante recuperado. Caminé por la callejera exposición de esculturas de hielo acercándome al Puerto, tarareando los trozos más recordados de la canción de Gilbert Bécaud. La Place Rouche était blanche, la neige faisait un tapis, si por lo menos hubiera nieve Kiel se vería más suave y bonita, así es la nieve a diferencia del hielo que produce unas figuras retorcidas de una belleza terrible.
Il avait des cheveux blonds, mon guide Nathalie, Nathalie … bueno si me encontrara con una rubia por aquí la cosa no estaría tan mal y si fuera mi guía y me llevara a los lugares amables que debía haber en cualquier lugar del mundo todo mejoraría bastante y si se llamara Nathalie…
Llegué a un sector donde terminaban los edificios y había algunas casas rodantes aparcadas, al acercarme salieron a recibirme algunas damas de melenas rubias y de faldas demasiado cortas para enfrentar ese duro clima, se acercaron y me hablaron en distintos idiomas, pero sobre todo en el universal lenguaje del ofrecimiento sexual.  A esas alturas del cansancio y del frío que no me dejaban sentir ni hambre tenía más interés por la cama que por el sexo y las pocas monedas que tenía en mi bolsillo, solo hubieran servido para ofender a la más indigna de las putas.
–¿Celui qui de vous s'appelle Nathalie?– pregunté sin saber porque lo hacía.
–Je suis votre Nathalie, mon amour– respondió la rubia de la melena más larga
–C'est un joli nom, mon amour– le dije como si eso lo explicara todo y continué mi camino, callando que no tenía plata ni para hacer cantar un ciego.
Esas frases, en el francés del Liceo apenas refrescado por una semana en París, eran lo único que había dicho a otro ser humano desde hacía muchas horas, por suerte se me había ocurrido cantar, de lo contrario a esas alturas ya habría perdido la capacidad de articular palabras.
Seguí caminando en dirección al puerto y milagrosamente lo encontré abierto, la sala de espera era fría y no se parecía en nada al tibio tren que me había cobijado, pero servía para aguantar hasta que llegara el transbordador. Entretanto encontré en mi bolsillo un pedazo de pan que sabiamente había guardado y empecé a comerlo despacito. Mala idea. Cuando subí a bordo llevaba un hambre de león y solo 2 marcos en el bolsillo. Eso alcanzaba para un café que aunque le pusiera mucha azúcar dejaría el hambre intacta y mis tripas definitivamente no querían eso. Me acerqué a la maquinita de casino que había en el restorán del transbordador, metí un marco en la ranura, bajé la palanca y … tup-tup una pera, … tup-tup un trozo de sandía, … tup-tup una naranja, … tup-tup un plátano, ... tup-tup un racimo de uva y nada, el tutti frutti no sirvió para nada, ni siquiera para salvar mi moneda, lo que consideré injusto porque era difícil no tener ni una fruta repetida, pero no iba a discutir con una máquina. Ahora ya no había marcha atrás un marco no alcanzaba para nada, así es que no dudé. Saqué el último marco cerré los ojos y bajé la palanca … tup-tup, … tup-tup, … tup-tup, … tup-tup, … tup-tup … … y seguía con los ojos cerrados, después del silencio … empecé a escuchar una música maravillosa: plink, plink, plank, plunk, plink y más plink y más plink… abrí los ojos y vi un montón de relucientes monedas, suficiente para comprar un plato caliente, un kuchen y un chocolate con leche. Era hora del desayuno, siempre he escuchado que es la comida más importante del día y ese día lo fue.
Epílogo soñado
Dormí como un bebé mecido por las olas del Báltico viajando hacia Gotemburgo durante 13 horas. Cuando duermo de día no tengo pesadillas, solo buenos sueños. Después de lo pasado tuve uno de los mejores de mi vida. Soñé que casi desbancaba un casino flotante, compraba un avión extraliviano y volaba a Chile para llevarle plata a los compañeros.
Aunque no hay nada que lo confirme, debe haber sido la noche en que mi hermana Esmeralda tuvo una pesadilla en la que yo llegaba a su casa de Chillán, en un pequeño avión y ella tenía tremendo lío para esconder la navecita en su garaje, después de desmontarle las alas que fue lo que más trabajo nos dio.  Su angustia era, no sólo porque me pudiera haber visto algún sapo, sino porque tenía que explicarle a sus hijos que no podían contar a nadie que su tío había regresado.
Juan

Amanecer en Alvesta


Campamento de refugiados latinoamericanos en Alvesta, Suecia - foto Miguel Sapiaín

a Mónica "la Gringa" (la rubia de la foto) que se fue sin despedirse... 
 y a Miguel Sapiaín quien le siguió los pasos.
Yo soy de esos que cuando despiertan abren un ojo y largos minutos después abren el otro, el despertar es un proceso arduo. Pero en esa ocasión ambos ojos se abrieron al unísono, aunque eso del unísono es pura ficción, porque no hubo ningún ruido ni menos una campanilla de despertador que desencadenara el insólito fenómeno de estar  completa y repentinamente despierto. En verdad no contaba entre mis pertenencias -que cabían exactamente en una maleta no muy grande- con un reloj, aunque mi madre me había entregado en la despedida su reloj de oro, para mí ese objeto no contaba como instrumento para medir el tiempo, sino solo como prueba de su inmenso amor, para ella tampoco era un reloj el que me entregó, sino un objeto que podría vender para comer y sobrevivir en ese mundo extraño al que debería enfrentarme solo.
A pesar de que la pieza estaba bastante obscura, se filtraba una delgada línea de luz por el borde de la cortina, Estiré la mano y pude darme cuenta de lo gruesa que era y que si la hubiese dejado bien cerrada no se hubiera colado ni el menor rayo de sol. Corrí un poco la extraña tela y un chorro de luz que no esperaba me encegueció, con algún esfuerzo pude ver que había un maravilloso día de primavera, el lugar era hermoso, rodeado de árboles y prados bien cuidados. Los colores eran tan brillantes que parecían recién inventados y resultaba todo un descubrimiento que el cielo fuera azul y el césped verde, Estaba extasiado con esas simples maravillas cuando observé que el sol estaba bastante alto por lo que debían ser más de las nueve de la mañana y yo era bueno calculando la hora al ojímetro como cualquiera que no tiene reloj.
Recordé de pronto que la noche anterior me habían advertido que el desayuno se servía entre las ocho y las nueve por lo que seguramente ya había perdido mi chance de tomarme un café con algún sanguchito que las tripas añoraban, ya que habíamos llegado demasiado tarde para cenar y solo habíamos tomado café con galletas antes de dormir.
Me duché de prisa, para probar suerte con el desayuno y salí corriendo del barracón donde estaba mi pieza hacia el casino que estaba casi al lado. Mi decepción fue grande al ver que éste estaba completamente cerrado, al igual que la pequeña oficina en la cual había firmado unos papeles la noche anterior. En el corto trayecto no me había cruzado con nadie y por ahí tampoco se divisaba ni un alma a quien preguntarle por si se podía tomar un café en otra parte, para eso tenía cincuenta dólares en mi bolsillo y un montón coronas que me había entregado una funcionaria en el aeropuerto..
Pensé que por tratarse del Primero de Mayo las cosas estarían un poco fuera de lo normal, aunque no tenía idea que era lo normal en un campamento para refugiados latinoamericanos en el pequeño pueblo sueco de Alvesta. Decidí entonces dar un paseo más largo, seguro de que por ahí encontraría a alguien, así llegué hasta una ladera donde comenzaba un bosque y desde donde se veía todo: a una lado había diez barracas grandes iguales, yo había alojado en una de ellas, pero ahora no sabía exactamente en cual. Al centro estaba el casino y la oficina y al otro lado unas casitas pequeñas, mucho más bonitas que las barracas.
Recorrí varias veces todo el perímetro del campamento, pues no me animaba a caminar más allá, ya me empezaba a angustiar la situación como para hacer que empeorara internándome en un bosque desconocido en un país desconocido. Pronto me di cuenta que la cosa estaba mal, que nada concordaba, que aunque los latinoamericanos seamos unos flojos no podía ser que con el sol tan alto no apareciera nadie, debía ser que yo mismo estaba profundamente dormido y soñaba mi primera pesadilla del exilio, solo había que esperar un poco para despertar y que toda la angustia se desvaneciera, ya conocía el proceso: la angustia aumentaba hasta llegar a un punto insoportable que me hacía despertar, por cierto la angustia iba en aumento, pero también veía cosas interesantes como unos feísimos pájaros negros que graznaban de forma espantosa, aunque no me producían suficiente miedo como para despertar de una vez por todas, pero eran inquietantes… casi una mala señal. Cansado de dar vueltas me senté en la escalera del casino a esperar el momento en que abriera realmente los ojos, despertara y las cosas siguieran una secuencia de normalidad, no como ahora en que todo lo que me rodeaba tenía apariencia inofensiva, pero la ausencia de personas, la desaparición de toda la gente me oprimía el corazón, pensé que podía apresurar el proceso regresando a mi habitación y acostándome de nuevo y casi lo hago, pero me di cuenta que me había duchado y eso significaba que debía estar despierto. Otra estrategia que se me ocurrió fue ponerme a gritar, porque si estaba soñando no me saldría la voz y con el esfuerzo me despertaría, pero estaba la posibilidad que mi grito se escuchara fuerte y claro y terminara en un manicomio.
Decidí entonces que no me podía despertar, simplemente porque no estaba dormido, pero estaba solo, terriblemente solo, lejos de mi madre y de mi padre, lejos de mis compañeros, lejos de Chile, lejos de cualquier ser humano y cuando estaba con mi cara tapada y a punto de hacer pucheritos, escuché a mi lado una voz con acento extraño.
- Hejsan, madrugador, tú debes ser el que llegó anoche.
Yo reprimí mis deseos de abrazarlo y le pregunté simplemente la hora.
- Son las siete y media, vengo a preparar las cosas para el desayuno.
Lo miré incrédulo y apunté con mi índice al sol que arrojaba sus rayos casi verticalmente sobre nuestras cabezas.
- Ahh, es que ahora ya es primavera- me sonrió y agregó -el sol sale como a las dos de la mañana.
Tardé un rato en entender que esa era mi primera pesadilla en el destierro y la primera vez que tenía una pesadilla perfectamente despierto.
Juan Schilling

Así conocí a Raúl Ruiz


Motonave Limarí
Me lo presentó mi padre poco después de habernos dado un abrazo eterno a bordo de la motonave Limarí en el puerto de Roterdam, lo hizo con ceremoniosa sencillez.
– Te presento al Capitán Don Raúl Ruiz.
No me impresionó mucho porque el título de Capitán estaba respaldado apenas por una gorra rasca que podría comprarla cualquiera en una acera, faltaba la barba gris o al menos una pipa apagada; se trataba solo de un Capitán de la marina mercante desprovisto de todos los símbolos románticos. No presté mucha atención a las siguientes presentaciones que incluyeron a la esposa del Capitán y al Primer Piloto, porque me sentía flotando. Reencontrarme con mi papá y mi mamá después de más de dos años de separación era algo increíble y me sentía completamente niño. No lloré solo porque eso de las lágrimas no va conmigo.
Esa noche alojé en un camarote del Limarí, un barco carguero de la Sudamericana de Vapores que tenía capacidad para transportar también algunos pasajeros, ningún lujo, no se trataba de un crucero. El camarote más parecía una celda, sin embargo el ojo de buey que tenía por ventana le daba todo el estilo necesario y me hacía sentir el espíritu de la aventura.
Al día siguiente salí con mi mamá a recorrer Rotterdam, mi padre se quedó en el barco. El estaba trabajando, era el médico de abordo y tenía que permanecer ahí, aunque no tuviera mucho que hacer. En un par de años uno olvida algunas cosas, yo había olvidado por completo que ella sufría de vértigo, le tenía pánico a las alturas y la llevé no sé cómo hasta el Euromast, una torre gigantesca con un restaurante arriba. Ella no había olvidado su vértigo, pero estaba tan emocionada con el reencuentro que nada le importó y me siguió hasta las alturas.
Al fondo el Euromast
En el ascensor, hablábamos mucho y el viejo que lo manejaba se dio cuenta que éramos chilenos.
– Pinochet, Hitler – nos dijo y lo repitió y después nos señaló a la ciudad y convirtió sus manos en aviones y boom, boom, boom la historia del bombardeo la explicaba con gestos y sonidos con tanta pasión que parecía haberla vivido, mi madre seguía con interés el relato del viejo y eso la ayudó a olvidar su fobia a las alturas.
Regresamos al barco, y cenamos con el Capitán Ruiz y su señora, él nos explicó que esa noche zarparíamos hacia Amberes en Bélgica y me invitó a viajar en su barco, disculpándose porque las comodidades no eran muchas, pero la travesía era de apenas unas horas.
La cena se alargó en los whiskys y cuando ya habíamos zarpado, me tocó hacer un trámite burocrático aparentemente muy simple, tenía que entregarle mi pasaporte al segundo piloto, un viejo guatón que mi padre ya me había advertido que era un oficial de inteligencia probablemente del SIM.
– Todos los barcos llevan uno de estos carajos por las manifestaciones y el boicot que hacen ustedes en todo el mundo – me explicó, dándome las razones de lo que pasaba, como lo hacía siempre.
Con esa advertencia tenía cierta intranquilidad cuando le alargué mi pasaporte de tapas forradas en tela celeste que no se podía confundir ni de lejos con el pasaporte rojo de tapas plásticas de los chilenos. Lo miró y abrió los ojos con furia.
– Esto no es un pasaporte chileno – ladró el segundo piloto.
–Por supuesto que no – le dije –, pero es un pasaporte válido en toda Europa, acabo de salir de Suecia y pasar por Dinamarca, Alemania y Holanda con ese documento de la Convención de Ginebra.
– Pero usted no puede entrar a Chile con este documento y este barco navega con bandera chilena, así que puedo detenerlo.
– Hágalo si quiere, pero no se olvide que soy un invitado del Capitán.
– Voy a poner en conocimiento del Capitán esta situación – y salió casi corriendo de mi camarote con mi pasaporte en su mano muy estirada, como para que no lo fuese a contaminar con algún poder maligno.
Lo que sucedió después, lo conozco por lo que me contó mi padre. El oficial de inteligencia llegó apuradísimo al salón donde se encontraba el Capitán y mi padre, llevaba el pasaporte del conflicto enarbolado en alto y puso al tanto al capitán de que yo no tenía pasaporte chileno, sino que tenía esto y le entregó el cuerpo del delito. El Capitán lo examinó lentamente y con cara de asombro.
– No lo puedo creer, esto es extraordinario, – y dirigiéndose a mi padre – fíjese doctor que el pasaporte de su hijo es igualito al que tiene Raúl, mi hijo que vive en París.
Se rieron hasta cansarse y se tomaron otro whiskycito antes de marcharse a sus camarotes.
Mis sueños suelo olvidarlos antes de despertar, sin embargo aún recuerdo que esa noche soñé que estaba prisionero en mi camarote y el Limarí era recibido con inmensas manifestaciones el cada puerto de Europa. Me alegré de haberlo soñado y me alegré de que solo fuera un sueño.
Al día siguiente, desembarqué en Amberes con mi madre y como ya sabía el asunto del pasaporte, al despedirme del Capitán le pregunté por su hijo, pensando que como conocía a algunos exiliados en París, tal vez podía ubicarlo.
– Raúl hace películas, – y con orgullo de padre, agregó – parece que es bueno en eso, se gana premios y después los guarda en el closet donde nadie más los ve.
– Seguramente, algún día veré una de sus películas y me acordaré de usted – dije solo por cortesía porque Raúl Ruiz no me sonaba para nada.
Juan Schilling

El país de los grandes transparentes



–Hace tiempo que no veo un billete de quinientos– comentó mi compañera, por un motivo que no recuerdo o quizá sin ningún motivo.
Yo estaba ordenando cachureos y a los pocos minutos apareció en una libretita vieja un billete de quinientos, bien doblado. Se lo mostré y nos alegramos. Era un pequeño paseo por “el país de los grandes transparentes”, digo tomando prestada la imagen sugerente de Cortázar para referirse a esas coincidencias mínimas y significativas que te sorprenden aunque las hayas vivido un millón de veces.
Esta vez no era algo tan extraño porque durante largo tiempo ese fue el billete más pequeño y yo solía conservar alguno como “piñero”, es decir como objeto mágico destinado a atraer otros billetes. Aclaro que esto no tiene ninguna relación con el actual presidente sino es una vieja superstición que me había enseñado mi padre.
Naturalmente, el hallazgo merecía un mejor lugar para ser guardado por eso lo desdoblé con cuidado y vi con incredulidad que éste no era de quinientos pesos como había creído, sino de quinientos escudos de 1971 “año de la nacionalización del cobre, salitre y hierro” como destaca el propio billete que tiene por un lado el rostro de un minero y por el otro la clásica imagen de Chuquicamata con una cita de Balmaceda “no deberíais consentir que esa vasta y rica región sea convertida en una simple factoría extranjera”.
El viaje por el país de los grandes transparentes aún no había terminado: esto sucedió cuando se conmemoran los 40 años de la gran nacionalización.

Pesadilla IV

Trastorno del sueño
Después de cuatro pesadillas al hilo, fui al psiquiatra. Me dijo que yo era muy sensible, que lo mejor sería que no viera las noticias y me tomara unas píldoras para dormir.

Si dormir sin pastillas me asusta, tomarme una de esas píldoras me producía terror, por lo que me ahorré el viaje a la farmacia y como no puedo conciliar el sueño sin ver el último noticiero, esa noche vi las noticias como siempre, sin embargo me sentía mucho mejor, debe ser porque había hecho lo correcto y nada más que lo correcto, había ido a ver al hechicero y no había seguido sus indicaciones. Era un día perfecto de esos en que uno se siente satisfecho de ser uno.

La última noticia que vi fue la un rajúo que se ganó un viaje a la estratósfera de tres horas y después se ganó un vuelo orbital de yapa. En la nota aparecía el protagonista que era un vecino que veía pasar casi siempre por mi calle y a veces hasta nos saludábamos.

Cerré los ojos con suavidad –en eso le hice caso al doctor– y me debo haber quedado dormido pronto porque empecé a flotar que daba un gusto. La gravedad cero es solo una ilusión, yo lo sabía, pero no por eso no va a ser exquisito flotar como los globitos de jabón que aunque están sujetos a la ley de gravedad se las arreglan para andar por el aire de aquí para allá de lo mejor hasta que puf, ya saben.

Algún detalle de los que nunca faltan si uno es observador me hizo advertir que estaba soñando, pero era un sueño placentero increíblemente delicioso, quizás nunca había soñado algo así. Debía tratar de olvidar que se trataba de un sueño, o de lo contrario entraría a perturbar la generación automática del mismo y podría empezar a inventarme un sueño o al menos el final del mismo que era casi como jugar al solitario y hacerse trampas. Divagando de esta forma estaba logrando olvidar que soñaba y volví al disfrute pleno de una experiencia nueva que me refrescaba el alma y me hacía olvidar no solo que estaba soñando, sino también olvidaba todos los malos sueños de mi vida.

Nunca había estado tan desconectado, la nave ni siquiera hacía ruido, solo mi respiración acompasada y el reloj de mi corazón eran vagamente audibles, por eso me sorprendí tanto cuando apareció un comercial de una conocida marca de detergentes interrumpiendo todo, devolviéndome al más perfecto estado de vigilia y confirmando el diagnóstico del psiquiatra: trastorno del sueño, solo eso.
Juan Schilling

Pesadilla III


Disciplina a Sangre y Fuego 
Anoche volví a soñar una siniestra pesadilla y para colmo repetida o recurrente como dicen los siquiatras. Mis pesadillas son verdaderas regresiones a cierta época de nuestra común experiencia escolar. La regresión máxima que me permito es sólo hasta cuarta preparatoria, es decir hasta marzo del 58. Si por casualidad la regresión se pasara de largo y llego a uno de los primeros tres años de colegio, sin duda, no podría incluirla en esta colección de pesadillas, sino que se trataría de un sueño dulce, dulce como las tres señoritas, posiblemente hermanas entre si, aunque no lo recuerdo con certeza, que fueron mis profes desde primera a tercera preparatoria. Un solo dato para que les quede claro como era el colegio San Gabriel y lo agilados que éramos nosotros: no les teníamos ni sobrenombre a las señoritas. Entonces no se les decía tías.
Piensen entonces como me sentí al conocer al Choro Paredes en mi primer año de liceano, piensen como me sentí anoche al verlo nuevamente revisar mis orejas y entrar en contradicción con las condiciones higiénicas en que se encontraban. Contradicción que se resolvió ampliamente a su favor con un violento movimiento ascendente de su mano que tenía fuertemente asido mi apéndice auditivo-nada pequeño, por cierto- lo que conllevó que me parara de mi banco y solo me volviera a sentar cuando la mano que asía mi oreja volvió a bajar y yo lancé un grito que en 1958 nunca se escuchó porque aguante como había que hacerlo porque sino ustedes saben. Pero que anoche sí, mi garganta se desquitó, se rompieron los diques del silencio y mi grito desbordó la noche con las previsibles consecuencias del súbito despertar, mío y de mi esposa que creía que pasaba algo con mi corazón y yo tuve que decirle que no se preocupara que había sido culpa del Choro Paredes que mañana te explico mi amor, que mejor durmamos, antes de que nos desvelemos y, ya sabes, nos tenemos que levantar a las seis y media.
Cerré los ojos con rabia en busca de un buen sueño, pensaba “quien le habrá puesto ese apodo tan certero, seguramente no fue ninguno de nosotros porque solíamos usar la palabra choro en su acepción más infantil y positiva casi equivalente al actual bacán, al menos en mi caso sólo años después cuando conocí a algunos choros de verdad (no me refiero a esos) vine a saber que era el término con que los delincuentes en su jerga señalaban a sus colegas más violentos y más malos y el Choro en verdad era malo.” A veces, pensar cosas lateras como éstas inducen al sueño, pero –esta vez- eso fue un gran error: Me dormí como tronco y todo recomenzó una vez más, por fortuna ahora no le había dado con mis orejas, sino que con el Cabeza de Pala que no había hecho bien la tarea y se había ganado un coscacho con anillo, castigo que hasta ese día ninguno había experimentado, ni en cabeza propia, ni en cabeza ajena. Resultado: quedó sangrando la voluminosa cabecita que le había hecho acreedor a ese apodo que a veces lo acortábamos y le decíamos simplemente el Cabeza. Aún no sospechábamos que al año siguiente conoceríamos a quien llegaría a ser el Cabezón definitivo.
¡Riiiiiinnnnnnnggggggg! Salimos a recreo y el Cabeza de Pala pudo echarse un poco de agua para limpiar la sangre antes que se le secara en el pelo, y nosotros nos dedicamos a comentar el incidente y a compararlo con otros anteriores, teníamos dudas si había sido peor o no que cuando le pisaba un pie a su víctima y después le propinaba un tremendo combo en el pecho. Las opiniones, como siempre, estaban divididas.
¡Riiiiiinnnnnnnggggggg! Que desgracia, se acabó el recreo y nosotros formados como milicos listos para entrar a clases. Ahí viene la María Pezoa ¿o es su hermana Teresa? Son harto parecidas estas viejas. Yo soy el primero de la fila -siempre lo fui- y esta vieja loca me toma de los hombros y me empuja con toda su fuerza, provocando una reacción en cadena que manda a la cresta la fila y se arma un desorden que ni nosotros lo podíamos creer. Por suerte no todos los profes del Liceo son como este desgraciado que nos tocó. Seguramente me río en mi cama, pero no hay testigos. Mi esposa duerme apurada y yo también. La risa no es suficiente para despertar a nadie.
Ya habíamos recompuesto el desastre bajo las órdenes del Agurto que era el Jefe con amplios poderes delegados directamente por el Choro, cuando apareció éste sonriendo animadamente, parece que le había sentado bien el recreo. Entramos a la sala ordenados, pero sin llegar al extremo de marchar, no convenía exagerar las cosas porque podría pensar que nos burlábamos de él y eso sería peligroso. Una de las cosas que estábamos aprendiendo a temprana edad, gracias a él era a ser prudentes y cautelosos.
–Hoy, vamos a hacer un experimento– dijo el profe poniéndole un poco de misterio a la cosa, lo que no era necesario. Nuestra curiosidad era mayor que nuestros miedos y ya estábamos ganados para ser cómplices de lo que fuera.
–Ustedes, saben contar, ¿no es cierto?
–Sí, señor– respondió el coro.
Sacó una lupa tomó un cuaderno y la puso a la distancia adecuada.
–Empiecen a contar– ordenó.
–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...
Poco a poco empezó a ascender un humito. Abrió la hoja y todos pudimos ver un agujero que la traspasaba, pero no llegó a dar llama lo que parece que le quitó dramatismo al asunto y arremetió con otro intento, colocó un fósforo sobre el cuaderno y apuntó la diminuta imagen del sol -como nos explicaba- directo sobre la cabeza del fósforo.
–Empiecen a contar otra vez– ordenó.
–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... trece, catorce, quince...
Una minúscula explosión interrumpió el contéo y una llamita vivió un segundo y se apagó. Parece que el éxito no fue suficiente.
–Mejor vamos a hacer otro experimento, pero necesito un voluntario. ¿Hay aquí algún valiente?– no había ningún valiente, sino treinta y nueve niños cautelosos y prudentes. Nadie se ofreció.
–Agurto, usted es el Jefe y le va tocar ayudarme en este experimento, si lo hace bien podrá seguir siendo el Jefe.
–Sí, señor– contestó el Agurto, en forma automática.
En la sala reinaba un silencio de sepulcro.
–Ponga aquí la mano derecha y no la quite por ningún motivo.
–Sí, señor– volvió a responder, ahora con una nota de angustia en su garganta.
Repitió el experimento, todos mirábamos la mano del Agurto. Yo miraba también su cara.
Enfocó el diminuto sol sobre el dorso de la mano del Tuerto Agurto.
–Cuenten, pues– ordenó nuevamente.
–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...– decía el coro.
El Tuerto quien tenía un solo ojo visible -en su ojo derecho usaba un parche con un solo agujero que debía servir para corregir un notorio estrabismo- estaba sudando, sobre todo en la frente. Su boca sonreía con cierto nerviosismo. Su ojo izquierdo, enormemente abierto. Su mano derecha inmóvil. El conteo continuaba.
–Quince, dieciséis, diecisiete...
Lo que vi en ese momento, me hizo sospechar que soñaba, porque contra toda lógica en su mano derecha empezó a levantarse una ampolla blanca que crecía y crecía y más increíble aún, salía olor a asado. El sudor corría desde su frente inundando el resto de la cara, su boca tenía una risa petrificada que no engañaba a nadie. Su ojo izquierdo estaba acuoso y a punto de desbordarse, su mano derecha inmóvil. El conteo continuaba.
–Veintiocho, veintinueve, treinta...
El Choro retiró la lupa.
–Muy bien Agurto, continúa siendo el Jefe.
¡Rinnnnnnggggggggggggggggg!
No, no es recreo. Son las seis y media. Hoy es lunes. Hay que levantarse... ¿Podrán empeorar las cosas?
Neandro Schilling

Revolucionarios Profesionales

A Álvaro Vallejos Villagrán, Matías
Mi pantorrilla estaba hinchada en forma grotesca y me mandaba mensajes confusos: primero una punzada profunda, luego un latido, difícil era descifrar lo que quería decirme mi pata, mi querida pata izquierda, pero yo lo interpretaba como “cuidado, estoy a punto de reventar”. De vez en cuando me subía un poco la pierna del pantalón para verificar que aún resistía, que aún no empezaba a agrietarse. Y Matías seguía dándole y machacándo con los revolucionarios profesionales y que el Pelao Lenin esto y que el Che aquello y yo esperando que terminara con su charla de educación política para mostrarle mi pata, y preguntarle que podía tomar. Después de todo, alguna vez fue estudiante de medicina, aunque no sé de qué año y lo más probable es que a esas alturas ya hubiese abandonado su carrera como yo mismo había hecho con la mía, aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocer tal abandono.
Estaba a punto de dormirme, con el calor de la tarde santiaguina y la voz monótona y cansada que de tarde en tarde repetía revolucionarios profesionales, casi como una muletilla, cuando por fin hizo la pregunta mágica: “¿Alguien más quiere alargar la reunión?”. Una forma muy particular de ofrecer la palabra que ningún valiente se atrevía a aceptar. Su charla terminaba con la famosa preguntita. Esperé que salieran los muchachos para mostrarle mi pata.
-¿Qué te pasó güevón? -preguntó Matías al ver mi pierna con una hinchazón tremenda. La cosa lucía peor de lo que era, porque en la posta me la pintaron con yodo dándole un toque un tanto escandaloso al asunto.
-Los pacos maricones me dieron con una lacrimógena- contesté con un tonito que no era de lamento, sino más bien de disimulado orgullo.
-¿Y ya te vio un médico?
-La chica Pamela me llevó a la posta, pero no sé si sería médico el que me atendió ahí. Yo estaba medio mareado. Sólo sé que me echaron yodo y no me recetaron ni aspirina. Lo único que gané es que el diario La Tribuna publicara mi nombre en la lista de heridos.
-Porqué no te vas para que te vea tu papá y te cuiden un rato en casita, total tu viejo es médico de verdad -propuso Matías olvidándose de las tareas que el mismo me había asignado y que yo ni muerto hubiera dejado de cumplir.
-Claro y le digo: “Oye viejo si yo iba pasando por ahí cuando me cayó una lacrimógena, no sé de donde. Tienen tan mala puntería estos pacos”.
-Entonces tómate unas dolopironas –dijo Matías–. Te quitará el dolor y te ayudará con la inflamación. Tuviste suerte porque la bomba no te rompió nada.
-Sí fue puro susto, sobre todo al principio cuando no sentía la pierna, ni siquiera como si estuviera dormida. Era como si me la hubieran desconectado.
-Tómate unas dolopironas y descansa un par de días -insistió con aire de doctor y de jefe bonachón. Así me convertí en uno de los pocos pacientes que pudo tener Matías, quizás el único a quien le recetó algo.
Nos fuimos juntos desde el local del efe-te-erre donde había soportado su charla, bajando hacia la Alameda. Íbamos silenciosos, yo por costumbre, él porque había estado chachareando varias horas. Ambos cojeábamos. Yo por lo de la bomba, él porque algo tenía en un pié, algo de lo que no le gustaba hablar. Aunque habitualmente casi no se le notaba, ese día cojeaba como Dustin Hoffman en Perdidos en la Noche.
-¿Y tu porqué cojeái? ¿De puro solidario? –Le pregunté tocándole directamente su rollo.
Matías contestó muy serio -No. Lo mío es una malformación congénita y te aseguro que no te gustaría verla. Hay días que duele y otros ando bien Cuando puedo disimulo, pero ahora estoy agotado-. Era la primera vez que me hablaba de ese tema. Yo ya lo sabía por una infidencia de la Negra. Ella era su compañera y lo conocía más que nosotros.
Las calles estaban vacías y tenían algo de escenario. Una ventana jugó a ser espejo y nos devolvió nuestra imagen: ninguno llegaba al metro sesenta con zapatos, caminábamos despacio yo rengueando de mi pierna izquierda, él, ya lo dije, como Dustin Hoffman, pero más feo, claro. Más feo que el actor y más feo que yo, de todas maneras. Los dos cansados. Era como si nos viéramos en una película y aún hoy mi recuerdo parece arrancado del cine.
Matías estalló en una carcajada repentina, contagiosa que me obligó a hacer con él un dúo de idiotas riéndose sin parar. Nos apretábamos la guata. El más idiota era yo que no sabía de qué me reía. Cuando pudo controlarse un poco, me dijo: “Alguien podría sacarnos una foto ahora y le pondríamos abajo Revolucionarios Profesionales”. Al menos ya sabía de quienes nos reíamos, aunque ya no lo encontraba tan gracioso.
Seguimos caminando en busca de una farmacia, pero por el camino se nos cruzó un boliche, debe haber sido “El Brasil” que quedaba por esos lados, y pasamos a tomarnos unas cervezas bien frías.
-Esto también disminuye el dolor y como es diurético te ayudará con la inflamación –dijo Matías– corrigiendo su receta anterior. Con cada cerveza nos reíamos más de nosotros mismos: los revolucionarios profesionales. ¡Lástima! Nunca nos tomamos una foto.

Pesadilla II

Accidentes
Sueño que me duermo manejando. No, no me duermo de golpe y porrazo. Ni en mi cama logro dormirme tan rápido. El sueño me va jalando poco a poco, disimuladamente con el claro propósito de sorprenderme. Yo, me doy cuenta, lucho, pero el sueño gana por goleada.
Retomo mis esfuerzos, aunque ya no pretendo no dormirme, me conformo con avisarle a Mayarí que tome el volante, que haga algo, que se salve, que nos salve, pero ya es tarde el sueño se ha apoderado de mis cuerdas vocales o quizás de la región de mi corteza cerebral que gobierna la palabra. El silencio se ha apoderado de mí, las palabras sólo existen en mi pensamiento, ni un sonido sale de mi boca. Me siento derrotado, tengo ganas de dejarme deslizar hacia el sueño más profundo de mi vida, decirme bueno si hay que chocar chocamos, pero no, mi hija está conmigo, no puedo ser tan irresponsable, no quiero declararme derrotado, debo luchar por ella, pero pierdo por goleada. Quizás ella se salve tal como ocurrió cuando sólo tenía un poco más de un mes de vida y las chocaron, a ella y a su madre, la madre quedó grave y a ella nada, no le pasó nada. Yo no iba en ese vehículo, estaba lejos, estaba en Venezuela y no supe de esta desgracia hasta una semana después.
Qué más da. Es cosa del destino. Mi padre chocó –lo chocaron, precisaba él- en la burra de bigote marca Ford que mi abuelo nunca aprendió a manejar, y se quedó casi sin dientes y con una cicatriz profunda casi igual al pliegue que tengo en el mentón. Yo nací algunos años después del accidente y, aunque no puedo afirmar que algo así pueda heredarse, tampoco puedo negarlo. Después de todo la medialuna está ahí en medio del mentón como una duda de dos centímetros.
Está bién, ahora me toca a mí, me resigno, pero no con Mayarí ella ya pasó por esto y salió bien, no puedo abandonarme, ¿Qué puedo hacer? Seguimos rodando... siento una fuerte punzada en mis costillas, por el lado opuesto al corazón (menos mal). Fuerte y tranquilizadora. Es el codo de mi hija que se me clava con insistencia.
- Ya puh, viejo. No seai fome, convérsame un poco. Has dormido desde que nos subimos al bus.
Neandro Schilling

Zeta

No alcancé a llegar al primer punto aparte cuando vi interrumpida mi lectura por la brusca agitación del socio que dormía en el sofá. Solo falta que empiece a tirarse peos este gil pensé y me reí de solo imaginármelo. Recomencé el libro.
“La tenue luz reflejada en el acero mortal de la daga sostenida por la mano de un amigo, será un campanazo de alerta, el anuncio de un conflicto con otros (con los de siempre), un llamado a sumarnos a su lucha. Nunca una amenaza...”
Fue todo lo que alcancé a leer cuando me distrajo nuevamente un movimiento del tipo que dormía en el sofá. Se dio media vuelta como si estuviera en su cama, lo que me hizo adivinar que no tenía cama y que esa no era la primera vez que dormía allí. Tatiana, la secre que reinaba en esa sala de espera andaba en colación ya que era más bien hora de almorzar que de dormir. Este debe ser uno de los protegidos de mi amiga que siempre se consigue unos ejemplares únicos.
Debía esperarla a ella antes de iniciar cualquier trámite. Le hinqué nuevamente el diente a la lectura ya que no había almorzado todavía. El libro que tenía en mis manos era una novela negra que empezaba con un sangriento asesinato. La cosa era harto truculenta ya que víctima y victimario estaban unidos por una larga amistad, pero el homicida no reconocía a su amigo hasta después de haber enterrado el puñal.
Nuevos crujidos desde el sofá me obligaron a quitar la vista del libro. El gil seguía agitándose como si soñara, tenía la suerte de ser flaco y chico mientras el sofá era amplio, mullido y forrado en cuero negro, toda una elegancia digna de la sala de espera de un Director Nacional. Me alegró pensar que ese ostentoso mueble comprado con la plata destinada a nosotros, los que regresábamos del destierro, pudiera servir a alguien que parecía necesitarlo.
Ahora podía ver su rostro: un óvalo alargado de una palidez enfermiza con un bigote de adolescente y unos pelos guachos en su barba que no había sido debidamente rasurada en días, probablemente tampoco se había bañado según lo denunciaba su pelo castaño, opaco y grasiento. Traté de calcular su edad, lo que era difícil, pero me quedé con el medio siglo, quizás menos. De tanto observarlo algo me empezó a parecer familiar detrás de esa máscara ojerosa. De pronto empezaron a rebobinarse veintitantos años y fue emergiendo de mi memoria el rostro de un querido dirigente de un joven revolucionario lleno de energía e ilusiones. ¡Qué alegría volver a verlo! Yo lo creía muerto.
No era tan extraño encontrarlo en ese lugar. Estábamos en una oficina cuya clientela éramos los desterrados que volvíamos quienes empezábamos a ser llamados “retornados”, feo invento de algún burócrata. Yo era uno de esos, de Zeta no sabía nada desde un lejano día de 1970 cuando salió de la cárcel amnistiado por Allende. Él era de los pocos que habían caído asaltando bancos el año anterior.
Fue una tarde cálida de diciembre cuando lo recibimos en el campamento 26 de Julio. Hicimos una asamblea para que él contara su historia y nos deslumbró con su claridad y con la sencillez que suelen tener los héroes que no se han enterado aún de que lo son. Más tarde en una pequeña reunión partidaria le estrujamos los detalles de la vida en la cárcel tratando de prepararnos para algo que también nos podría suceder a nosotros.
Me emocioné de reconocerlo y quise despertarlo de inmediato. Se veía que no estaba durmiendo bien, se le notaba demasiada agitación. Quizás si lo despertaba lo rescataría de una terrible pesadilla. A veces, el pensamiento es suficientemente poderoso, ya que bastó tener el impulso de despertarlo para que Zeta abriera sus dos ojos y los clavara en mí. Estábamos solos en la sala de espera y no era extraño que me mirara, pero la intensidad de su mirada me resultó molesta. Quizás era su frialdad, porque aún no me había reconocido. Ensayé una sonrisa. La sonrisa era sincera, reflejaba toda mi alegría por encontrarlo allí completamente vivo, a pesar de todo lo que había ocurrido en esos años atroces que nos separaban de la tarde en el campamento cuando él había recuperado su libertad y éramos jóvenes y nos creíamos capaces de realizar hasta el más descabellado de nuestros sueños. Volví a verlo con el puño en alto arengando a los pobladores. Escuché nuevamente los gritos, las consignas y los aplausos. De pronto su voz resonó poderosa y con el mismo timbre que yo recordaba. Las voces cambian menos que los cuerpos y los rostros.
- Qué mirai sapo conchetumadre- dijo, estirando su mano en la que había aparecido una cortaplumas automática de doble filo, puntiaguda y de 18 centímetros de hoja. La abrió con tanta destreza y prontitud que no percibí ningún movimiento, sólo oí un chasquido seco y recordé a un amigo que en Caracas recibió una estocada con un picahielo y murió en cosa de minutos. La afilada punta había perforado su corazón. Mi sonrisa se quedó petrificada.
Tenía que dejar de mirar el acero y mirarlo a él, directamente a sus ojos, mantener la calma y tranquilizarlo. Por suerte, estaba bastante lúcido debido al torrente de adrenalina que circulaba por mi cuerpo. En ese momento mi vida dependía del poder de la palabra, tenía que hablar y hablé. Sentía que si hacía una pausa en mi discurso Zeta se lanzaría con toda su furia contra mí. Eché de menos la colt 45 que cargué algún día. Según el General Funston era el arma exacta para un caso como éste, porque su impacto lanzaba al agresor a varios metros de distancia, lo que no se conseguía con ningún otro calibre. Ahora, no sé para qué añoraba mi arma si de nada me hubiera servido. Nunca dispararía contra Zeta.
Le recordé que era Manuel, que nos conocimos en el campamento 26 de Julio, allá detrás del sector efe de la José María Caro. Que él estuvo en ese lugar el mismo día que salió de la cárcel, que hicimos una asamblea para escucharlo y después una reunión de partido para preguntarle detalles. Que él nos pidió un mate en lugar de té o café porque en la cárcel se había acostumbrado a matear y para él era tan indispensable como fumar. Que creía que lo habían matado los milicos, que me alegraba de verlo vivo.
Mi cuerpo y mis manos me ayudaron moviéndose sincronizadamente con su cuerpo y con sus manos, incluyendo su mano derecha que seguía sosteniendo el arma que ahora me parecía menor, casi inofensiva. El se mantenía silencioso, algo desconcertado, pero más tranquilo. Su respiración y la mía tomaban un ritmo también sincronizado, nos balanceábamos suavemente como si fuéramos en un mismo bote. El peligro parecía conjurado cuando apareció un factor externo fuera de libreto.
-Ring ring… ring ring… ring ring- ... el teléfono sonó en el peor momento. Echó abajo todo lo que había avanzado y me desconcentró al extremo de dejarme sin palabras. Sin poder calmarlo ni detenerlo. Sólo mis ángeles guardianes podrían salvarme una vez más. Me debían salvar del acero sostenido por la mano de un amigo. Al pensar esto me di cuenta que eso era, más o menos, lo que recién había leído. Otra vez estaba sucediendo algo extraño, me solía acontecer que si leía una palabra por primera vez en mi vida, al poco rato volvía a encontrarla en un contexto completamente diferente. O leer el nombre de la calle A. Lamas cuando iba por Paicaví hacia el cementerio y querer saber a que nombre correspondería esa “A” y minutos después descubrir que la tumba que visitaba estaba ubicada en el pasaje Andrés Lamas. Claro que esta vez lo extraordinario era mayor. Lo leído quería convertirse en realidad.
-Ring-ring... ring-ring... ring-ring…- el teléfono siguió sonando. Yo sabía que la llamada era para mí, para darme instrucciones, pero también sabía que si hacía ese movimiento se rompería el lazo que había logrado crear con Zeta. La navaja se hundiría en mi cuerpo.
Zeta saltó como impulsado por resortes con una agilidad imposible de suponer en ese cuerpo maltratado.
-Sapos de mierda- gritó con desesperación. Tomó los cables y los cortó de un solo tajo.
Hubo un silencio tan poderoso como las palabras que yo había perdido irremediablemente. Sólo me quedaba un recurso para seguir hablando. Miré el libro, me imaginé ante un micrófono y leí en voz alta.
-La tenue luz reflejada en el acero mortal de la cortaplumas automática sostenida por la mano de Zeta, será un campanazo de alerta, el anuncio de un conflicto con otros (con los que tú sabes), un llamado a sumarnos a su lucha. Nunca una amenaza...- Y seguí leyendo para Zeta, sin interrumpirme, como último recurso para lograr que se calmara.
No sé que pasó, cuanto tiempo pasó, pero cuando levanté la vista e interrumpí la lectura, Zeta había regresado a su sofá. Tatiana se había aproximado de forma que solo yo podía verla y me hacía imperiosas señas para que saliera. Obedecí, arriesgándolo todo. Confié en que Zeta no podía atacarme por la espalda. No era de esos. Nunca fue de esos. Di un paso fuera de la sala de espera y casi me atropellan dos gigantes vestidos de blanco que en segundos redujeron a Zeta y se lo llevaron.
-A la otra te mato, sapo conchetumadre-. Fue lo único que alcanzó a gritarme.
Tatiana me abrazó y se puso a llorar. Quise decir algo, pero se me habían secado las palabras. Escuché el ulular de una sirena que se alejaba.

Pesadilla I

La Prueba
Quiero creer que todos han experimentado en mente propia lo que es una pesadilla y, sobre todo, una pesadilla recurrente. Se parecen a esas películas malas, pero taquilleras en las que la primera requirió una inversión que después es aprovechada en las siguientes, creando de este modo una serie siniestra. Pecado cometido hasta por el propio Spielberg. De estas series, quizás la única que se salva, para mi gusto, es la que protagoniza Freddy Krueger.
Mi pesadilla favorita suele comenzar con la voz de mi madre quien grita –¡Levántate de una vez, flojo!, ¡Me vas a volver loca! No pienso ir de nuevo a escuchar los reclamos del Barraco, la próxima va a ir tu papá– la máxima amenaza gritada con una fuerza que no se podrían imaginar quienes la conocen y, con justicia, la consideran dulce.
Aquí se supone que despierto, lo cual es la peor trampa con que nuestros sueños se visten de realidad. Es claro, si en el sueño hemos pasado por el proceso de despertar ya es un hecho que lo que sigue no es sueño sino la más dura y tangible realidad.
Me doy cuenta que es el tercer grito. Llevo una contabilidad precisa, para no cometer errores. El tres es un número mágico que marca el límite de tolerancia de mi madre. Me levanto a la carrera paso fugazmente por el baño, me peino, entro a la pieza de los viejos, mi mamá está tomando aire para lanzarme otra andanada, me anticipo a la jugada, le doy un beso “chao” y ya estoy en la 2 Poniente 2 Sur cuando ella consigue desahogarse. Corro hasta la plaza, con la esperanza de que aparezca la micro salvadora. Al llegar a la 1 Sur 1 Poniente me convenzo que ese no es día para esperar milagros. Aplico Pitágoras y cruzo la Plaza de Armas en diagonal hasta la 1 Oriente 1 Norte. Corro hacia la Alameda. Aquí tengo otra chance de subirme a una micro que me ahorraría un par de minutos que igual valen, pero no, no viene nada. Sigo corriendo, mi estado físico es envidiable. No sé porque siempre me dejan fuera de los equipos de fútbol. ¡Por fin llego! Demasiado tarde. El Liceo está cerrado. Tras la puerta central se recorta la silueta del compadre Fisher dispuesto a cortarle el paso a cualquiera como un back centro ineludible, pero por fortuna, el último hombre está de espaldas y hasta me permito imaginarme un número 3 en su impecable chaqueta. Sin perder el impulso de 15 cuadras que llevo bien corridas, me lanzo por la punta izquierda, no porque siempre haya sido mi favorita, sino porque ahí hay un vidrio roto y mi tamaño me permite entrar por él con facilidad. Me detengo un poco para recobrar aliento y aparentar que aquí no ha pasado nada. La puerta izquierda tiene sus riesgos, no lo sabré yo. El camino que debo seguir pasa peligrosamente cerca de la Sala de Profesores. A esta hora es posible un encuentro cercano altamente desagradable. No quiero ni pensar en el chancho Ocharán, pero los dioses me protegen y me topo con Monsieur Aguilera quien aplica conmigo su riguroso ceremonial de saludo, se inclina muy atento y dice con calma: “Bon jour, Neandro, ¿Cómo estás?”. Así es él, el único profe que nos llama por nuestros nombres de pila hasta en sueños y, a pesar de sus años nunca se confunde. Le correspondo con mucha cortesía “Bon jour monsieur, le ayudo con la maquinita”. El me agradece y me pasa aquella grabadora portátil modelo prehistórico que pesa sus buenos kilos. Esto me da una magnífica cobertura. Después de una charla sin preguntas indiscretas, Monsieur llega a su sala y yo debo continuar sólo hasta la mía. El Pichula Navarrete no está en el pasillo. La puerta de nuestra sala está abierta, entro y me siento. La Judith, la profesora jefe, la que nunca se atrasa, para no darnos malos ejemplos, no ha llegado. No lo puedo creer, todo ha salido perfecto, me sonrío satisfecho, cansado y satisfecho. Mi sonrisa dura justo hasta que el Agurto me dice: “oye chico y estudiaste pa la prueba...”
Las pesadillas son recurrentes, aunque nunca iguales. A veces, las cosas empeoran. Después les cuento.
Neandro Schilling