11.8.06

Zeta

No alcancé a llegar al primer punto aparte cuando vi interrumpida mi lectura por la brusca agitación del socio que dormía en el sofá. Solo falta que empiece a tirarse peos este gil pensé y me reí de solo imaginármelo. Recomencé el libro.
“La tenue luz reflejada en el acero mortal de la daga sostenida por la mano de un amigo, será un campanazo de alerta, el anuncio de un conflicto con otros (con los de siempre), un llamado a sumarnos a su lucha. Nunca una amenaza...”
Fue todo lo que alcancé a leer cuando me distrajo nuevamente un movimiento del tipo que dormía en el sofá. Se dio media vuelta como si estuviera en su cama, lo que me hizo adivinar que no tenía cama y que esa no era la primera vez que dormía allí. Tatiana, la secre que reinaba en esa sala de espera andaba en colación ya que era más bien hora de almorzar que de dormir. Este debe ser uno de los protegidos de mi amiga que siempre se consigue unos ejemplares únicos.
Debía esperarla a ella antes de iniciar cualquier trámite. Le hinqué nuevamente el diente a la lectura ya que no había almorzado todavía. El libro que tenía en mis manos era una novela negra que empezaba con un sangriento asesinato. La cosa era harto truculenta ya que víctima y victimario estaban unidos por una larga amistad, pero el homicida no reconocía a su amigo hasta después de haber enterrado el puñal.
Nuevos crujidos desde el sofá me obligaron a quitar la vista del libro. El gil seguía agitándose como si soñara, tenía la suerte de ser flaco y chico mientras el sofá era amplio, mullido y forrado en cuero negro, toda una elegancia digna de la sala de espera de un Director Nacional. Me alegró pensar que ese ostentoso mueble comprado con la plata destinada a nosotros, los que regresábamos del destierro, pudiera servir a alguien que parecía necesitarlo.
Ahora podía ver su rostro: un óvalo alargado de una palidez enfermiza con un bigote de adolescente y unos pelos guachos en su barba que no había sido debidamente rasurada en días, probablemente tampoco se había bañado según lo denunciaba su pelo castaño, opaco y grasiento. Traté de calcular su edad, lo que era difícil, pero me quedé con el medio siglo, quizás menos. De tanto observarlo algo me empezó a parecer familiar detrás de esa máscara ojerosa. De pronto empezaron a rebobinarse veintitantos años y fue emergiendo de mi memoria el rostro de un querido dirigente de un joven revolucionario lleno de energía e ilusiones. ¡Qué alegría volver a verlo! Yo lo creía muerto.
No era tan extraño encontrarlo en ese lugar. Estábamos en una oficina cuya clientela éramos los desterrados que volvíamos quienes empezábamos a ser llamados “retornados”, feo invento de algún burócrata. Yo era uno de esos, de Zeta no sabía nada desde un lejano día de 1970 cuando salió de la cárcel amnistiado por Allende. Él era de los pocos que habían caído asaltando bancos el año anterior.
Fue una tarde cálida de diciembre cuando lo recibimos en el campamento 26 de Julio. Hicimos una asamblea para que él contara su historia y nos deslumbró con su claridad y con la sencillez que suelen tener los héroes que no se han enterado aún de que lo son. Más tarde en una pequeña reunión partidaria le estrujamos los detalles de la vida en la cárcel tratando de prepararnos para algo que también nos podría suceder a nosotros.
Me emocioné de reconocerlo y quise despertarlo de inmediato. Se veía que no estaba durmiendo bien, se le notaba demasiada agitación. Quizás si lo despertaba lo rescataría de una terrible pesadilla. A veces, el pensamiento es suficientemente poderoso, ya que bastó tener el impulso de despertarlo para que Zeta abriera sus dos ojos y los clavara en mí. Estábamos solos en la sala de espera y no era extraño que me mirara, pero la intensidad de su mirada me resultó molesta. Quizás era su frialdad, porque aún no me había reconocido. Ensayé una sonrisa. La sonrisa era sincera, reflejaba toda mi alegría por encontrarlo allí completamente vivo, a pesar de todo lo que había ocurrido en esos años atroces que nos separaban de la tarde en el campamento cuando él había recuperado su libertad y éramos jóvenes y nos creíamos capaces de realizar hasta el más descabellado de nuestros sueños. Volví a verlo con el puño en alto arengando a los pobladores. Escuché nuevamente los gritos, las consignas y los aplausos. De pronto su voz resonó poderosa y con el mismo timbre que yo recordaba. Las voces cambian menos que los cuerpos y los rostros.
- Qué mirai sapo conchetumadre- dijo, estirando su mano en la que había aparecido una cortaplumas automática de doble filo, puntiaguda y de 18 centímetros de hoja. La abrió con tanta destreza y prontitud que no percibí ningún movimiento, sólo oí un chasquido seco y recordé a un amigo que en Caracas recibió una estocada con un picahielo y murió en cosa de minutos. La afilada punta había perforado su corazón. Mi sonrisa se quedó petrificada.
Tenía que dejar de mirar el acero y mirarlo a él, directamente a sus ojos, mantener la calma y tranquilizarlo. Por suerte, estaba bastante lúcido debido al torrente de adrenalina que circulaba por mi cuerpo. En ese momento mi vida dependía del poder de la palabra, tenía que hablar y hablé. Sentía que si hacía una pausa en mi discurso Zeta se lanzaría con toda su furia contra mí. Eché de menos la colt 45 que cargué algún día. Según el General Funston era el arma exacta para un caso como éste, porque su impacto lanzaba al agresor a varios metros de distancia, lo que no se conseguía con ningún otro calibre. Ahora, no sé para qué añoraba mi arma si de nada me hubiera servido. Nunca dispararía contra Zeta.
Le recordé que era Manuel, que nos conocimos en el campamento 26 de Julio, allá detrás del sector efe de la José María Caro. Que él estuvo en ese lugar el mismo día que salió de la cárcel, que hicimos una asamblea para escucharlo y después una reunión de partido para preguntarle detalles. Que él nos pidió un mate en lugar de té o café porque en la cárcel se había acostumbrado a matear y para él era tan indispensable como fumar. Que creía que lo habían matado los milicos, que me alegraba de verlo vivo.
Mi cuerpo y mis manos me ayudaron moviéndose sincronizadamente con su cuerpo y con sus manos, incluyendo su mano derecha que seguía sosteniendo el arma que ahora me parecía menor, casi inofensiva. El se mantenía silencioso, algo desconcertado, pero más tranquilo. Su respiración y la mía tomaban un ritmo también sincronizado, nos balanceábamos suavemente como si fuéramos en un mismo bote. El peligro parecía conjurado cuando apareció un factor externo fuera de libreto.
-Ring ring… ring ring… ring ring- ... el teléfono sonó en el peor momento. Echó abajo todo lo que había avanzado y me desconcentró al extremo de dejarme sin palabras. Sin poder calmarlo ni detenerlo. Sólo mis ángeles guardianes podrían salvarme una vez más. Me debían salvar del acero sostenido por la mano de un amigo. Al pensar esto me di cuenta que eso era, más o menos, lo que recién había leído. Otra vez estaba sucediendo algo extraño, me solía acontecer que si leía una palabra por primera vez en mi vida, al poco rato volvía a encontrarla en un contexto completamente diferente. O leer el nombre de la calle A. Lamas cuando iba por Paicaví hacia el cementerio y querer saber a que nombre correspondería esa “A” y minutos después descubrir que la tumba que visitaba estaba ubicada en el pasaje Andrés Lamas. Claro que esta vez lo extraordinario era mayor. Lo leído quería convertirse en realidad.
-Ring-ring... ring-ring... ring-ring…- el teléfono siguió sonando. Yo sabía que la llamada era para mí, para darme instrucciones, pero también sabía que si hacía ese movimiento se rompería el lazo que había logrado crear con Zeta. La navaja se hundiría en mi cuerpo.
Zeta saltó como impulsado por resortes con una agilidad imposible de suponer en ese cuerpo maltratado.
-Sapos de mierda- gritó con desesperación. Tomó los cables y los cortó de un solo tajo.
Hubo un silencio tan poderoso como las palabras que yo había perdido irremediablemente. Sólo me quedaba un recurso para seguir hablando. Miré el libro, me imaginé ante un micrófono y leí en voz alta.
-La tenue luz reflejada en el acero mortal de la cortaplumas automática sostenida por la mano de Zeta, será un campanazo de alerta, el anuncio de un conflicto con otros (con los que tú sabes), un llamado a sumarnos a su lucha. Nunca una amenaza...- Y seguí leyendo para Zeta, sin interrumpirme, como último recurso para lograr que se calmara.
No sé que pasó, cuanto tiempo pasó, pero cuando levanté la vista e interrumpí la lectura, Zeta había regresado a su sofá. Tatiana se había aproximado de forma que solo yo podía verla y me hacía imperiosas señas para que saliera. Obedecí, arriesgándolo todo. Confié en que Zeta no podía atacarme por la espalda. No era de esos. Nunca fue de esos. Di un paso fuera de la sala de espera y casi me atropellan dos gigantes vestidos de blanco que en segundos redujeron a Zeta y se lo llevaron.
-A la otra te mato, sapo conchetumadre-. Fue lo único que alcanzó a gritarme.
Tatiana me abrazó y se puso a llorar. Quise decir algo, pero se me habían secado las palabras. Escuché el ulular de una sirena que se alejaba.