2.1.13

La partida



El Mercedes negro del Nuncio Apostólico, con sus metales pulidos y brillantes,  iba con feroz escolta: un carabinero en moto abría la comitiva, otros dos en cada flanco y atrás una patrulla. Sin embargo, a bordo no viajaba monseñor. Al volante iba un señor correctamente vestido de chofer, a su lado el Secretario de la Embajada, un cura indio que había sido nuestro anfitrión durante el mes que estuvimos en la embajada, vestía un impecable terno negro y el cuello blanco cerrado que indicaba que era un sacerdote. Era la primera vez que lo veíamos vestido así. Para bajar un poco la tensión nos explicó: “este cuello redondo como los grillos de hierro de los esclavos, representa que soy un siervo del Señor, pero en este caso lo uso para hacerme respetar un poco más por estos señores de verde”. En el asiento trasero, forrado en cuero negro de verdad, íbamos los tres refugiados que abandonábamos la Nunciatura con nuestros respectivos salvoconductos, sintiéndonos pequeñitos y con el alma apretada en ese enorme auto y rodeados de tantos policías.
A pesar de la niebla de esa madrugada, podíamos ver las caras de los que  iban en la patrulla que nos seguía y a veces la de algún motorista que se rezagaba. Todos los rostros eran de piedra y no conocían la sonrisa. Con el tiempo supe que el 27 de abril era el Día del Carabinero y deben haber estado muy choreados por haber tenido que madrugar para escoltar a tres terroristas de mierda que volaban hacia la libertad, en lugar de llevarlos a algún obscuro lugar donde se encerraba y torturaba a los prisioneros en aquel año terrible de 1975.
A mí me preocupaban más otros señores sin uniforme que deberían estar esperándonos en la aduana y aunque sabía que las cosas no estaban como para que la dictadura quisiera comprarse un problema internacional, secuestrando a tres jóvenes (dos mujeres y un hombre) que se encontraban bajo la protección diplomática de El Vaticano, no pasaba por alto el hecho que el Nuncio no estaba presente y nunca fue a la embajada para no tener contacto con nosotros por lo que suponíamos que era derechista, algunos aseguraban que era Opus Dei, pero en realidad no teníamos idea.
Para distraerme, si es que eso era posible, mi mente que tiene mucha autonomía voló a la noche anterior que fue noche de despedida. Habíamos logrado organizar un pequeño carrete. Los que nos íbamos vaciamos nuestros bolsillos de los escudos que serían inservibles fuera de Chile y se hizo una cucha que permitió contrabandear unas botellas de pisco que tomamos agregándole chorritos al mate que nos servía para conversar cada noche y para variar tuvimos unos sánguches de queso de ese que regalaba Cáritas, que no era malo, pero después de un mes ya nos estaba patiando un poco.
La variación de esa noche fue que una bruja dijo que sabía ver la suerte con el naipe y por cierto los tres que partíamos teníamos que enterarnos de lo que nos depararía el destino. La cosa era fácil, a todos nos salía un largo viaje que se iniciaría muy pronto, para lo cual no se necesitaba una cartomántica ni tampoco un naipe. La bruja me dijo también que un familiar cercano tendría problemas con la justicia, cosa que aunque no era tan segura como el viaje, tenía una alta probabilidad de ser cierta. Le contesté que en todo caso sería con la Injusticia, porque en Chile la Justicia había desaparecido hacia tiempo, para oponerme así de alguna forma a su vaticinio, pero guardé en mi corazón el temor de que fuera mi padre quien sufriera la venganza de la DINA y sabía que eso significaría muy probablemente su muerte debido a la enfermedad coronaria que ya le había provocado un infarto un par de años antes.
Al final de la sesión cartomántica teníamos la posibilidad de hacer una pregunta que las cartas responderían como un oráculo con un o con un no, sin posibilidades intermedias.
Cómo temía por mi padre, lo lógico era preguntar si sería él quien tendría problemas con la Injusticia, pero no quería saber si pasaba eso así que hice la pregunta chueca: ¿Será mi hermano el de los problemas? Y las cartas dijeron: . Mi preocupación bajó un poco total mi hermano era más joven que yo y tenía buena salud y por último las cartas eran solo un juego para hacer pasar la noche sin dormir. En noches como ésa el amanecer se hace esperar un poco, pero al fin llega y con él los treinta y tantos abrazos y las hermosas palabras de despedida.
La velocidad que llevábamos era demasiado lenta, o al menos eso me parecía y me hacía temer que perdiéramos el avión, aunque eso no era lo más grave que podría pasar, pero los pacos se desplazaban con lentitud deliberada, ¿Querrían que perdiéramos nuestro vuelo a la libertad o simplemente la espesa niebla, que parecía aumentar en la medida que nos internábamos por Barrancas alejándonos de Santiago, no les permitía ir más rápido? Fue, sin duda, un largo viaje el que hicimos entre la Nunciatura que quedaba cerca de Plaza Italia y el aeropuerto de Pudahuel.
El primero en bajar del auto fue el Secretario de la Embajada quien abrió una puerta trasera y nos pidió que todos bajáramos por ese lado no quería que nos alejáramos ni un metro de él, y así nos condujo a una sala donde me abrazó mi familia en pleno: mi madre, mi padre, mis dos hermanas y mi hermano. Las mujeres lloraban y los hombres tragábamos saliva. Les pedí que dejaran las lágrimas para cuando hubiera partido el avión para que aprovecháramos mejor el tiempo. Por suerte me hicieron caso porque estaba a punto de contagiarme y dar un lamentable espectáculo delante de los agentes de la DINA que debían estar por ahí y que serían fáciles de reconocer porque estarían echando espuma por la boca porque se les escapaban tres codiciadas presas.
Me entregaron una pequeña maleta con mi ropa, un billete de $ 50 dólares (SIC) que era todo lo que habían podido reunir y como estaban conscientes de que era muy poco lo acompañaron con un reloj de oro de mi madre un anillo de mi hermana mayor las colleras y un recuerdo del bautismo masónico de mi padre.
Mi hermano me contó que había estado como 10 días en Villa Grimaldi, que no le había pasado nada y que memorizara algunos nombres de compañeros que se encontraban allí, así que anoté en mi mente varios nombres que ahora no recuerdo.
Le conté lo de la bruja, él se rió y estuvo de acuerdo conmigo, en que en realidad había tenido problemas con la Injusticia. Después se puso serio y me dijo: “con el destino no se juega”. Años después me contó una versión más realista de su paso por Villa Grimaldi. Yo pasé mucho tiempo sin volver a verme la suerte.
Cuando partió el avión deben haber rodado un par de lágrimas por mis mejillas, pero Mateo ya estaba ocupado en la escala que haríamos en Río de Janeiro donde nos podría acechar el próximo peligro.
Neandro