29.1.10

Pesadilla IV

Trastorno del sueño
Después de cuatro pesadillas al hilo, fui al psiquiatra. Me dijo que yo era muy sensible, que lo mejor sería que no viera las noticias y me tomara unas píldoras para dormir.

Si dormir sin pastillas me asusta, tomarme una de esas píldoras me producía terror, por lo que me ahorré el viaje a la farmacia y como no puedo conciliar el sueño sin ver el último noticiero, esa noche vi las noticias como siempre, sin embargo me sentía mucho mejor, debe ser porque había hecho lo correcto y nada más que lo correcto, había ido a ver al hechicero y no había seguido sus indicaciones. Era un día perfecto de esos en que uno se siente satisfecho de ser uno.

La última noticia que vi fue la un rajúo que se ganó un viaje a la estratósfera de tres horas y después se ganó un vuelo orbital de yapa. En la nota aparecía el protagonista que era un vecino que veía pasar casi siempre por mi calle y a veces hasta nos saludábamos.

Cerré los ojos con suavidad –en eso le hice caso al doctor– y me debo haber quedado dormido pronto porque empecé a flotar que daba un gusto. La gravedad cero es solo una ilusión, yo lo sabía, pero no por eso no va a ser exquisito flotar como los globitos de jabón que aunque están sujetos a la ley de gravedad se las arreglan para andar por el aire de aquí para allá de lo mejor hasta que puf, ya saben.

Algún detalle de los que nunca faltan si uno es observador me hizo advertir que estaba soñando, pero era un sueño placentero increíblemente delicioso, quizás nunca había soñado algo así. Debía tratar de olvidar que se trataba de un sueño, o de lo contrario entraría a perturbar la generación automática del mismo y podría empezar a inventarme un sueño o al menos el final del mismo que era casi como jugar al solitario y hacerse trampas. Divagando de esta forma estaba logrando olvidar que soñaba y volví al disfrute pleno de una experiencia nueva que me refrescaba el alma y me hacía olvidar no solo que estaba soñando, sino también olvidaba todos los malos sueños de mi vida.

Nunca había estado tan desconectado, la nave ni siquiera hacía ruido, solo mi respiración acompasada y el reloj de mi corazón eran vagamente audibles, por eso me sorprendí tanto cuando apareció un comercial de una conocida marca de detergentes interrumpiendo todo, devolviéndome al más perfecto estado de vigilia y confirmando el diagnóstico del psiquiatra: trastorno del sueño, solo eso.
Juan Schilling

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