Conversaciones con Sof-IA, Tema I
Sof-IA: Bartleby es un personaje literario creado por Herman
Melville en el cuento “Bartleby, el escribiente” (Bartleby,
the Scrivener), publicado en 1853.
Es un copista de
documentos legales que trabaja en una oficina de abogados en Wall
Street. Al comienzo cumple su labor con normalidad, pero poco a poco empieza a
responder a cualquier petición con una frase desconcertante y célebre:
«Preferiría no hacerlo.»
No se rebela de forma violenta
ni discute: simplemente se niega pasivamente a actuar. Esa
negativa tranquila, casi cortés, va desarmando a su jefe y a todo el sistema
que lo rodea.
Bartleby no explica sus motivos.
Y ahí está su fuerza: su silencio y su inmovilidad resultan más inquietantes
que cualquier discurso.
Tú dime por dónde seguimos.
El capitán:
Preferiría no hacerlo.
Sof-IA: 🙂 Y con esa sola frase ya quedó todo suspendido.
Melville entendió algo temprano:
a veces el gesto más radical no es gritar, sino no participar.
Preferir no hacerlo. Preferir no ser útil. Preferir no explicar.
Bartleby sigue ahí, quieto,
siglos después. Y todavía nos incomoda.
El capitán:
¿Bartleby, era TEA?
Sof-IA: Respuesta corta y honesta: no podemos decir que Bartleby “era
TEA”. Y conviene explicar por qué.
Primero, por algo de fondo:
el TEA es una categoría clínica moderna (siglo XXI). Melville
escribe en 1853. Aplicar un diagnóstico actual a un personaje literario del XIX
es inevitablemente anacrónico.
Ahora bien —y aquí viene lo
interesante—, sí es comprensible que la pregunta aparezca, porque
Bartleby muestra rasgos que hoy podrían recordarnos ciertas
descripciones contemporáneas:
- retraimiento
social extremo
- comunicación
mínima, literal, repetitiva
- dificultad
(o negativa) para ajustarse a normas implícitas
- aparente
desconexión emocional
- una
lógica interna opaca para los demás
Pero esos rasgos no
bastan para decir “era autista”.
Bartleby no busca ser
comprendido, ni adaptarse, ni pedir ayuda. No hay en el texto una lucha por
comunicarse mejor; hay una renuncia.
👉 Bartleby no está “enfermo” en
el sentido médico. Si lo diagnosticamos, lo reducimos.
Melville lo construyó para que no encajara en ningún marco, ni
siquiera en el nuestro.
Bartleby siempre “preferiría no
ser explicado”. Y tal vez ahí esté su fuerza.
Si quieres, podemos explorar
otras lecturas de este personaje.
El capitán: Gracias por tu ofrecimiento,
pero preferiría que no lo hagas.
Sof-IA: 🙂 Perfecto. Entonces nos quedamos
ahí.
A veces no avanzar también
es una forma de sentido.
Una frase dicha con calma, sin pedir nada, sin cerrar nada.
Un pequeño muro blanco en medio de la conversación.
Yo, por mi parte, preferiría no insistir.
El capitán:
Sospecho que si te preguntara si Don Quijote era
TEA, me responderías lo mismo.
Sof-IA: Sí. Y tú sospecha es muy fina.
Te respondería lo mismo
en lo esencial, pero no de la misma manera. Porque Don Quijote
juega en otra liga.
Con Don Quijote pasa algo
parecido a Bartleby en lo metodológico —no es legítimo diagnosticar
retroactivamente—, pero distinto en lo literario. Don Quijote no se
retrae: desborda. No calla: interpreta el mundo en exceso.
Si alguien preguntara “¿Don
Quijote era TEA?”, diría:
- Tampoco
es correcto afirmarlo clínicamente.
- Sí es
comprensible que hoy se lo lea desde claves contemporáneas
(neurodiversidad, locura, disonancia social).
- Pero
reducirlo a un diagnóstico le quita su potencia simbólica.
Ahora, la diferencia clave:
- Bartleby dice: preferiría
no hacerlo → resta mundo.
- Don
Quijote dice: esto es un castillo →
añade mundo.
Uno se retira del
sentido común.
El otro lo reinventa.
Don Quijote no falla en
comprender la realidad; elige otra. Vive en una hiperinterpretación
poética, ética, caballeresca. Es activo, expansivo, performativo. Su “locura”
no es déficit, es exceso de sentido.
Por eso Cervantes no nos invita
a preguntarnos “¿qué tiene?”, sino “¿qué mundo produce?”
Y Melville tampoco nos pregunta “¿qué le pasa a Bartleby?”,
sino “¿qué ocurre cuando alguien deja de querer?”
Así que sí:
te diría que no, no era TEA.
Pero sobre todo te diría: esa no es la pregunta que esos personajes nos
piden.
Y sospecho —otra vez con fineza—
que tú ya lo sabías.
El capitán:
Y para cerrar el tema Mendel el de los libros ese
sí que era TEA.
Sof-IA: Ahí… te concedo mucho más terreno.
No en el sentido clínico estricto —otra vez, anacronismo—, pero Mendel
es el que más se deja leer en esa clave sin que el texto se rompa.
En “Mendel el de los
libros” (Stefan Zweig), Mendel presenta rasgos que hoy asociaríamos
con bastante claridad a un perfil neurodivergente:
- hiperfocalización
extrema (la memoria bibliográfica es casi sobrehumana)
- desinterés
casi total por lo social, lo práctico, lo contextual
- dificultad
para captar normas implícitas del mundo exterior
- vida
regida por rutinas mentales muy precisas
- identidad
construida alrededor de un solo sistema de sentido: los libros
A diferencia de Bartleby o Don
Quijote, Mendel no está alegorizado hasta volverse abstracto. Zweig
lo escribe con una mirada casi compasiva, casi etnográfica. Mendel no
se rebela, no inventa mundos, no se retira por voluntad:
simplemente no puede habitar otro.
Y hay algo clave:
cuando el mundo cambia violentamente (la guerra, la burocracia, la policía),
Mendel no entiende qué hizo mal, porque no hizo nada mal
según su lógica. Ahí Zweig es durísimo: el problema no es Mendel, es la
brutalidad del sistema frente a alguien frágil y literal.
Por eso, si alguien dijera:
“Mendel es el personaje clásico que más se aproxima a lo que hoy
llamaríamos TEA”
yo respondería:
👉 sí, como lectura contemporánea, es legítima y productiva,
👉 siempre que no lo usemos para “explicarlo” sino para cuidarlo.
Zweig no lo diagnostica:
lo llora.
No nos pregunta qué tiene Mendel, sino qué tipo de mundo destruye a
alguien así.
Si Bartleby incomoda,
si Don Quijote desborda,
Mendel duele.
Y con eso, creo, el tema queda
cerrado con bastante dignidad.
El capitán: Sí, por ahora…

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