La princesa mora


C
abellos negros, ojos azabache, boca como fruto maduro…

Perseguida en el sur del Mediterráneo, en un galope desenfrenado forzó a muerte su caballo. Cayó el animal... Corrió ella hacia el mar y saltó en una barca donde la esperaban doce remeros. 

Voló la barca sobre las olas hasta llegar al sur de España.

Perseguida también allí por una emir que la quería como esclava, cogió vestidos de hombre y como marinero en un velero se embarcó. 

Allí todo dejó, solo llevó el puñal que una hechicera le regaló cuando ella nació.

Navegó hasta el Nuevo Mundo. Desembarcó en tierras extrañas.

El gobernador la quiso para él. 

Ella, la princesa mora, revistió vestidos de hombre y navegó rumbo al sur. Muchos fueron los días y tantas las noches. Del calor pasó al frío. Faltaba el agua. En un fiordo el velero botó el ancla. 

―A buscar agua― ordenó el capitán.

Cargaba un barril y al cinto su cuchillo.

Un lobo de mar se alzó cuando ella, vestida de marinero, en su dominio entró, entonces el lobo atacó.

La nieve se tiñó de rojo. Una vida allí quedó.

Al atardecer, cuando caía el sol, en lo alto de un peñón, su figura apareció, cargaba un pesado barril.

En el mar, ella su cuchillo lavó. Se manchó el agua con sangre animal.

Pasó el estrecho del Sur y entró en otro mar. Cuando desembarcó, cansada allí se quedó. 

Entre los hombres de los árboles, los llamados pehuenches, se instaló.

Habitaba en una larga faja de tierra que desde el desierto baja hasta el mar. 

Allí ella se quedó hasta que también allí, la sangre corrió vertida por la violencia de un general.

La princesa mora de nuevo partió. En tierras del Norte se instaló. 

Desenvainó el puñal y con un gesto de magia antigua lo transformó. En la mano de la princesa mora ahora había un pincel.

Le robó colores a las rosas, a la hierba, a las montañas, a la noche y también al sol y con una nube hizo su tela para pintar.

Un viento que por allí pasó, cuenta en una lengua que solo los pájaros conocen, que a la princesa mora vio. Pinta cuadros de una extraña belleza con un pincel que fue puñal.             Pato X

Un juego terrorífico

 

Hace viento y está oscuro.

El cielo amenaza lluvia y las hojas de los árboles se remueven desesperadas, como queriendo huir del paisaje tenebroso y fantasmal que parece advertir que nuestro juego es inconveniente y peligroso.

Juana me ha desafiado a hacer lo que su imaginación, un tanto desquiciada, considera un acto de atrevimiento y aventura.

Ahora estamos los dos a la entrada del cementerio de nuestro pueblo y faltan cinco minutos para la medianoche.

El juego consiste en que uno debe caminar hasta el centro del camposanto y permanecer ahí por lo menos hasta que el otro cuente hasta 30.

Lo grave es que he sido yo el que ha resultado perdedor cuando echamos a suerte quién debiera ir primero.

Avanzo lentamente, mirando las copas de los árboles que oscurecen cada vez más la senda borrosa.

Paso a paso avanzo y observo a los costados las tumbas abrazadas por las sombras.

Juana permanece fuera, asegurándose que no me escabulla por uno de los recodos retorcidos del camino.

Comienza a llover y el cielo es un techo de nubes bajando precipitadamente para devorar la tierra.

Siento frío y miedo. Doy otro paso.

Una ráfaga de viento y agua me da en la cara, doy un brinco y la piel se me eriza.

No quiero mirar atrás, sólo avanzo.

Estoy en el centro del cementerio, es un círculo de piedras y alrededor tumbas y nichos y dos o tres mausoleos de los ricos del pueblo.

De pronto una luz estalla al frente. Es un relámpago surgido de entre las tumbas. Tiemblo.

Giro rápidamente y pretendo volver sobre mis pasos. Pero estoy atornillado al suelo. Grito con desesperación: ¡Juana! ¡Juana!

Por toda respuesta una nueva ráfaga de viento, lluvia y frío me estremece. Logro avanzar, el viento me impide hacerlo con prontitud.

Siento lágrimas en el rostro.

Resbalo sobre las piedras mojadas. Tengo la ropa empapada  y siento los pies húmedos.

Estoy a pasos de la entrada. Alcanzaré la salida, estiro los brazos queriendo alcanzar de una vez la salida del cementerio. Falta sólo un par de pasos…

Es cuando siento el grito de mi mujer despertándome, porque he tenido una pesadilla.

Ella me grita: ¡Despierta Ramón, estás soñando, despierta!

Me mira fijamente con los ojos desorbitados, pálida, el pelo desgreñado, sucia. Estamos en una plaza pública, al descampado, tapados con diarios, somos habitantes indeseados, ciudadanos marginados o, como ahora se dice: personas en situación de calle.

Entonces abrazo a la Juana y lloro desconsoladamente.

Renard X

El último verano de la infancia

   

          Fue en la década de los 60, poco antes de que esa banda de Liverpool hiciera explotar nuestras cabezas. Todos les dirán que fue una época muy liberal, pero de eso no nos habíamos enterado en nuestra pequeña ciudad de provincia, ni menos en el balneario de Constitución. 

Ese año había fallecido el padre de Heráclito, mi mejor amigo, y mi madre se preocupó de organizar las cosas para que él pudiera pasar las vacaciones con nosotros, gestionó los permisos, el lugar donde quedarnos y nos dejó instalados en casa de unos amigos que daban pensión a los veraneantes y ella con mi padre se fueron bien lejos a descansar de nosotros.

La casa estaba pegada a la Iglesia, el cura almorzaba con nosotros y le gustaba contarnos cosas horribles como que antes que se construyera esa casa, en ese lugar había un pequeño cementerio, pero que no nos preocupáramos que él rociaba todo con agua bendita de vez en cuando.

En verdad ya estábamos creciditos para hablar de infancia, pero aún nos relacionábamos con las muchachas a través de juegos bastante ingenuos.

A ellas, las hijas de nuestros anfitriones les tocaba hacer nuestras camas y asear nuestro dormitorio, nosotros éramos hombres y no hacíamos esas cosas. Así era en ese tiempo. En realidad no hacíamos esas cosas ni ninguna otra que no fuera divertirnos, hacer nada y descansar no sé de qué.

Pero ahí empezaba el juego, ellas nos ponían cosas en la cama como bichos muertos y fríos objetos de metal para que nosotros nos asustáramos. Hacían también un truco con las sábanas que llamaban sabanitas cortas que nos obligaba a rehacer la cama antes de acostarnos, tarea para la cual no estábamos preparados, pero en fin a esa hora no había más remedio.

Esto se repitió tantas veces que empezamos a planear nuestra cruel venganza.

Heráclito era aficionado a la química y conocía bien las propiedades del nitrato de plata que se vendía en las boticas en forma de pequeñas barras que él usaba para quemar sus espinillas y sabía muy bien que si uno se pasaba suavemente la barra por la piel quedaban rayas que no se borraban en días. La idea que nos pareció fantástica era ir a su dormitorio en medio de la noche y dibujarles bigotes a las dos chicas.

Heráclito tenía su barra de nitrato de plata y yo tuve que comprar la mía.

Esa noche estaba todo preparado, solo teníamos que esperar un poco más despiertos para estar seguros que ellas ya estaban dormidas, así nos quedamos conversando de lo que haríamos en el futuro. Heráclito ya sabía que iba a estudiar química y yo no tenía idea, en ese tema yo andaba más perdido que el Teniente Bello. En esa conversa estábamos cuando mi amigo se empezó a inquietar y se desconcentró de lo que hablábamos. Le pregunté que le pasaba y me respondió con otra pregunta.

―¿Escuchas un ruido?― le respondí que no.

Entonces el hizo sonar sus nudillos en el velador que separaba su cama de la mía.

―Es algo así― me explicó y repitió la particular percusión sobre el velador, con un ritmo especial. Finalmente logré identificarlo, pero sin entender su importancia.

―Sí, ahí lo escucho. Es como lo que tú hiciste en el velador, pero en el vidrio de la ventana

―Mi papá hacía sonar la puerta de esa forma para anunciar su llegada― dijo Heráclito con la voz quebrada.

Nos quedamos mudos y empezamos a escuchar ese sonar de nudillos por toda la pieza, en el techo en las paredes, pero cuando nos cagamos de miedo fue cuando sonó en el velador tal como lo había hecho mi amigo.

Heráclito, dijo que también hacía ese ruido cuando algo no le gustaba y estaba enojado. Fue fácil deducir que no aprobaba lo que estábamos a punto de hacer. Por eso mi amigo habló prometiéndole a su padre que no haríamos nada y que al día siguiente lanzaríamos la barritas al río.

Lo que escuchamos después fueron unos pasos que se alejaban y un estruendoso portazo. Pero la cosa no paró ahí, porque parece que el portal que nos separa del inframundo había quedado un tanto abierto y se escuchaban lejanos gritos, voces en idiomas desconocidos, un cura orando en latín, cadenas que se arrastraban, largos aullidos y gemidos de bestias o de monstruos que no nos atrevíamos a imaginar.

Al día siguiente, notamos que ambos teníamos un mechón blanco en nuestras cabezas. Pensamos que las muy muy nos la habían jugado una vez más, nos habrían echado agua oxigenada o cloro o alguna brujería. Las dos primeras alternativas las podemos descartar porque el mechón de canas al menos a mí me ha acompañado toda la vida, aunque ahora no se diferencia mucho del resto de mi cabello. En el caso de Heráclito, la última vez que le vi tenía el pelo sospechosamente negro.  Neandro X
.


Lázaro


          No resucites por ningún motivo

 no tienes para qué ponerte nervioso dijo el poeta

tienes toda la muerte por delante

Nicanor Parra

         


Recuerdo cuando invité al Flaco a militar con nosotros, no se hizo de rogar ni un poquito, me dijo que él creía que ya estaba militando desde cuando nos acompañó a hacer un rayado frente a la fábrica. Ahí tuve que explicarle un montón de cosas y le pedí que se inventara un nombre, eso lo sorprendió muchísimo, pero lo decidió rápido, dijo que su nombre sería Lázaro y aunque nos sonó raro, solo nos encogimos de hombros y empezamos a llamarlo Lázaro.

Parece increíble que uno se acuerde de cosas como esa después de medio siglo, pero claro eso pasa porque el Flaco que estaba más flaco que nunca se apareció en mi casa después de un montón de años y como si nada, como si nos hubiéramos visto el día anterior, traía una botella bajo el brazo y el tremendo rollo que me lo fue largando de a poquito y que ahora yo se los cuento a ustedes de un tirón.

Empezó por explicarme que él no sabía por qué había elegido el nombre de Lázaro, pero era lo primero que se le había venido a la cabeza cuando le pedí que escogiera un nombre, sin embargo, en los años de exilio se había puesto a darle vueltas al asunto y como era un nombre bíblico había leído el libro sagrado de pe a pa.

Casualmente, se había puesto en contacto con el Centro de Estudios No Convencionales institución que sostenía que Lázaro de Betania era el primer zombie documentado nada menos que en el libro más importante del mundo, tesis que le había parecido bastante lógica y concordante con lo leído en el evangelio de Juan, relato que mostraba cierto paralelismo entre la vida de Lázaro de Betania el Santo o el zombie y la suya propia, para respaldarlo tenía varios ejemplos, algunos bien convincentes.

En síntesis, el Flaco estaba convencido que él, una vez que falleciera, iba a resucitar dentro del ataúd ya enterrado lo cual le parecía una perspectiva de lo más desagradable. Fue inútil tratar de convencerlo con mis argumentos, le dije que estaba chalado por creer en las películas de zombies. Ahí se puso serio y me dijo que él no veía esas porquerías. Que él creía lo que decía la Biblia, aunque no tuviera ninguna religión y remató confesándome que tenía una enfermedad terminal y que iba a estirar la pata muy pronto.


Aprovechando de que me quedé mudo, me lanzó su pedida, quería que lo ayudara consiguiéndole un fierro o una granada para darse una segunda muerte en caso de resucitar en un cajón bajo tierra.

Me reí bastante, casi casi tuve un ataque de risa, le repetí que estaba completamente chalado, pero cuando vi que luchaba por contener sus lágrimas, terminé prometiéndole que sacaría todo lo que quedaba en un barretín que nunca cayó en manos de la represión y se lo metería al cajón, le dije que si llegaba a despertar revisara sus bolsillos.

El Flaco Lázaro era un hombre de palabra y una semana después falleció, yo me sentí obligado a ser también un hombre de palabra y entré de noche al velatorio le puse una colt 45 en el cinto y dos granadas en cada bolsillo de la chaqueta, debajo de su cuerpo coloqué no sé cuántos cartuchos de dinamita bastante sudados, peligrosos porque pueden explotar con facilidad, pero los fiambres no se mueven mucho, así que el peligro no era tanto.

A las 12 horas y 12 minutos de la tercera noche, una explosión descomunal sacudió la Ciudad de los Muertos, todo el muro de nichos quedó convertido en un cráter. Trescientos cuarenta y tres nichos desaparecieron en un instante, los huesos volaron por los aires hasta la calle circundante, que quedó cubierta de tibias, fémures, calaveras, costillas, cúbitos, húmeros, radios, vértebras y huesos menores e irreconocibles, así como de restos de ropa hecha girones. El estruendo se escuchó en todo el Gran Concepción y cruzó el Biobío por lo menos hasta llegar a Coronel.

Hay días en que estoy seguro que Lázaro realmente resucitó y uso una de las granadas para irse definitivamente de este mundo.

He querido hablar con ese Centro de Estudios No Convencionales para decirles que sus teorías pueden tener consecuencias trágicas, pero no los he podido localizar. La isla Elizabeth, donde dicen tener su sede, no ha vuelto a ser encontrada después que su descubridor Francis Drake la bautizara allá por el año 1598.                               Mateo X

El fantasma de George Washington (versión extendida)

 


El Coronel no se tomó del todo bien su llamado a retiro, no podía alejarse así como así de esa institución que era toda su razón de existir. Empezó a hacer cosas raras. Él siempre fue aficionado a hacer bromas a sus subordinados y ahora ni siquiera tenía subordinados. Vistiendo el viejo uniforme se aparecía súbitamente, ante los centinelas y desaparecía del mismo modo, un oficial lo reconoció y ordenó a los soldados disparar al aire cada vez que lo vieran. Era una forma inofensiva de seguirle el juego al viejo loco. Tanto fue el cántaro al agua que finalmente un conscripto corto de entendederas y con buena puntería disparó a matar.

No alcanzó a escuchar el sonido de la bala que lo mató. Ni a emitir el menor gemido. Simplemente cayó desplomado. En cada aniversario de su muerte, un viejo oficial se pasea con el uniforme antiguo, el de la Guerra del Pacífico. Sus pasos no dejan huella, sus pies no tocan el suelo. Nadie se asusta. Hasta los conscriptos saben que se trata del fantasma de George Washington. De tarde en tarde aparece un despistado que pregunta: "¿Qué hace el fantasma de George Washington en Concepción". Y alguien le explica que es el fantasma del coronel George Washington González.                                                                        Juan X

Verano en invierno

 

En memoria de Pedro Purísimo Barría Ordóñez, militante del MIR en Neltume

(Complejo Maderero de Panguipulli), asesinado junto a varios de sus compañeros

en el regimiento de Llancahue,  el 4 de Octubre de  1973, en Valdivia, Chile.

1

El calor avanza sobre la ciudad invadiendo el cemento, las calles, el laberinto urbano, y en verano la población flotante aumenta de manera considerable atestando avenidas, lugares de esparcimiento, playas, paseos campestres y rutas aledañas. La ciudad, como dicen sus comerciantes, se ha convertido en un “destino frecuente”.


Los transeúntes se desplazan en busca de sombra y brisa fresca, escasa en el casco viejo. Van en bicicletas, a pie, corriendo como expertos deportistas o en vehículos, acelerando sin cuidado porque solo aspiran a realizar sus deseos. Van hacia la costanera, el río o la costa.

Casi todas las personas llevan mascarillas cubriéndoles el rostro. La pandemia, si bien ha declinado en los últimos meses, aun no cesa del todo y las autoridades insisten en tomar precauciones.

A lo lejos se elevan colinas, se ven las copas de los bosques circundantes y hacia el este, lejana, la montaña; en sentido contrario, el mar como un espejo gigantesco refracta la luz y en sus plateadas aguas se avistan embarcaciones ancladas o navegando, lanchas de turismo y botes de paseo, y en uno de los brazos del río, la pequeña isla frente al litoral.

Corre el verano de 2022 y el tiempo transcurre con extraña lentitud, haciendo de telón de fondo al incesante devenir humano que, contrariamente, es vertiginoso.

2

El joven mira hacia el exterior desde la ventanilla de la celda subido en hombros de uno de sus compañeros de prisión para alcanzar la abertura. Tiene las manos aferradas con mucha fuerza a los barrotes. Desde esa posición incómoda y de precario equilibrio, cuenta lo que ve:

“El viento les da en la cara y están muy pálidos.

Seguro habrá temporal, porque se oscurece rápido y apenas puedo distinguir sus rostros...

Así, a simple vista, no reconozco a nadie…, pero no sé…, quizás…

Se escuchan voces de mando, y muchos pasos.

Suenan los correajes de los soldados y las botas rebotando en la tierra o arrastrándose en el polvo. Es un sonido tenebroso.

También se escucha el ruido de las armas cuando los fierros entrechocan, son fusiles, carabinas, qué sé yo…

Alguien grita desde las celdas, al otro lado de este pabellón.

Otra vez escucho voces de mando y golpes duros.

Están torturando a algunos de los recién llegados. Los han traído en los mismos camiones que a nosotros.

Los empujan y arrean como ganado. Los insultan, les pegan con las culatas, les dan patadas.

Están sucios, malheridos, demacrados. Se ve que tienen miedo.

Tienen miedo y frío. Mucho frío. Están temblando a la intemperie.

Algunos se tambalean a punto de desmayar.

El cielo es cada vez más amenazante y avanza sobre sus cabezas.

Los están obligando a formar una fila al costado del patio.

Están todos a la espera de algo..., y se han quedado en silencio.

Los tienen maniatados por la espalda y algunos están amarrados con alambres por los tobillos, casi no pueden ni moverse. 

Sobre el muro, al frente, se ha parado un pájaro que se mueve nervioso, picoteando aquí y allá mirando alrededor. Es como si olfateara el peligro, porque vuelve a volar…

Sí, el pájaro vuela en dirección a la arboleda, fuera del cuartel.”

3

El hombre camina despacio.

La reverberación del sol cae sobre sus ojos y durante un momento se siente enceguecido. Detiene la marcha, resuella y de golpe parece tomar consciencia de su situación en el mundo… Es como si hubiese sido alcanzado por un destello de lucidez y ahora percibe más agudamente el entorno y la vertiginosa velocidad del acontecer humano. 

Un muchacho en bicicleta pasa muy cerca, obligándolo a hacerse rápidamente a un lado para no ser arrollado. El hombre hace un gesto de impotencia levantando la diestra a modo de protesta, pero su actitud queda a medio camino porque el joven se pierde en la distancia, transitando por la vereda peatonal.   

Resuena una alarma telefónica, en realidad un fragmento de acordes musicales. Al principio se desconcierta pero después, reaccionando algo tembloroso, busca en los bolsillos de su chaqueta hasta dar con el móvil que sostiene con ambas manos frente a sus ojos, buscando en la pantalla e intentando responder la llamada, sin conseguirlo.

Molesto, devuelve el aparato al bolsillo y sigue caminando mientras se acomoda la mascarilla en el rostro, sintiéndose asfixiado, detestando la necesidad de su uso porque le dificulta la respiración, pero no quiere contagiarse ni contagiar a nadie.

Se detiene, fijándose en los altos árboles de la avenida, toma un nuevo respiro, dejándose animar por la visión del verde intenso de las hojas que brillan acuosas en las ramas mecidas por la brisa, junto al revoloteo de los pájaros que, le parece, lo alientan a continuar su caminata.

Mira los edificios recientes y antiguos, aunque ninguno de gran altura, que aún en esta ciudad provinciana no han conseguido arrasar con las antiguas viviendas, aún invictas.

Observa el entorno de casas donde la madera continúa siendo la base material de su arquitectura y escucha, hastiado, el violento tránsito vehicular.

Se siente ensordecido por el bullicio colmando el ambiente e imprimiéndole a la vida circundante una grave celeridad que obliga a los habitantes a apurar el tren de sus días.  

Opta por encaminarse hacia el mercado fluvial, necesita borrar la distancia que lo separa del río, tal vez allí pueda, cree, ordenar sus pensamientos, aunque no está seguro.

Después de todo, reflexiona, siempre seguirá siendo un hombre de mar. Claro, a su manera, abajo, en la sala de máquinas, pero siempre a bordo, aunque hace ya varios años dejó atrás la práctica de su oficio. Pero de todos modos continuará siéndolo, a pesar de estar obligado a permanecer en tierra.

4

Las hojas de los árboles se mueven con insistencia,dando una extraña impresión de movimiento líquido, como si las copas fuesen de agua. Es el efecto de las hojas mostrando su envés repetidas veces. Esta imagen provoca en uno de los maniatados una rara sensación de nostalgia, como si la acuosidad frondosa de los árboles presagiase un destino o el fin de algo.

Los prisioneros permanecen de este lado de las cosas y del mundo y, sobre todo, de los hechos. Están de este lado del viento y las imágenes. También de este sorpresivo lado de la vida misma, puesto que han sido capturados por las fuerzas militares que hace solo un par de semanas han derribado al gobierno democráticamente constituido.

Han sido arrinconados, perseguidos, aguijoneados sin piedad y desarmados, pero voluntariosos, han pretendido resistir y oponerse a la dinámica del golpe de estado, pero…

Caen gotas de lluvia y algunos de los hombres vuelven el rostro hacia el cielo, dejándose acariciar por la humedad que paulatinamente se convierte en lluvia copiosa, hasta empaparles las ropas manchadas de sangre y barro.

Pero aun la llovizna es casi imperceptible.

El prisionero observa por la ventanilla de la celda montado en hombros de un compañero, y obsesionado por los hechos continúa relatando lo que ve, como si fuese una película que se desarrolla ante su mirada atónita:

“Hay un tumulto en la puerta frente al patio principal y alguien llora en las celdas de enfrente. Creo que es una mujer, pero no estoy seguro…

Nuevamente gritos, golpes, movimientos bruscos y siempre el sonido de las botas, pero esta vez arañando el pavimento del patio.

Los soldados empujan a un nuevo grupo de prisioneros recién apeados de los camiones, los castigan e insultan, les escupen.

Hay nuevas órdenes.

El tumulto sale al patio y los prisioneros en fila van hacia donde están los demás. Son obligados a avanzar y se unen conformando una gran masa humana. 

Están agotados y bajo la lluvia, porque ahora llueve de verdad.

Hay alguien al final de la fila.

Esperen, no logro ver bien…

Es un joven con muletas. Le cuesta andar.

Solo uno de sus pies alcanza el suelo, la otra pierna es más corta y delgada, se adivina a pesar del pantalón, cuelga y el pie también permanece suspendido. Sin embargo avanza, es ágil…, muy ágil.

Tiene la ropa rasgada, llena de barro. Le han golpeado en el rostro. Uno de sus pómulos está hinchado.

Su pelo es largo y castaño.

Pero sus ojos…

De repente ha levantado la mirada y es como si quisiese ver el cielo más allá de las nubes y la lluvia, pero después de permanecer tanto tiempo en la celda oscura no le resulta fácil.

Mira con sorpresa alrededor y se adivina una extraña claridad en sus ojos.

Es como si estuviera sonriendo, como si quisiera burlarse de lo que ocurre en torno... Sí, su mirada es desafiante, sobre todo cuando mira a los soldados…

¡Pero miren!

El pájaro regresa y se vuelve a parar al filo de la muralla.

Es una  gaviota.

Sí, es una gaviota…

¿Pero qué la atrae con tanta insistencia a este lugar? ¿Por qué regresa?

Sigue nerviosa. Sus movimientos parecen eléctricos.

Se mueve por el muro, picotea la pintura descascarada y mojada, aletea. ¿Se irá otra vez?

No. Se queda...

¡Qué raro!

Su plumaje es blanco y en la cabeza, negro, azabache y azul; brilla, quizás por la lluvia. Parece enmascarada.

Sus patas son de color rojo y el pico oscuro, granate.

Está quieta durante un segundo, solo por momentos mueve la cabeza de un lado a otro. Mira hacia el tumulto de hombres apostados abajo, en el patio del regimiento y rodeados por los soldados que les apuntan con los fusiles.

Es como si buscara una explicación a lo que ve.”

5

Camina algunas cuadras para tomar el bus.

Una vez en la máquina mira a los pasajeros: un grupo de mujeres de diferentes edades, jóvenes riéndose y bromeando, varios hombres solos y uno cabeceando, adormilado, golpeándose la cabeza contra el vidrio de la ventana, más una pareja con dos niños pequeños que se entretienen en el pasillo jugando con un globo rojo.

Abre la ventanilla para sentir el aire en la cara y mirar las calles, el ir y venir de los perros callejeros que parecen ir tras un fin determinado, con una meta clara.

Contempla el cielo ornado de nubes como pinceladas arbitrarias dadas sobre la resolana.

Vuelve a fijar la mirada observando a los transeúntes que corren, caminan, ríen en grupos e incluso conversan a pesar de la molestia provocada por el uso de las mascarillas. Detiene su mirada en los gestos de sus manos, los ademanes, el lenguaje corporal desvelando actitudes e intenciones, y sonríe al recordar haber escuchado en la mañana, en la radio, una entrevista al director del ballet universitario afirmando que la verdadera danza es la que se ve todos los días en la calle, en la vida cotidiana, los movimientos naturales de las personas viviendo. 

Pero no deja de sorprenderse al ver a la gente hablando por los móviles, provista de audífonos, gesticulando absurdamente, como si estuvieran hablando a solas y hacia el vacío, poseídos de una extraña energía.

Piensa en las nuevas costumbres que, con inusitada rapidez, adquieren las personas al ser estimuladas por la propaganda, sin duda relacionada con el consumo de productos y mercancías.

Concluye que es habitante de un mundo cada día más descaminado y se pregunta si no es él quien se ha convertido en un extranjero en esa realidad que le es ajena. Sin embargo, algo en su interior confirma su convicción de que algo no anda bien, tiene la certeza que no se trata solo de la pandemia, sino de algo más, algo inasible y difuso.

Una vez en la costanera experimenta una fatiga no solo física, también cree que su vida de los últimos años ha sido una larga y tediosa rutina, una navegación sobre aguas en calma, yendo hacia un horizonte informe y también gris.

Extraña su vida de marino mercante. Extraña el mar, siempre distinto e imprevisible. Y su reflexión va más allá: la ciudad, el país y, quizás el mundo entero, se encaminan hacia un horizonte gris. ¿O hacia algo peor?

Avanza sin rumbo fijo, siguiendo la línea del borde amurallado, contemplando distraído la cadencia del río y las ondas estrellándose en los contrafuertes. Aguza la mirada hacia la ribera opuesta hasta reconocer el edificio azul y las instalaciones del viejo astillero, entonces su nostalgia se acrecienta.

Mirando aguas abajo ve cruzar diversas embarcaciones, todas atestadas de turistas. Es el verano.

Llama su atención el color indefinido de las aguas y el insistente graznido de las gaviotas.

Desea fumar, pero hace muchos años dejó de hacerlo.

Sigue andando, dejándose llevar por el ritmo inseguro de sus pasos y lenta, pero sostenidamente, se hunde en sus recuerdos, aunque pareciera estar absorto mirando las aguas en su cabrilleo incesante.

Al rato va hacia el embarcadero para averiguar si hay lanchas de turismo ofreciendo paseos hacia alta mar, con la certeza de que antes siempre existía esa posibilidad.

6

El muchacho sosteniendo sobre sus hombros al joven observador se ha quejado y pide ser reemplazado en el esfuerzo. Alguien lo releva con prontitud para seguir aupando al joven que vuelve a subir sobre los hombros del nuevo voluntario. Todos concuerdan en que es el más alto y más liviano y por tanto quien con menor esfuerzo alcanzará la ventanilla para seguir relatándoles los hechos.

Mira hacia el exterior, constatando el brusco cese de la lluvia. Las nubes se han descorrido dejando un claro, un boquete luminoso en medio de la borrasca.

El muchacho, otra vez agarrado a los barrotes y esforzándose para seguir con la mirada el curso de los acontecimientos, vuelve a transmitir lo que ve:

“Algo ocurre porque los están separando.

Han separado por lo menos a 12 o 13 del resto de los prisioneros y el grueso permanece al costado del patio. A los otros los empujan en dirección a la muralla.

También al joven de las muletas lo conminan a avanzar, aunque no se resiste, solo sigue mirando a los soldados con un gesto de franco desafío, pero no son capaces de sostener su mirada porque son canallas y cobardes.

¡No, no puede ser!… ¡No puede ser…! Sí… ¡Los van a fusilar!…

Hay un pelotón de milicos preparándose…

Y cargan sus armas…”.

Se vuelve hacia sus compañeros de celda y con voz agitada y temblorosa pregunta qué día, qué fecha es... qué hora…

Alguien responde desde un rincón de la celda diciendo que es el viernes 4 de octubre del año 1973, pero que no tiene idea de la hora…

7

Las voces y el revuelo de la muchedumbre agolpada en las inmediaciones del mercado y en la plataforma del muelle le obligan a desplazarse con precaución. Tropieza, avanza, titubea, se aproxima a los puestos de mercaderías, observa las corvinas y salmones expuestos sobre los mesones, las frutas y verduras y, durante unos minutos se detiene ante un pequeño puesto donde se exhiben libros de segunda mano.Recorre con la mirada los títulos, pregunta el precio de uno, pide un descuento y lo compra. Luego sigue andando.

Una vez traspuesta con dificultad la zona comercial alcanza la explanada donde hombres y mujeres vocean diversas excursiones y paseos turísticos por las inmediaciones: los brazos del río, la isla próxima y otras localidades cercanas.

Se aproxima al hombre apostado junto al puente de acceso a una de las lanchas atracadas junto al muelle. Pregunta el costo del pasaje y si el trayecto considera un paseo por alta mar. El patrón le responde afirmativamente, explicando que la ruta contempla el paso por la lobera, girando durante un breve tramo hacia alta mar para, de inmediato, iniciar el regreso.Todo en no más de dos horas.

Compra el boleto y sube a bordo.

No bien busca asiento hacia el sector de popa, cuando el ligero vaivén del agua meciendo la embarcación agudiza su sensación de melancolía y remembranza.

8

El joven aprieta con más fuerza los barrotes tratando inútilmente de alcanzar con la mirada la totalidad del patio para ver la disposición de los prisioneros, pero solo logra tener una visión fragmentada de la extensa plataforma. Con voz tensa, continúa el relato:

“No los veo a todos, solo a una parte.

No veo al grueso, solamente puedo ver a los trece que han separado.

Los llevan junto al muro, empujándolos hasta dejarlos con sus espaldas pegadas a la pared.

Permanecen quietos.

Los soldados intentan ponerles vendas en los ojos, pero se niegan terminantemente…

Les apuntan…”.

9

Navegan suavemente por el río, buscando internarse hacia el mar. En ese momento escucha una voz seca y grave que lo llama:

—Anselmo…, Anselmo…

Vuelve la mirada y en uno de los asientos del centro de la nave descubre a la persona que lo llama con insistencia y hace gestos para capturar su atención.

Intenta reconocer el rostro de quien sigue llamándolo en voz alta, pero se da por vencido. Se levanta y se acerca para ver quién es.

— ¿Disculpe…?                   

— Anselmo, no me reconoces…, tanto tiempo ha pasado…

— Yo…

— Soy Alfredo, ¿no te acuerdas de mí?

— ¿Alfredo?

— Alfredo Campos….Estuvimos juntos en…, bueno…, en esos años… Claro, engordé mucho y, como ves, estoy casi totalmente calvo…

— Alfredo…, sí…, me acuerdo. En el liceo, sí, claro, ahora me acuerdo —repite—…, fuimos compañeros durante varios años…

— Exactamente. Toda la enseñanza secundaria e incluso…

— Cómo no me iba a acordar, si hasta durante unos años fuimos compañeros de banco y después… Bueno, hemos cambiado, estamos mucho más viejos…

— Tantos años…

— Cómo pasa el tiempo…

— ¿Qué ha sido de tu vida?

— Aquí donde me ves…—y hace un gesto abarcando su cuerpo, un gesto cuyo significado quiere decir mucho más, también abarca el entorno, el movimiento de la embarcación, el río, el trayecto hacia el mar y de alguna manera el pasado, un ayer que los envuelve y conecta.

— ¿Siempre en la marina mercante?

— No, Alfredo. Eso quedó atrás. Tengo más de setenta…

— Y yo, setenta y uno… Jubilé y me vine de la capital. Vivo con mi único hijo y le ayudo a veces en su trabajo. Él es veterinario…—dice, sin ocultar su orgullo—.

— Recuerdo que trabajabas vendiendo repuestos para vehículos…

— Así es, muchos años de vendedor viajero…, pero enviudé y quise regresar. Me cansé de todo eso…, allá en la gran ciudad la vida es cada vez más…, bueno, tú sabes…

— Mira, también quedé solo. Mi mujer falleció hace unos años. Vivo con uno de mis hermanos.

— ¿Y ahora andas paseando?

— Nunca está de más tomar un poco de aire marino…

— Ah…, la nostalgia…

—Bueno, un poco, pero el mar… ya sabes…—dice, levantando los hombros.

Alfredo, al cabo de un rato y después de saludar efusivamente a su amigo, se sienta a la par sosteniendo su mirada y haciendo una seña de asentimiento y comprensión. Después ambos contemplan el cabrilleo del agua buscando con ansias el horizonte en la proa cuando la lancha se apresta a cruzar la desembocadura, zona donde el río se abre en un amplio estuario del que se ven las dos riberas boscosas y distantes.

La nave se estremece y cruje inclinándose a babor cuando el primer golpe del océano da de lleno en las cuadernas de estribor. Después la marcha vuelve a ser tranquila.

10

“Uno de los prisioneros pide que les retiren las esposas.

Es el joven de las muletas, el único con las manos libres.

Pero el oficial se niega y el joven lo increpa duramente. Es valiente, muy valiente.

El oficial lo amenaza con su arma, pero el joven no se arredra, le dice cobarde y algo más, algo que no se escucha porque los otros prisioneros gritan.

Gritan milicos cobardes, y alguien les nombra a sus madres.

Hay gritos en todas las celdas. ¡Gritemos también nosotros!

¡¡¡Milicos cobardes, hijos de puta!!!

Pero intempestivamente todo vuelve a estar en silencio…

Deja de llover…, persiste esa rara claridad entre la borrasca y en medio de las nubes se ve un chorro de luz cayendo justo sobre el patio del cuartel…

Pero…

Miren…, la gaviota sigue ahí, parada al borde de la muralla, mirando hacia los que van a fusilar… y aletea, mueve su cabeza, mira de un lado a otro igual que las palomas, mueve el cuello, camina.

Está justo sobre los que van a ser ejecutados…, ahí, en la muralla que ahora es un paredón…

El oficial se acerca al pelotón de milicos y va a dar la orden…

¡¡¡Milicos cobardes, hijos de puta!!!!”

11

La lancha se inclina a babor remontando el oleaje mientras el motor tose, exigido, pero pronto la navegación se torna pareja y los pasajeros, enfundados en salvavidas, en su mayoría turistas, vuelven a la calma perdida ante la embestida de la marea cuando la chalupa comenzaba a orientarse mar adentro.

— Me acuerdo de ese tiempo…—dice Alfredo, frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos, como evitando ser deslumbrado por la luminosidad del pasado.

— Lo que pasa es que somos sobrevivientes de una época que fue como un sueño y después una verdadera pesadilla…, y los sobrevivientes siempre recordaremos a los muertos…, son nuestros muertos…

— Cierto.

— Nunca olvidé todo lo que vivimos…

— Tampoco yo.

— Además, juntos nos detuvieron y juntos estuvimos esos días en el cuartel…

Anselmo asiente, mientras con la diestra se aferra a la borda para sentir el mar humedeciéndole la piel.

— Fue muy duro…

— Sí. —confirma Anselmo.

— Y tú fuiste el que se asomó a la ventanilla de la celda para contarnos lo ocurrido…

— Sí, yo fui…

— Se me grabó para siempre todo eso…

— Lo recuerdo todos los días de mi vida. —concuerda Anselmo.

12

“Aletea…, está aleteando desesperada…, la gaviota…

Los soldados preparan las armas y el oficial va a dar las órdenes.

Ha dicho fuego… y disparan… caen…, caen todos, uno a uno…

No puedo…

La gaviota ha volado.”.

13

La embarcación navega cerca de los roqueríos, donde se ven lobos y grandes bandadas de pelícanos, cormoranes y gaviotas.

Los dos amigos disfrutan del paisaje, divirtiéndose al escuchar y ver a los niños llamando la atención de sus padres ante el espectáculo de las crías pequeñas de lobos arrojándose de bruces al mar.

Cuando la lancha inicia el regreso una vez comenzado el giro, una gaviota posa sus patas en la proa y, con aire majestuoso, observa al contingente de pasajeros aún atentos a los roqueríos y la lobera. Los amigos, en cambio, miran al pájaro sin poder evitar el recuerdo que su presencia les trae.

Durante unos minutos solo callan y siguen mirando, después Alfredo rompe el silencio:

— ¿Te acuerdas?

— Es imposible no acordarse.

— Estuvo ahí hasta el comienzo de los disparos.

Ahora la nave enfila hacia la desembocadura y nuevamente sufre un vaivén brusco ante la embestida de la marea.

— Mira, ahí se queda…

— Parece mirarnos con atención…

— Pero es una ilusión…

— ¿Crees que solo sea una ilusión?

Anselmo no responde y su amigo calla.

Después de desembarcar deciden compartir una cerveza y caminan despacio hacia la plaza, en el centro de la ciudad.

14

No quiero ver.

Han quedado tirados al pie del muro. 

Vuelve a llover… La lluvia se va confundiendo con la sangre…

Todavía hay gritos...

Pero no quiero ver…, no puedo ni quiero ver…”.

Es lo último que dice el joven antes de abandonar la ventanilla y bajar de los hombros de su compañero, llevándose las manos a la cara y comenzando a sollozar.

Los demás permanecen callados en medio de la celda oscura y en torno del muchacho que llora  desconsoladamente y el eco de los disparos parece continuar estallando una y otra vez en sus oídos.

De pronto solo es posible oír la lluvia redoblando sobre las calaminas del techo, mientras el cielo sombrío se torna por momentos visible en el hueco de la ventanilla como efecto del relampagueo del temporal.

27 de Mayo de 2022, Santiago, Chile,                        Renard Betancourt M.