Viernes Negro*



Un viernes, más aburrido que de costumbre, con el cansancio de toda una semana y con aquel reloj traidor, apatronado que se arrastra como soldado herido y se niega a marchar con la velocidad de mis deseos. De seguir así me veré obligado a aplicar la Operación Water, que es el último recurso para acortar la jornada. Ya me he tomado media docena de cafecitos con el mismo propósito, pero en realidad no hay alternativa y son las cuatro de la tarde, mi hora favorita para hacer la digestión -así se dice para no llamar las cosas por su nombre- además tengo un libro excelente en mi bolsillo, que hará volar esta última hora de esclavitud asalariada.
          El sitio en que me encuentro sentado, leyendo (además de... ), es bastante apropiado a sus funciones, pequeño y sin ventanas, con un extraño parecido a los que hay en los trenes, lo que me produce alguna nostalgia de mis tiempos de estudiante provinciano, eterno viajero de los fines de semana en que escapaba de las pensiones para volver a la casa.
El tiempo vuela con un libro y aquel era sin duda apasionante, tanto que recién pude encontrar un punto donde hacer un alto casi al filo de las cinco. Debe aclarar que la hora es según mi sexto sentido ya que uso mi reloj en la muñeca de mi compañera porque me produce una alergia que no estoy seguro que se deba al roce.
Después de las operaciones que no son gratas de describir, empujo la puerta con la fuerza normalmente necesaria, pero ésta se resiste a ser abierta, a pesar que la manilla ha girado como siempre, vuelvo a girarla y la noto un poco floja, se ha soltado y no acciona el mecanismo y la puerta no cede, se empecina y permanece inmóvil como una montaña. Mis esfuerzos son tenaces y poco inteligentes, concentro todas las energías de mis músculos sin hacer el menor ruido porque la situación me parece ridícula e inaceptable. El esfuerzo me agota y me obliga a sentarme nuevamente ésta vez a meditar sobre mi lamentable situación, me he pasado todo el día resolviendo problemas lógicos y ahora no sé que hacer ante este problema vital y en apariencia sencillo, pero soy optimista y siempre guardo para estas ocasiones un cuartico de esperanza. Es la hora de salida y seguramente alguien vendrá a este sagrado lugar, por lo tanto a esperar tranquilo.
Traté de retomar la lectura, pero ya no podía concentrarme. Dejé vagar la vista por la puerta que crecía ante mis narices y no encontré nada escrito, ni una sola obscenidad, sólo un par de cuerpos femeninos sin pies ni manos ni cabeza, bellos y estilizados, como los animales dibujados en las paredes de las cavernas por nuestros milenarios antepasados, ellos dibujaban y así ya tenían en parte al animal cazado, quizás en este caso el artista necesariamente anónimo también cumpliera un rito para conquistar a su hembra.
A pesar de lo poco grata que es la situación, puedo alegrarme de que no sea mi compañera la que esté en mi lugar, pues ella siente cierta angustia en los ascensores y en los túneles, es claustrofobia adquirida en prisión, más de un año en cárceles de la dictadura y algunas semanas incomunicada o en celdas de castigo tenían que dejar su huella.
Yo, a pesar de que no participé menos de todo aquello que llamábamos “la lucha”, jamás he sido detenido ni siquiera por borracho o por una infracción de tránsito, lo más cercano a una detención fue aquella vez en que Jaime me llevaba en bicicleta, un policía nos sorprendió y como era un celoso cumplidor de su deber y estaba prohibido andar de a dos, se llevó a Jaime y a la bicicleta detenidos y yo que quedé milagrosamente libre, tuve que correr a casa a movilizar la influencia paterna para conseguir la libertad de mi amigo y de mi bicicleta. Esta vieja e infantil historia es sólo el anuncio de que la Santa me había regalado el don de la libertad, aunque para conservarla haya debido huir de mi país.
Antes de asilarme hubo para mi otra salvada milagrosa, la visita a una casa recién allanada y los perros de la dictadura no se habían quedado acechando como acostumbran. La cita a que fallé porque no me fiaba de ésa persona que entregó a la policía a todos los que tenían contacto con ella, la trampa que evité porque casualmente supe que fulano había caído.
La escapada más increíble la supe años mas tarde, ya fuera de Chile, alguien entregó en la tortura el lugar, la fecha y la hora en que debíamos encontrarnos, llegó la Dina, pero un semáforo los detuvo, me alcanzaron a ver en la esquina entre la gente, pero no quisieron hacer mucho escándalo: esperaron el cambio de luz, cuando la luz verde les permitió llegar a la esquina yo no estaba, ellos no lograron comprenderlo, yo tampoco.
También me encontré con ella, la que había cambiado de bando, era mi hermana inventada (para justificar nuestros encuentros) y me miró desde la camioneta de los torturadores con una mirada vacía, dirigida hacia mi, pero que me traspasaba como si mirase a una persona detrás de mi, a pesar de que mi espalda se apoyaba contra un muro. Yo no pude evitar mirarla fijamente, la camioneta se puso en marcha y desapareció,  no supe si me vio y no me delató o si simplemente no me vio porque en ese momento soñaba.
El prodigio mayor que tuvo que realizar la Santa, fue aquella vez que los perros de la dictadura llegaron a poner sus garras sobre mí, pero ella estaba atenta a la maniobra y en ese mismo instante me convirtió en mi hermano, como me encapucharon ahí mismo, no se dieron cuenta de mi transformación, claro que con eso no se arreglaba todo, así durante el largo viaje de Talcahuano a Santiago, en la oscuridad de la noche y del saco negro en que encerraron mi cabeza, fui cargando mi espíritu de amor, única arma, único refugio que me permitiría enfrentar la tortura y no decir el lugar en que yo me ocultaba.
Cada golpe recibido solo me haría más bobo y más ignorante de mi paradero, a pesar de que esos golpes fueron furiosos por su inconcebible fracaso. Su furia se redobló cuando les respondí lo que había averiguado por los otros prisioneros, estoy en un centro de torturas que se llama Villa Grimaldi.
Finalmente supieron que había saltado los muros de una embajada y que ya nada podían hacerme, así me bajaron de una camioneta sin olvidarse de darme una patada de despedida y me dejaron allí en medio de la calle solitaria sin saber que hacer. Decidí ir a la casa de mis parientes pinochetistas para estar más protegido y, de paso, que vieran como me habían dejado.
Años más tarde supe que en Villa Grimaldi estuve encerrado en una celda del tamaño de este baño, pero no estaba solo, me acompañaban un viejo y un joven que no tuvieron la suerte que yo tuve. Ambos estaban muy malheridos. El aire era difícil de respirar y tuve que colocarme con las patas hacia arriba para poder acercar la nariz a la juntura entre el piso y la puerta por donde entraba un poquito de aire.
Contándole estas historias a una amiga de estas tierras me dijo – “seguro que tu rezas La Magnífica, o alguien la ha rezado por ti”– le dije que ni siquiera se rezar, pero sentía curiosidad por conocerla y le pedí que me la enseñara. –“Bueno, si quieres anotarla...” – y con voz de oración empezó–:
“Madrecita magnifica, yo te pido:
Haz que la mano enemiga no me toque
Qué mis pasos sean más veloces
 para que aquellos jamás me alcancen.
Qué el ojo enemigo no me vea.
Qué su oído no escuche ni mi voz ni mis pasos.”.
–Tienes que rezarla todas las noches y con mucha fe –fue su última recomendación–.
Yo no soy supersticioso, pero en este momento quisiera tocar madera tres veces, para que no me vaya a ocurrir alguna vez eso de caer preso, pero aquí  todo lo que me rodea es cemento, loza, azulejo, metal y plástico, ni siquiera la puerta es de madera. Estoy jodido, mejor debiera pensar en otra cosa, tratar de salir por ejemplo. Debe haber alguna manera, la ventilación quizás. He visto muchas películas en las que el héroe huye por el laberinto de la ventilación, pero aquí es pequeña y está en el techo casi inalcanzable para mi. Mejor descartarla de una vez.
Mi pensamiento se fuga nuevamente recordando a los muchos que no tuvieron mi suerte, que salí de Chile sin haber pisado una cárcel. Mi memoria los recuerda a todos y sólo acepta una trampa, a los muertos sólo los recuerdo de tarde en tarde y vivos y en nuestros mejores momentos, si no la tristeza me ahoga.
Mis ojos se detienen a observar la luz e instantáneamente el miedo me golpea ¿Qué pasará si la apagan? Si está encendida significa que hay alguien en la empresa, pero la angustia sube y aquí no hay nada que reconforte, que ayude a relajarse como el toc-toc que se escucha venir de una celda vecina y que significa tantas cosas, por ejemplo: “compañero”, o los mensajes que se pueden encontrar en los muros inútilmente tratados de borrar, para eliminar cualquier palabra de aliento escrita por el anterior eslabón de esa interminable cadena de prisioneros ¿cuándo romperemos para siempre esa cadena?
Aunque la luz no se fue, el miedo y la desesperación crecieron por su cuenta y me movieron finalmente de mi asiento. Me paré en él, llevé mi pie izquierdo hasta la manilla de la puerta y mientras buscaba un buen apoyo para hacer fuerza  me di cuenta que el amortiguador que cierra la puerta con suavidad podía ser desarmado. Era una pequeña bomba con un brazo que podía ser desatornillado. Contentísimo con mi descubrimiento, muy rápido lo desarmé sin saber exactamente que haría con ese tubo de metal. Pero una idea engendra la otra y la facilidad con que logré mi primer objetivo me entusiasmó para arremeter contra las bisagras. Con mi improvisada herramienta saqué una por una todas las bisagras y luego pude abrir la puerta usando el mismo instrumento como palanca.
Respirando hondo salí hacia el departamento de computación a recoger mis papeles; eran las diez y media de la noche según el maldito reloj de pared que no tenía ninguna culpa de mi rabia.
El frío cañón de una escopeta que alguien metió entre mis costillas, me hizo dar una salto. Eran los vigilantes, les expliqué lo más rápido posible que aunque no era empleado de esa empresa estaba allí porque ellos habían comprado una computadora y yo debía adaptar los programas hechos en Estados Unidos a las necesidades de ellos, que había comenzado esa misma semana, que por eso no me conocían y que no me siguieran apuntando que ya estaba suficientemente nervioso y que ahí estaban mis documentos
Debe haber sido demasiado larga y complicada mi explicación o quizás fueran extremadamente cortos de entendedera. Sólo les quedó claro que yo era extranjero, a pesar de que yo no lo había dicho.
–Así que eres argentino –me dijo el que se creía más vivo–. Me sorprendió tanto que no me reconocieran como chileno que me dio risa, lo cual en esas circunstancias solo podía empeorar las cosas. En efecto, procedieron a esposarme sin demasiada violencia porque yo no me resistí, después de todo era sólo un mal entendido fácil de aclarar. Me hicieron salir caminando entre ellos dos. Al bajar las escaleras el que se creía más vivo debe haberse sentido ofendido por mi risa, porque con disimulo me hizo una zancadilla solo por divertirse viendo como rodaba escaleras abajo con mis manos esposadas a la espalda. En el último escalón mi cabeza se azotó de lleno, ellos deben haber escuchado un golpe seco, yo sólo silencio y todo se volvió negro...
Abrí los ojos, me dolía la cabeza. Estaba en un cuartel de la policía. Sin duda, éste era mi "viernes negro"*.
 Juan, Caracas, mil novecientos ochenta y tantos 

* para los venezolanos de mi generación el viernes negro es el día en que se paralizó la actividad bancaria en espera que el tipo de cambio fijo de 4,30 bolívares por dólar pasara al sistema de cambio regulado por el mercado y que fue el preludio de penurias sin fin.

Vacaciones en El Vaticano



leer de preferencia después de Todos los Caminos Conducen a Roma
La sonrisa dibujada en la cara de monseñor no se borraba en ningún momento. En realidad fue sabio entregarle la tarea de explicar la forma en que entramos a la Nunciatura, a la única mujer del grupo. Ella no se puso nerviosa, a pesar que la sonrisa de monseñor no correspondía a la situación que si bien no era directamente dramática, si tenía un trasfondo muy serio. Yo trataba de darme una explicación silenciosa de lo que estábamos observando y se me ocurrió que el que había planeado todo y a lo mejor hasta era el autor del plano, era justamente quien escuchaba la historia con una sonrisa que ahora me parecía culpable. Culpable de haber inventado una mentira que ahora le tocaba escuchar pacientemente. Culpable como me sentía yo mismo de estar haciendo que esa compañera mintiera por todos nosotros.
-Los carabineros se habían metido debajo del techito que hay frente a la entrada de autos y nosotros vinimos por la otra punta y saltamos la reja, los cinco al mismo tiempo. Cuando ellos se dieron cuenta ya estábamos adentro y aunque nos apuntaron con sus armas no podían hacernos nada.- explicaba Marta al sacerdote. Una historia que hacía agua de principio a fin, pero que mantenía en resguardo la verdadera ruta de ingreso a través de la Embajada de Francia y que usarían pronto otros compañeros
Como diplomático que era, el cura, escuchó el relato sin hacer preguntas ni emitir juicios, solo esa sonrisa que estaba fuera de lugar. Luego nos pidió la documentación que llevábamos para poder hacer una solicitud escrita de asilo político y nos invitó a desayunar, lo que nos sonó simplemente maravilloso, después de una noche en la que no pegamos los ojos ni un momento.
Después a cumplir con la burocracia, hacer nuestra solicitud manuscrita y presentar los papeles que teníamos. El que no tenía nada, nada de documentación era un compañero que se había escapado del campo de concentración de Ritoque. Yo al menos tenía mi carnet escolar y mi visa para viajar a Suecia, el carnet de conducir y mi cédula de identidad los había hecho desaparecer poco tiempo atrás, cuando mi hermano me dio los suyos.
Una vez terminada la burocracia inicial, fuimos a lo doméstico y tomamos posesión de un departamento que contaba con una pieza y un baño que estaba fuera del edificio de la embajada y que parecía destinado a un cuidador, el cual estaba desocupado y fue rápidamente “amoblado” con cinco colchonetas con sus respectivas frazadas, las cuales inauguramos rápidamente con una siesta para recuperarnos un poco de la noche insomne y fría que habíamos pasado.
De a poco fuimos intercambiando nuestras historias, con mucha desconfianza por supuesto, como podíamos confiar en un fugado de un campo de concentración, cosa poco creíble en un país que era una prisión del tamaño del territorio. Nadie había oído hablar de una fuga exitosa por aquel tiempo, pero también queríamos creer que era posible y preguntábamos lo menos posible. Cada uno contaba lo que quería y ocultaba otro tanto.
Esa misma noche iniciamos una vigilia en espera del segundo grupo que debía llegar dentro de poco, usando la misma ruta que habíamos estrenado nosotros. Sabíamos el camino y la hora que debía ser cercana al toque de queda, pero desconocíamos el día de la operación. Tuvimos que esperar unos días para que se materializara la llegada de los otros compañeros. Esto nos había mantenido expectantes y preocupados. Entretanto habíamos aprendido a jugar a las bochas un juego italiano que se parecía un poco a la rayuela, pero que no se jugaba con tejos sino con unas bolas de madera y monseñor nos llevaba todos los días El Mercurio que nos repartíamos, leíamos, comentábamos e intentábamos hacer análisis de la situación política a partir de esa información incompleta sesgada y manipulada, pero que era la única información con la que contábamos.
Cinco noches después llegó un grupo de nueve compañeros que era menor a lo que esperábamos. Nos reunimos para explicarles a los recién llegados que era lo que debíamos hacer cuando nos enteramos que el grupo que había llegado era solo la mitad, había otro grupo de nueve compañeros que ya deberían estar allí porque habían salido antes que ellos. Esto nos alarmó a todos, porque no entendíamos que podía haberles pasado. Nos quedamos despiertos y vigilantes en espera de que en algún minuto llegaran los que faltaban. A mí me preocupaba muchísimo que entre los nueve recién llegados no hubiera ninguna cara conocida.
–¿Aquí es la Nunciatura?– preguntó un chico con más cara de despistado que ninguno. No sabíamos distinguir si era del grupo de los nueve recién llegados o no, pero  la pregunta a esas alturas era extraña, no correspondía.
–Si weón –respondió el negro y echando la talla, agregó: –Yo soy el Nuncio.
El chico se devolvió unos pasos se trepó a la tapia por donde habíamos ingresado y lanzó un chiflido como para despertar a toda la manzana.
–Vengan acá, aquí es la Nunciatura– dicho esto se descolgó del muro y fue a conversar con nosotros que lo abrazamos y recibimos como compañeros.
–¿Y cuál de ustedes es el Nuncio? –preguntó el chico haciéndonos reír  a todos, porque a esa hora solo queríamos relajarnos después de tanta tensión–.
Finalmente, el grupo había llegado y de a poco nos fuimos enterando de lo que había pasado con los nueve que se hicieron esperar. Ellos, como todos, entraron por la Embajada de Francia, pero luego saltaron hacia otra casa que no era la Nunciatura, pero era grande y estaba vacía, la recorrieron en silencio y encontraron una libreta de teléfonos con la insignia de Carabineros, eso que debería haber bastado para que salieran rajando de ese lugar, fuera de toda lógica, les picó la curiosidad y se pusieron a buscar documentos, información que le serviría a nadie. Así encontraron documentos que nos hicieron pensar que estuvieron en la casa de un General de Carabineros. Por cierto, las mansiones de ese barrio obligaban a pensar que sólo un General podría darse ese lujo.
Luego habían saltado a otra casa por suerte también vacía y luego de comprobar que no había nadie, se asomaron a una tercera casa, donde si había luces y un perro que ladraba diciendo claramente que esa no era la Nunciatura, las explicaciones eran muy claras y no mencionaban a ningún perro. En ese punto habían decidido retroceder hasta la Embajada de Francia y enviar un explorador saltando una muralla distinta a la de la primer intento. Este explorador era el chico que se había encontrado con nosotros.
A alguien se le ocurrió que nos contáramos para estar seguros de que no faltaba nadie. Éramos 23, la cuenta estaba correcta, solo faltaba decidir quién le diría la mentira al cura. El chico se ofreció de voluntario. Preparó bien su historia, que era aún más inverosímil que la anterior, porque 18 personas saltando la reja que ahora estaba custodiada por 2 parejas de carabineros hubiera terminado con una masacre. Sin embargo, esta vez monseñor no hizo preguntas, les dijo que tenían que hacer una solicitud escrita de asilo y nos invitó a todos a desayunar. Las tazas alcanzaron para todos al igual que el pan y el queso, por lo que seguí sospechando que él era parte de la operación. No hice ningún comentario sobre esto, si tenía razón era mejor que nadie sospechara que contábamos con la ayuda del Secretario de la Embajada del Vaticano.
Un final feliz para una noche tensa que pudo terminar en un drama más, de los miles que vivió Chile en esos años.

Todos los caminos conducen a Roma

Dedicado a Sonia Monreal a quien nunca di las gracias
Me puse unos calzoncillos y encima me puse otros calzoncillos, luego pensé “ahora puedo decir con justicia que llevo un par de calzoncillos”, pensé eso nomás porque no había tiempo para divagaciones de esas que se me dan tan bien. Luego me puse un par de calcetines y encima otro y no pensé nada al respecto porque ya había llegado alguien a buscarme, aunque tuve conciencia que lo que estaba haciendo era una típica solución Schilling.
Soluciones Schilling® es la marca registrada de ciertas formas originales –a veces acertadas, otras no tanto- de resolver problemas sencillos y cotidianos. La primera de estas creaciones que recuerdo debe haber sido cuando tenía unos tres o cuatro años. Era verano en el campo y mi hermana mayor y un primo habían planeado una excursión. Yo no me la quería perder ante todo para ir con los grandes, pero también porque irían al Cerro de la Cruz y por ahí había un eco bien conversador que a mí me fascinaba. También había una vertiente donde prepararíamos agua con harina tostada y azúcar para acompañar unos sanguchotes que contendrían una variedad impresionante de ingredientes en una combinación bastante original, algo así como mantequilla, miel, queso, manjar y quesillo, si es que me acuerdo de todos..
El problema, entonces, era que no me sabía vestir solo y mi hermana mayor no iba a hacerlo. La solución era fácil, me tenía que poner el piyama sobre la ropa y así al día siguiente bastaría sacarme el piyama y estaría listo para salir. A veces una idea brillante se echa a perder por una exageración, parece que en esta ocasión ese fue el caso porque en medio de la noche desperté muy incómodo, casi no podía moverme y con una sensación extraña en todo el cuerpo. Me dio miedo y llamé a mi mamá para que me ayudara y ella descubrió que estaba durmiendo con zapatos. Eso me pasó por llevar las cosas demasiado lejos, en caso contrario, todo hubiera andado bien.
Hago un esfuerzo y mi mente regresa al presente que está fluyendo en forma acelerada. El problema, en este momento, es llevar una muda de ropa sin ocupar las manos que deben estar completamente libres en esta excursión que me llevará mucho más lejos que al Cerro de la Cruz de mi infancia. Pensé en que podía haberme puesto un tercer par de calzoncillos, pero los que usaba eran de esos chiteco bien gruesos y quizás empezaría a caer en la exageración y ya había aprendido algo sobre eso.
Terminé de vestirme con una polera y una camisa, un suéter y una chaqueta liviana. En la sala me esperaba un cura vestido de negro, con una camisa con cuello redondo y una biblia grandota. Apenas estreché su mano hice la pregunta más estúpida del mundo: ¿usted es  cura de verdad? Fue de esas que uno no termina de pronunciar y ya se ha arrepentido tres veces. Sin embargo, el no se lo tomó mal, sino que lo encontró divertido o aprovechó la ocasión para bromear, reírse y bajar la tensión que tenía todo el asunto. Yo creo que la culpa la tuvo mi jefe que andaba con una pinta parecida y dentro de la biblia llevaba una Colt 45. Por supuesto, mi jefe nunca fue cura.
- ¿Y a cual embajada nos vamos?- Dije, para seguir con las preguntas inteligentes.
- No te preocupes, todos los caminos conducen a Roma- respondió dándoselas de enigmático y agregó- Vamos pronto al carro, queda mucho cosa para hacer- y ahí mismo me di cuenta que además de cura era gringo.
Abracé a mi prima Sonia y le dije al oído que la pistola de Octavio estaba en el cajón de mi velador y partí con el cura.
El “carro” era una citrola bastante rasca que pasaba piola, pero no serviría para arrancar si era necesario. Para pensar en otra cosa le pregunté de cuál congregación era.
- Maryknoll, no es muy famosa en Chile, pero en Estados Unidos es importante.
Tuve que reconocer que jamás la había oído nombrar, pero eso no era extraño porque las cosas de la Iglesia no eran mi fuerte.
Por suerte, llegamos pronto a un convento o algo así, que quedaba en el barrio Providencia, donde conocí a quienes serían mis compañeros de aventura: tres hombres y una mujer, jamás había visto ninguno de esos rostros, lo cual me extrañó y me inquietó. Otro poco de adrenalina no me venía mal para enfrentar lo que viniera.
Mientras tomábamos once, el cura que me había recogido nos explicó que éramos los cinco más complicados de un grupo de unos treinta que tenía que ingresar a la Nunciatura Apostólica –la embajada del Vaticano por si no lo saben- el problema principal era que por fuera de la embajada había vigilancia policial –dos pacos de punto fijo y con metralletadijo en perfecto chileno.
El plan que nos explicó era simple e inteligente. Atrás de la Nunciatura estaba la Embajada de Francia que ya no recibía refugiados y por eso no tenía vigilancia policial, además el acceso era por una calle bastante secundaria donde no habría muchas personas circulando. Tendríamos que escalar por el portón de metal y guiándonos por un mapa, que nos entregó en ese momento, debíamos ubicar la muralla divisoria con la Nunciatura, saltarla y quedar esperando hasta el día siguiente y cuando llegara un cura debíamos pedirle asilo. En la Embajada de Francia había un cuidador que sabía lo que haríamos y no escucharía absolutamente nada. Seguramente era él quien había hecho el mapa que llevaba en el bolsillo de mi camisa.
Nuestra versión debía ser que entramos por la reja del frente de la Nunciatura Apostólica, en un descuido de los carabineros que la custodiaban. De este modo guardaríamos el secreto del acceso a través de Francia porque el segundo grupo debía ingresar por la misma ruta.
Los organizadores de la operación darían la noticia de nuestro asilo a las agencias internacionales de noticias, para hacer más improbable la acción de la Dina que temíamos llegase a violar la inmunidad diplomática.
Todo se veía bien, la hora de partida debía ser apenas empezara a obscurecer para que no nos sorprendiera el toque de queda que debe haber sido a las 10 de la noche. El vehículo: una Volkswagen Combi medio hippie. El chofer: el cura gringo.
El plan estaba bien pensado, la distancia que recorrimos fue pequeña, apenas algunas cuadras hasta llegar a la Embajada de Francia. La Volkswagen se detuvo justo frente al portón negro.
- Ahora deben saltar el portón y guiarse con el mapa. ¡Qué Dios los bendiga!
Esa fue toda la despedida. Nosotros bajamos en silencio, murmuramos un adiós y nos enfrentamos a un portón altísimo y muy liso, no había de donde agarrarse, no sabía como iba a subir cuando un grandote me agarró y me lanzó hacia arriba con tal fuerza que casi paso de vuelo hasta el otro lado. Me alcance a tomar del borde y dejarme caer al otro lado sin problemas. La primera barrera había sido superada.
Los cinco estábamos bien y del lado correcto del portón. El cuidador tiene que haber sabido muy bien eso de hacerse el sordo, o quizás era sordo de verdad, eso no lo explicó muy bien el cura. El portón metálico había sonado como cinco truenos de la mejor tormenta que pudieramos imaginar y nadie dio señales de vida. Yo tenía el mapa y trataba de entenderlo, pero no correspondía exactamente con lo que veíamos. Seguramente el mapa no había sido dibujado por el cuidador, sino por alguien que lo había hecho de memoria y que no tenía tan buena memoria porque la muralla señalada no iba dar a la casa de atrás como nos habían explicado sino más bien a una casa del lado. Expliqué mi teoría a los demás y estuvieron de acuerdo. Decidimos entonces saltar a la casa de atrás, aunque no fuera la ruta señalada en el mapa.
Llegamos a una especie de parque con grandes árboles, donde había una cancha de bochas, más allá había una mansión que parecía deshabitada, un jardín con rosas y un enorme césped que invitaba a jugar una pichanga, todo esto terminaba en una reja y luego la calle donde dos carabineros armados con subametralladoras Karl Gustav se paseaban lentamente.
Este último detalle nos confirmó que habíamos tomado la decisión correcta. Sólo nos quedaba ocultarnos entre los árboles y esperar la llegada del día. La noche fue larga, el amanecer lento. El primero en cruzar la reja fue un hombre alto delgado y de piel muy obscura, casi negra. Pensé que era africano, pero su rostro era muy fino y sus rasgos definitivamente europeos. Correspondía a la descripción del Secretario de la Embajada, es decir el segundo después del Nuncio.
Nos presentamos ante él y le contamos la historia que teníamos preparada.
Neandro

La partida



El Mercedes negro del Nuncio Apostólico, con sus metales pulidos y brillantes,  iba con feroz escolta: un carabinero en moto abría la comitiva, otros dos en cada flanco y atrás una patrulla. Sin embargo, a bordo no viajaba monseñor. Al volante iba un señor correctamente vestido de chofer, a su lado el Secretario de la Embajada, un cura indio que había sido nuestro anfitrión durante el mes que estuvimos en la embajada, vestía un impecable terno negro y el cuello blanco cerrado que indicaba que era un sacerdote. Era la primera vez que lo veíamos vestido así. Para bajar un poco la tensión nos explicó: “este cuello redondo como los grillos de hierro de los esclavos, representa que soy un siervo del Señor, pero en este caso lo uso para hacerme respetar un poco más por estos señores de verde”. En el asiento trasero, forrado en cuero negro de verdad, íbamos los tres refugiados que abandonábamos la Nunciatura con nuestros respectivos salvoconductos, sintiéndonos pequeñitos y con el alma apretada en ese enorme auto y rodeados de tantos policías.
A pesar de la niebla de esa madrugada, podíamos ver las caras de los que  iban en la patrulla que nos seguía y a veces la de algún motorista que se rezagaba. Todos los rostros eran de piedra y no conocían la sonrisa. Con el tiempo supe que el 27 de abril era el Día del Carabinero y deben haber estado muy choreados por haber tenido que madrugar para escoltar a tres terroristas de mierda que volaban hacia la libertad, en lugar de llevarlos a algún obscuro lugar donde se encerraba y torturaba a los prisioneros en aquel año terrible de 1975.
A mí me preocupaban más otros señores sin uniforme que deberían estar esperándonos en la aduana y aunque sabía que las cosas no estaban como para que la dictadura quisiera comprarse un problema internacional, secuestrando a tres jóvenes (dos mujeres y un hombre) que se encontraban bajo la protección diplomática de El Vaticano, no pasaba por alto el hecho que el Nuncio no estaba presente y nunca fue a la embajada para no tener contacto con nosotros por lo que suponíamos que era derechista, algunos aseguraban que era Opus Dei, pero en realidad no teníamos idea.
Para distraerme, si es que eso era posible, mi mente que tiene mucha autonomía voló a la noche anterior que fue noche de despedida. Habíamos logrado organizar un pequeño carrete. Los que nos íbamos vaciamos nuestros bolsillos de los escudos que serían inservibles fuera de Chile y se hizo una cucha que permitió contrabandear unas botellas de pisco que tomamos agregándole chorritos al mate que nos servía para conversar cada noche y para variar tuvimos unos sánguches de queso de ese que regalaba Cáritas, que no era malo, pero después de un mes ya nos estaba patiando un poco.
La variación de esa noche fue que una bruja dijo que sabía ver la suerte con el naipe y por cierto los tres que partíamos teníamos que enterarnos de lo que nos depararía el destino. La cosa era fácil, a todos nos salía un largo viaje que se iniciaría muy pronto, para lo cual no se necesitaba una cartomántica ni tampoco un naipe. La bruja me dijo también que un familiar cercano tendría problemas con la justicia, cosa que aunque no era tan segura como el viaje, tenía una alta probabilidad de ser cierta. Le contesté que en todo caso sería con la Injusticia, porque en Chile la Justicia había desaparecido hacia tiempo, para oponerme así de alguna forma a su vaticinio, pero guardé en mi corazón el temor de que fuera mi padre quien sufriera la venganza de la DINA y sabía que eso significaría muy probablemente su muerte debido a la enfermedad coronaria que ya le había provocado un infarto un par de años antes.
Al final de la sesión cartomántica teníamos la posibilidad de hacer una pregunta que las cartas responderían como un oráculo con un o con un no, sin posibilidades intermedias.
Cómo temía por mi padre, lo lógico era preguntar si sería él quien tendría problemas con la Injusticia, pero no quería saber si pasaba eso así que hice la pregunta chueca: ¿Será mi hermano el de los problemas? Y las cartas dijeron: . Mi preocupación bajó un poco total mi hermano era más joven que yo y tenía buena salud y por último las cartas eran solo un juego para hacer pasar la noche sin dormir. En noches como ésa el amanecer se hace esperar un poco, pero al fin llega y con él los treinta y tantos abrazos y las hermosas palabras de despedida.
La velocidad que llevábamos era demasiado lenta, o al menos eso me parecía y me hacía temer que perdiéramos el avión, aunque eso no era lo más grave que podría pasar, pero los pacos se desplazaban con lentitud deliberada, ¿Querrían que perdiéramos nuestro vuelo a la libertad o simplemente la espesa niebla, que parecía aumentar en la medida que nos internábamos por Barrancas alejándonos de Santiago, no les permitía ir más rápido? Fue, sin duda, un largo viaje el que hicimos entre la Nunciatura que quedaba cerca de Plaza Italia y el aeropuerto de Pudahuel.
El primero en bajar del auto fue el Secretario de la Embajada quien abrió una puerta trasera y nos pidió que todos bajáramos por ese lado no quería que nos alejáramos ni un metro de él, y así nos condujo a una sala donde me abrazó mi familia en pleno: mi madre, mi padre, mis dos hermanas y mi hermano. Las mujeres lloraban y los hombres tragábamos saliva. Les pedí que dejaran las lágrimas para cuando hubiera partido el avión para que aprovecháramos mejor el tiempo. Por suerte me hicieron caso porque estaba a punto de contagiarme y dar un lamentable espectáculo delante de los agentes de la DINA que debían estar por ahí y que serían fáciles de reconocer porque estarían echando espuma por la boca porque se les escapaban tres codiciadas presas.
Me entregaron una pequeña maleta con mi ropa, un billete de $ 50 dólares (SIC) que era todo lo que habían podido reunir y como estaban conscientes de que era muy poco lo acompañaron con un reloj de oro de mi madre un anillo de mi hermana mayor las colleras y un recuerdo del bautismo masónico de mi padre.
Mi hermano me contó que había estado como 10 días en Villa Grimaldi, que no le había pasado nada y que memorizara algunos nombres de compañeros que se encontraban allí, así que anoté en mi mente varios nombres que ahora no recuerdo.
Le conté lo de la bruja, él se rió y estuvo de acuerdo conmigo, en que en realidad había tenido problemas con la Injusticia. Después se puso serio y me dijo: “con el destino no se juega”. Años después me contó una versión más realista de su paso por Villa Grimaldi. Yo pasé mucho tiempo sin volver a verme la suerte.
Cuando partió el avión deben haber rodado un par de lágrimas por mis mejillas, pero Mateo ya estaba ocupado en la escala que haríamos en Río de Janeiro donde nos podría acechar el próximo peligro.
Neandro

El suicidio y el destierro



Dedicado a Neandro Schilling
Recién pisaba la losa del aeropuerto de Arlanda en Estocolmo cuando me suicidé.
Fue casi lo primero que hice cuando caminaba muy desorientado siguiendo al rebaño que se bajaba del avión de SAS. Una sueca que medía como dos metros se abría paso con alguna dificultad caminando contra el tránsito directamente hacia mí como si me conociera y me saludó de manera curiosa: ¡Hola Yúan! Así mismo colocando el acento en la “u”. Me la debo haber quedado mirado de manera extraña porque vaciló e insistió: Tu eres Yúan ¿Verdad?, yo confirmé brevemente: “Sí, soy Juan”, aceptando el nombre que ella me proponía, pero pronunciándolo correctamente.  Eso fue suficiente para que ella se agachara, me abrazara, me besara y dijera: “Bienvenido al Reino de Suecia” y otras cosas de ese estilo protocolar en nombre de su gobierno.
Antes de encontrarme con mi maleta, la funcionaria ya me había entregado un fajo de billetes y un vale para comer esa noche y por supuesto sacó un recibo para que lo firmara. Tomé el lápiz y escribí “Juan Schilling”. Ese fue el momento del suicidio. No sé qué pasó por mi cabeza, pero no coloqué el garabato que empezaba con una ene de Neandro y que había sido hasta ese momento, mi firma.
En rigor este relato debería terminar aquí, pero …
 con ese pequeño acto de firmar el recibo, no solo se había suicidado el joven Neandro, sino que había puesto en escena a un nuevo personaje que aún existe y sigue firmando como lo hizo ese día 28 de abril de 1975 en el aeropuerto de Arlanda.
Luego pasamos por la policía internacional donde tuve que firmar no pocos papeles cosa que hice con mucha más propiedad que al firmar el recibo, momento en que aún la mano que empuñó el lápiz tenía dudas. El paso por la policía fue más rápido que lo que podía suponer alguien que no portaba cédula de identidad ni mucho menos pasaporte, sino solamente el carnet escolar de la Universidad Técnica del Estado, muy práctico para pagar tarifa reducida en Santiago, pero de dudosa utilidad en un largo viaje internacional.
La visa que portaba también era medio rasca, no tenía la firma del embajador porque Harald Edelstam había sido declarado persona non grata por la dictadura en diciembre del 73, la firma era del encargado de negocios, Carl Johan Groth. La habían conseguido mis padres con muchísima suerte y corriendo riesgos enormes.
En el interrogatorio que realizó la policía respondí usando mi nombre completo “Juan Neandro”. Era la última resistencia de Neandro, su agonía quizás.
Juan había nacido en ese momento y aunque todos lo trataran como a un exiliado, en realidad no se sentía como tal, no estaba atado al pasado, sino que venía a conocer un mundo nuevo, a aprender un nuevo idioma, a aprender a vivir solo. Aunque eso de vivir solo es una exageración, porque Juan y Neandro gozaban de la compañía de Mateo otro personaje muy importante en esta historia que ya parece de personalidades múltiples.
Mateo fue alguna vez un nombre político, una chapa, una medida de seguridad de cualquier militante revolucionario, por cierto hubo otras chapas que fueron solo eso y aunque a algunas las recuerdo con cariño, ninguna alcanzó la estatura de Mateo, mi superhéroe favorito, un tipo audaz, imparable, un hombre de acción en toda la extensión de la palabra. Mateo jamás estuvo exiliado, solo se encontraba en la retaguardia y volvería al frente cuando él lo decidiera. Él no estaba en ninguna lista de proscritos que no podían ingresar al país como Neandro e incluso el propio Juan. Su mayor debilidad es que no conocía el miedo, y el miedo es muy necesario para la supervivencia. También es un tanto fanfarrón: le gustaba decir que aún no se había fundido el metal para hacer la bala que le quitaría la vida. Por suerte no decía que era inmortal, aunque me sospecho que está fabricado con materiales no perecibles. En todo caso, lo más importante es que Mateo ha sido para mí una excelente compañía y me ha sacado de alguna situación difícil en no pocas ocasiones.
Si escribiera la saga familiar tendría que empezar con la historia de mi bisabuelo Johann Ernst, quien al llegar a Chile en 1869 se hizo llamar Juan, no sé si habrá sido al pisar tierra en el puerto de Talcahuano y pasar por la aduana o cuando se enamoró de mi bisabuela. Lo que sé con certeza es que cuando llegó desde Alemania tenía 24 años, los mismos que tenía Neandro al pisar tierra europea. Una pequeña simetría en el nacimiento de dos Juanes adultos.
Finalmente, llegué al pequeño hotel en el centro de Estocolmo donde tuve que registrarme. Ya no tuve dudas para firmar. Neandro había desaparecido completamente.
Neandro en el futuro sería solo un fantasma que recibía cartas desde Chile y las respondía con la vieja firma que empezaba con un garabato parecido a una ene.
Juan