El Club de los Juanes Schilling



Para Juan Schilling, el más reciente miembro del Club
El Club de los Juanes Schilling es una entidad de hecho. Los miembros de dicho Club comparten el nombre, pero jamás se han reunido ni manifestado su deseo de pertenecer al mismo y la mayoría de ellos negarían de corazón la existencia del Club. Don Johann Schilling lo fundó en el momento de suicidarse al pisar suelo chileno y renacer en el acto con el nombre de Juan Schilling, eso sucedió por allá por 1869 en el puerto de Talcahuano. Por su indudable importancia, al interior del Club se lo conoce como El Gran Juan.
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Juan Schilling, nieto de El Gran Juan, me contó esta historia:
Era Enero del Año de la Espinilla (1929), había cumplido 14 unos meses atrás, cuando partimos de veraneo a las Termas del Flaco en la cordillera colchagüina. Me entusiasmaba la idea porque ahí había muchas rocas hermosas y algunos fósiles de bichos marinos lo cual era fascinante. Allá me gustaba subir a un lugar alto mirar ese paisaje montañoso y tratar sin éxito de imaginar que aquello alguna vez fue el fondo de un océano sin nombre, porque entonces no existía ningún ser humano capaz de bautizarlo.
El verano anterior conseguí una pequeña colección de piedras y seres petrificados que consideraba mis tesoros. Ahora todo podría ser mucho mejor, la diferencia la hacía una picota de geólogo que me habían regalado para navidad y que estaba ansioso de estrenar haciendo que algunas rocas enormes me entregaran los misteriosos fósiles que ocultaban.
Don Casimiro, un viejo que vivía casi todo el año en el pueblito, me había contado que en un cerro cercano había unas huellas de dinosaurio y pretendía que me llevara a verlas porque con seguridad allí encontraría algún huevo de dinosaurio que con mi picota no se me resistiría.
El primer día, la instalación en la casona que habían arrendado por dos meses, me mantuvo ocupado y no pude salir, pero el segundo día me escapé temprano a visitar a Don Casimiro. Le mostré mi nueva picota y desplegué toda mi locuacidad para convencerlo de que me llevara a conocer las huellas de dinosaurio.
- No Juanito, esas huellas están en un muro de rocas muy peligrosas y si lo llevo sé que usted no va aguantar las ganas de subir y para eso se necesita algo más que su picotita- me respondió con la calma que lo caracterizaba.
Se quedó mirándome un buen rato y debe haber notado la profunda tristeza de mis ojos, porque me sonrió y me dijo que podía llevarme a otro lugar menos peligroso, pero donde igual podría encontrar algunas maravillas de esas que me gustaban tanto. Así que partimos caminando a un paso lento con un ritmo parejo que nos permitió recorrer una gran distancia por una huella de arrieros.
- Cuando la excursión es larga, el paso no debe ser muy rápido, pero debe ser parejito- fue el consejo que me dio el viejo.
Continuamos caminando hasta un punto donde el sendero llegaba hasta una gran roca.
- Por aquí es la cosa Juanito, ve esta veta que hay aquí, son puros bichos petrificados de esos que a usted le encantan, más allá hay un derrumbe donde este material está suelto y no va a necesitar ni la picota para sacarlo.
En efecto llegamos pronto al derrumbe y Don Casimiro se despidió de mi pidiéndome que tuviera cuidado y no me alejara mucho de ahí y que al regresar pasara por su casa a mostrarle lo que había encontrado.
Me puse a registrar el derrumbe y encontré unos preciosos trilobites petrificados de un material pesado, le acerque mi brújula y claro la aguja reaccionó a la cercanía del fósil confirmando mi sospecha: eran de mineral de hierro. Lo que había encontrado ahí bastaba para llenar la mochila y volver bien cargado hasta la casa de Don Casimiro, pero ahí estaba la veta llamándome e incitándome a usar la picota. Parece que no me gustaban las cosas fáciles.
Llegué a una parte donde el terreno empezaba a descender alejándose de la veta, pero en la misma roca había un zócalo que me permitía seguir a una buena distancia de mi objetivo al que le iba quitando amonites de hierro y otros bichos cuyos nombres no había aprendido aún, pero que parecían choros zapato del número 45 por lo menos, así me fui alejando del terreno firme sin darme cuenta, perdiendo también la noción del tiempo que transcurría.
Mi pié derecho sintió de pronto que el zócalo cedía y se derrumbaba, de alguna parte de mi cerebro surgió la respuesta justa, mi mano derecha lanzó un picotazo con todas mis fuerzas contra la pared rocosa y se clavó hondo, solo que removió una piedra que se estrelló contra mi cabeza que resultó ser lo suficientemente dura para aguantar el peñascazo y en ese momento el dolor que tuve no me preocupaba. Miré hacia abajo y vi un verdadero abismo que ya había sospechado por el ruido de las piedras al caer.
Mi situación era complicada. Me encontraba apoyado en mi pierna izquierda sobre el zócalo que no había cedido y casi colgando de mi mano derecha que asía la picota con todas mis fuerzas, mientras mi mano izquierda buscaba a tientas algo donde agarrarse, me quedé inmóvil quizás paralizado de terror. Luego recordé que a los 14 uno es inmortal y empecé a hacer pequeños movimientos rotatorios con el pié izquierdo en ambos sentidos, quiero decir en el de los punteros del reloj y en el contrario, para dejar espacio donde poder colocarar el derecho, después de una eternidad logré apoyar ambos pies y desclavé la picota para volver a clavarla más hacia la izquierda, esta vez sin provocar ningún desprendimiento que pudiera aterrizar en mi cabeza.
Con infinita paciencia pude deshacer el camino y volver a pisar terreno seguro. Las piernas me temblaban tanto que me tuve que sentar y desde lo alto vi por primera vez el paisaje como el fondo del océano sin nombre que alguna vez fue, un suave olor a algas flotaba a mí alrededor y el viento imitó por un momento el sonido de las olas, pasé la lengua por mis labios y sentí el sabor de la sal...
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Es difícil imaginar cual hubiera sido el destino del Club si Juan Schilling, el nieto del fundador, se hubiera estrellado contra el fondo del mar a la temprana edad de 14 años. Sólo una cosa es segura: los actuales miembros del Club no habrían existido.
                                                                       Juan Schilling, bisnieto de El Gran Juan

Caregato

       Soy un muchacho como todos, sólo que por mal nombre me llaman Caregato, no sé si será por estos ojos que me quedan grandes o porque mi cara es muy pequeña según dicen.
       Mi madre me trajo a La Leona, poco después de la muerte de mi padre, le pidió a mi padrino que hiciera de mí un hombre y se marchó para siempre. Me dejó solo, con una tristeza y un dolor tan grandes, que aún me moja los ojos, hablar de ese momento. Yo era pequeñito, pero me acuerdo.
        La Leona, con sus gringos, sus trabajadores y todo lo demás, no era un mal lugar. Empecé a quererlo despacito, casi sin darme cuenta, como se hace con las cosas que llegan a amarse de verdad.
        Yo suponía que todo el mundo amaba mi bello pueblo, por eso no podía creer cuando escuché que nos marchábamos, que se había terminado el trabajo, que destruirían La Leona.
       Tampoco puedo creer, lo que en este momento están viendo mis ojos... esas máquinas están demoliendo las casas, no comprendo, solo sé que siento un dolor tan grande como cuando mi madre me abandonó en La Leona.
Caracas, 22 de abril de 1983

Hoy , Miércoles 5 de Octubre de 1988



Hoy hice la cimarra, claro que no estoy seguro de si califica como tal, no asistir al Taller de Crónica con Earle Herrera y sobre todo si ya tienes 39 añitos, pero ustedes entienden: no fui a clases a pesar de que es uno de mis géneros favoritos y el profe es el mejor cronista de Venezuela.
Allá lejos, en mi país el dictador cumple con un rito democrático que le impone su propia constitución. Esta situación nos ha hecho pasar por todos los estados de ánimo imaginables desde que "es imposible que pierda" hasta "cómo sabes si pasa algo" contrarrestado por el escepticismo del "si pierde da un autogolpe y listo". Yo hace tiempo había dejado de tomar caldo de cabeza y sin pasarme rollos me había dedicado a estudiar, trabajar, ser esposo y padre, con todo eso por hacer cada día me había alejado de los chilenos que vivían dedicados a hablar de Chile reuniéndose con mucha frecuencia y sin ningún resultado. Un par de días antes había recibido una carta de mi padre me hablaba con más soltura que de costumbre, sin poner tanto cuidado en lo que decía. Esta vez no era necesario leer entre líneas, me contaba sin miedo y con cierto orgullo que mi hermano estaba de apoderado del "NO" y que el mismomi papálo hubiera hecho si mi mamá no lo cuidara tanto y nombraba a otros amigos radicales y viejos como él que también se habían anotado para cuidar los votos del "NO". Me decía también que si no respetaban el resultado sería peor para los milicos.
Por eso, hoy no voy a clases, aunque el taller es obligatorio porque tiene nota, pero como nunca falto le diré la firme al profe y le pediré que me dé oportunidad de recuperarlo. Iré con mi compañera y mi hija venezolana que recién ha entrado a la escuela a reunirme con los chilenos que han arrendado en el corazón de Caracas, un salón en Parque Central para vivir con ellos la guerra de los números entre el "SÍ" y el "NO". Es lo menos que puedo hacer, darme permiso para soñar, volver a juntar mi rebeldía y abandonar la retaguardia.
La cosa está admirablemente bien organizada, el salón es amplio, cómodo y alfombrado lo que nos permite dejar a los niños que se desparramen por el suelo, jueguen y se desentiendan de nosotros y nosotros de ellos lo que es excelente cuando nos preparamos a pasar algunas horas en este lugar.
En el escenario hay 2 pizarras colocadas una en cada extremo, una para el Comando del "NO" y la otra para la información del gobierno y al centro un micrófono en el que se turnan unos nerviosos locutores. La comunicación con el Comando del "NO" esta garantizada, se dice que hay 2 centrales de cómputos paralelos del "NO", una pública y otra secreta para que la información no se pierda si la central pública es atacada y destruida. No sé si creer tanta maravilla, pero la mayoría la cree y es tan lindo que no importa.
Mientras chascarreamos las pizarras van mostrando información que es explicada por locutores que se las dan de analistas. La pizarra del Comando del "NO" muestra desde el primer minuto que el "NO" va ganando, por un margen importante, pero no exagerado. La pizarra del gobierno se mueve con mucha lentitud, los datos que entrega son favorables al "SÍ", pero sobre un universo insignificante.
Cerca de las once de la noche los niños ya se han dormido, la pizarra del "NO" supera el noventa por ciento de los votos escrutados y se mantiene el triunfo del "NO" lo que nos da una alegría inimaginable, algunos lloran otros reímos como locos. Pero el cómputo oficial no crece, se empantana en el trece por ciento y da por ganador al "SÍ" por estrecho margen. Eso puede significar solo una cosa que los analistas no se atreven a decir: el gobierno no quiere reconocer los resultados.
Con esa angustia estamos cuando un locutor con mucha cara de circunstancia y pidiéndonos disculpas nos comunica que debemos abandonar el salón porque está arrendado hasta las 12 de la noche y ni un minuto más porque mañana es jueves y hay que trabajar temprano. Protestamos que no podía ser, que nos dejaran otra horita más que podíamos hacer una vaca para pagarle al auxiliar, que podíamos hacer el aseo para que no tuviera problemas, pero el señor es implacable, llama a seguridad, a la PTJ y no sé a quien más y tenemos que desalojar la sala antes de que llegue la Guardia Nacional que es cosa seria.
Así nos vamos a dormir hoy: sin saber quién ha ganado el Plebiscito.
Mañana le entrego este texto al profe y listo, creo que puede pasar como crónica, aunque en eso de los géneros periodísticos nunca se sabe.
Juan Schilling

Intentando matar el tiempo o Vacaciones en el Vaticano II

Dedicado a Lumi Videla y Guillermo Cornejo

La primera semana había sido de espera. Espera de los compañeros que debían llegar y llegaron bien, a pesar de los peligros en que estuvo el último grupo. La segunda semana fue de organización. Todos tenían experiencia de participación en organizaciones políticas y sociales, así que se inventaron tareas para todos. Yo no quería asumir ningún papel destacado. Mi intuición me llamaba a mantener un perfil bajo, por eso me propuse para organizar un campeonato de bochas ya que me había aficionado bastante al jueguito italiano que era la mejor forma para matar el tiempo durante esas vacaciones en el Vaticano. En realidad a poco andar comprendí que la entretención para un grupo numeroso obligado a convivir en condiciones difíciles era una de las cosas más importantes que existían en ese momento.
Por ahí aparecieron unos naipes que permitían organizar grupitos que jugaban brisca, canasta y hasta póquer con apuestas de porotos.
En la categoría del sano esparcimiento podríamos colocar también a las tertulias que se fueron dando en forma espontánea y preferentemente en las tardes y noches en las que la obscuridad y el frío hacían que nos achoclonáramos lo más que podíamos. Ahí, tomando un mate que demoraba muchísimo en dar la vuelta y uno no tardaba nada en hacerlo sonar indicando que había terminado, empezaron a surgir historias, quizás contadas con trampa porque ese no era un momento para contarlas con sinceridad y transparencia como quizás podríamos hacerlo hoy sin los fantasmas que nos acosaban entonces y que nos obligaban a callar nombres y ser muy poco precisos con los lugares.
Una historia que nos impactó fue la sucedida a otro grupo de 23 personas que trataron de asilarse en la misma Nunciatura casi un año antes que nosotros, que también habíamos llegado a ser 23, la coincidencia en el número y en el lugar hizo que le prestáramos gran atención. Además se trataba de algo que no habíamos conocido por los medios de comunicación que en ese tiempo informaban lo que le convenía al gobierno y callaban lo que lo pudiera incomodar.
Desde el Golpe había un importante número de curas que se habían dedicado a salvar personas consiguiendo asilo para los perseguidos en distintas sedes diplomáticas. Pero a mediados de 1974 empezaron a escuchar repetidamente que cuando se iban a poner ellos con su propia embajada, es decir, sus amigos diplomáticos les señalaban que la embajada del Vaticano podía servir de puerta de salida de estas personas, aunque era comprensible que no fueran recibidas por el Vaticano mismo debido a que apenas contaba con 44 hectáreas, es decir era un micro micro Estado, pero como Estado podía recibir asilados que después de obtener salvoconducto podrían salir hacia otro destino.
Finalmente, se habían decidido a intentar la entrada a la Nunciatura, con un grupo de 23 personas. La Fundación Niño y Patria estaba muy cerca en la misma calle que entonces se llamaba Montolín, ahora se llama Nuncio Sotero Sanz en honor a Monseñor Sanz quien era el representante del Vaticano en ese momento, se encontraba con su guardia reforzada en número y tipo de armamento, por lo que se reunieron a evaluar la situación y uno de los 23 desistió del intento. Los otros 22 más 2 sacerdotes y un pastor luterano saltaron la reja y pidieron asilo. El Nuncio estaba en Roma y quien lo subrogaba no se encontraba en ese momento, habían sido recibidos por un cura que los acogió, pero debían esperar a Monseñor Piero Biggio quien cuando llegó se negó a recibirlos haciendo entrar a una pareja de carabineros, que en realidad poco podían hacer para sacar a un grupo tan grande, sin embargo uno de ellos se asustó, salto hacia afuera y escapó.
Los curas que habían organizado el asilo masivo trataban de convencerlo, pero él no aceptaba ningún argumento y estaba a punto de entrar un contingente mayor a detenerlos. Sin embargo, el cura que los había acogido en principio le dijo algo en voz baja y le hizo cambiar de parecer. La Nunciatura terminó dando asilo a las 21 personas que se encontraban en sus jardines.
Paradojalmente, en los noventa Monseñor Piero Biggio regresó a la embajada del Vaticano convertido en representante de Juan Pablo II. Pero eso no lo podíamos saber nosotros que vivíamos en 1975, como tampoco podíamos saber que el 16 de Junio de 1976 un grupo de 28 compañeros, entre quienes estaba el Chico Feliciano intentarían asilarse en la embajada de Bulgaria que en ese momento estaba a cargo de Austria, sin embargo son detenidos. En ese momento sesionaba en Santiago la Sexta Asamblea General de la OEA con los cancilleres de toda América (excepto México) y el mismísimo hijo de puta de Kissinger presentes. Pinochet para evitar una condena por violaciones a los Derechos Humanos estaba haciendo show con la liberación de presos y los 28 fueron puestos en libertad en el Parque O´Higgins, luego volvieron a cazar a Feliciano y a otro compañero, ambos están desaparecidos.
Duro había sido asilarse para algunos y más duro lo sería para otros, pero a nosotros nos estaba saliendo bastante bien todo. Sin embargo debíamos estar preparados, la DINA era capaz de cualquier cosa. Quienes estábamos allí sabíamos bien que esos asesinos habían arrojado al interior de la Embajada de Italia el cuerpo sin vida de Lumi Videla para crear confusión en la opinión pública.
A Lumi la conocía bien, ya que era la hermana mayor de un amigo y compañero quizás por eso se me ocurrió una de esas ideas estúpidas que solo se pueden justificar porque en una situación como la que vivíamos uno no está demasiado cuerdo. Lo cierto es que en nuestro afán de jugar y quizás porque la mayoría éramos unos jóvenes muy lejanos a cualquier idea religiosa, acordamos hacer espiritismo e invocar la presencia de Lumi.
Los preparativos para el ritual fueron simples: escribimos las letras en trozos de papel, en un papel escribimos "SI" y en otro "NO". Esperamos hasta la media noche y salimos al jardín con nuestra ouija artesanal, allí había una mesa redonda con cubierta de vidrio, pero no había sillas para los 6 o 7 valientes. Sacamos el vidrio y nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas y con el vidrio afirmado en nuestras rodillas. Las letras se distribuyeron en un círculo alrededor del vidrio en orden alfabético y al centro el "SI" y el "NO", un vaso de vidrio completaba el instrumental necesario para la comunicación con el más allá. El lugar en que nos encontrábamos era debajo de un árbol casi al lado del campo de bochas, la noche era tranquila y silenciosa, los pacos nos custodiaban allá lejos fuera de la reja.
 La que actuaba de bruja nos dijo que nos tomásemos las manos y después de mirarnos con seriedad nos pidió que lo que ella dijera nosotros lo repitiéramos en coro sin soltarnos de las manos.
—Llamamos a la compañera Lumi Videla para que se presente a hablar con nosotros— y el coro repitió el llamado, pero nos salió solo un murmullo, algo de susto ya debe haber empezado a darnos en ese minuto.
—Tienen que hablar más fuerte y claro, así no se entiende ni lo que dicen— reclamó la bruja cada vez más autoritaria y metida en su papel. Repetimos la invocación, esta vez con bastante claridad.
—Ahora, suéltense las manos y coloquen un dedo sobre el vaso.
Repitió el llamado y nosotros lo coreamos, luego nos advirtió que no repitiéramos —¿Compañera Lumi estás con nosotros? —y el vaso produjo ese ruido feo cuando se frota vidrio contra vidrio y se movió hacia el "SI"... nos quedamos sin aliento, pero eso pudo hacerlo cualquiera de nosotros porque con nuestros dedos tocábamos el vaso.
—¿Queremos saber si te asfixiaron, Lumi? —dijo la bruja en el tono común de quien está conversando.
El vaso comenzó un movimiento lento como si buscara una letra que hubiésemos olvidado colocar, rodeó el "SI" sin detenerse, rodeó el "NO" y siguió buscando dio una vuelta completa y empezó a acelerar su movimiento y a sacar del vidrio todas las letras con movimientos cada vez más violentos. Todos soltamos el vaso que también saltó del vidrio y rodó por el pasto sin romperse. Nos paramos lo más rápido que pudimos y nos fuimos a tratar de dormir temblando de miedo.
Al día siguiente, volvimos a colocar el vidrio en su lugar, pero no encontramos ni las letras ni el vaso, la historia fue contada en voz baja y seguramente los que no estuvieron allí no la creyeron. Pero nadie volvió a meterse con los muertos.
Las conversaciones se fueron volviendo más serias cuando nos fuimos conociéndonos y confiando un poco más unos con otros. En la Nunciatura escuché por primera vez la narración de una tortura en primera persona, yo las conocía con detalle, eran parte de los informes oficiales que nos llegaban desde la Comisión Política, pero es distinto cuando alguien te cuenta esto es lo que me hicieron. Todos los que habían pasado por las cárceles habían sido interrogados bajo tortura. Una noche escuché también a una compañera contarle a otra como había sido violada, ellas suponían que yo estaba durmiendo.
Teníamos turnos de vigilancia nocturna, cosa aprendida en las tomas de terreno de fundos y otras acciones que nos eran familiares. Esto que parecía una exageración, sin embargo sirvió para detectar la llegada en medio de la noche, mucho después del toque de queda de un hombre joven como nosotros que venía a pedir asilo. Era bastante sospechosa la aparición inesperada de este personaje. Lo mantuvimos encerrado en una pieza y los más grandotes del grupo se encargaron de interrogarlo sin golpes, para ver si tenía una historia consistente. Todos lo miramos por la rendija de la puerta, por si alguien lo había visto alguna vez.
Nadie lo conocía y la historia de su asilo no era creíble. Nos costó tomar la decisión, pero finalmente lo entregamos al Secretario de la Embajada que mantenía el contacto con nosotros y le pedimos que se lo llevara en el auto diplomático a donde él quisiera ir, porque finalmente no estábamos seguros de nada.  Podía ser un agente de alguno de los servicios de inteligencia que operaban contra nosotros, como podía ser una persona que necesitaba salir de Chile. Si se trató de esto último, espero que haya logrado su objetivo en otra ocasión.
Al Nuncio que ahora le da nombre a la calle de Providencia, nunca le vimos, se tejían historias de que era anti Opus Dei, pero que después se había arrepentido y le había pedido perdón de guata a Escrivá de Balaguer en persona. La verdad es yo no cachaba ni papa de todo ese lío, pero ni falta me hacía porque siempre nos entendimos con el afable Secretario de la Embajada cuyo nombre no recuerdo.
En realidad las vacaciones fueron tensas, pero afortunadamente cortas, al menos para nosotros tres. Había pasado casi un mes cuando nos avisaron a Margarita, a la chica Silvia y a mí que nos íbamos el Domingo próximo. Margarita iría a Suiza, nosotros a Suecia.
A pesar de mi intuición, yo no presentía que muy pronto habría de suicidarme.
Neandro

Semana Santa 1975



Apenas alcancé a entrever unos instantes con mis ojos soñolientos la calle llena de hojas y pensé en lo puntual que era el otoño en Talca, si aún no terminaba marzo y ya se notaba con toda su fuerza y me regalaba una alfombra de hojas doradas, para salir de la casita de mi hermana y entrar en el auto de mi viejo. Ensimismado, contemplativo y relajado después de una noche sin pesadillas fui devuelto a la realidad triste y dura que enfrentábamos por la voz de mi madre.
—Súbase luego al auto Neandrito y no esté ahí pajareando —dijo en el tono más autoritario que le conocí.
Una vez que estuve en el asiento trasero del Fiat 125 rojo que mi padre había comprado poco antes del golpe y que seguramente lo había elegido porque Allende andaba en uno igualito. En realidad el Presidente y los compañeros del GAP usaban varios autos iguales, por seguridad, para que no se supiera en cual iba Allende, mi madre no me dejó que los saludara como un hijo que no los veía hace tiempo y me dijo que me acostara y me tapara con el charlón que había ahí. Obedecí sin chistar, desde esa posición miraba las copas de los árboles y me daba cuenta que íbamos por la Diagonal para tomar luego la Alameda con sus enormes plátanos orientales, mientras pasábamos frente al Estadio Fiscal en dirección al río Claro, pensé en que el viejo que no era futbolero, nunca me acompañó a ver un partido del Rangers y que seguramente eso era algo que jamás haríamos... y, a pesar de que mi mente volaba por vericuetos interiores me percaté de que la maniobra era extraña o íbamos hacia ninguna parte.
Cuando estábamos sobre el puente de una sola vía, pero con unas bahías por si uno se topaba con otro vehículo, mi padre que había estado silencioso y tenso me dijo que ya podía sentarme, lo que me permitió ver el río que tanto me gustaba, mientras se levantaba de él una bruma típica de las mañanas frías. Por fin pude acariciarles las cabezas a ambos, a modo de saludo, lo que me gustaba hacer cuando viajaba solo con ellos, sentado al medio del asiento trasero.
Entonces mi padre me explicó lo que íbamos a hacer:
—Hay que ir a Santiago, para que te metas a una embajada. La frontera con Argentina está militarizada y no hay posibilidades ni de acercarse. Solo queda la chance de las embajadas, así que nos vamos a Santiago.
Para mí significaba volver al punto de partida, pero no podía cuestionar la lógica de lo que decía el viejo, solo me preocupaba que las palabras no eran coherentes con la dirección en que íbamos, nos dirigíamos hacia el poniente, subiendo el cerro de la Virgen por un camino de ripio medio suelto, excelente para aporrearse los riñones.
—Está bien, tenemos que volver a Santiago, pero parece que vamos hacia Pencahue —dije tratando de no llevarle la contraria, porque notaba que mi padre, estaba un poco raro, extremadamente conspirativo, como si su cerebro estuviera funcionando en una frecuencia que no era la de todos los días.
—Todos los caminos conducen a Roma —respondió confirmando mi apreciación, pero luego se relajó, se sonrió y me soltó el rollo completo.
—Hoy es Viernes Santo, y nos vamos a pasar el fin de semana a Llico o Iloca comiendo pescados y mariscos como Dios manda —dijo como si fuera el más pechoño de los pechoños—. El Domingo viajamos a Curicó y luego llegamos en la tarde a Santiago con el choclón de autos que vuelven del fin de semana largo y así no tendremos problemas —y se quedó esperando mi respuesta, aunque más parecía que esperara una ovación, porque sabía que el plan era bueno.
Sin embargo, yo no dije nada, porque estaba un poco alelado tratando de asimilar lo que ocurría.
—Y yo llamé por teléfono a todas mis amigas y les dije que nos íbamos a Concepción a pasar la Semana Santa con tu hermano Jano —agregó mi madre.
—Si no nos damos este paseíto por la costa y nos vamos directo a Santiago, no llegamos más que hasta el retén de Panguilemo, porque los pacos conocen este auto de lejos —justificó su acción mi viejo.
—Claro, como el teléfono debe estar intervenido, porque a veces uno va a hacer una llamada, levanta el fono y se escucha a una gente hablando y después se quedan callados, por eso les conté esa historia a mis amigas —explicó mi madre.
La situación era increíble, los dos viejos estaban actuando con una lucidez, que parecía que ellos fueran los militantes revolucionarios entrenados para enfrentar este tipo de problemas y yo fuera un pendejo que no sabía qué hacer y de hecho estaba mudo, escuchándolos.
La ruta era un duro camino de ripio, no muy ancho, que subía y bajaba y tenía una cantidad de curvas incontables, ya que íbamos por las crestas de la Cordillera de la Costa hacia el norte, si hubiéramos  ido hacia el poniente cruzaríamos rápidamente la cordillera y se acabarían las curvas que ya me iban mareando, pero en dirección norte esto parecía interminable. Llegamos a Curepto y pasamos solo a poner bencina, nada de pararse a tomar una bebida. Parecía como si alguien nos fuera persiguiendo o tuviéramos que llegar a cierta hora a Iloca o a Llico ya que no estaba definido cual de los dos balnearios las dos caletas de pescadores sería nuestro destino. Más allá de Curepto encontramos una buena sombra y nos detuvimos, mi madre traía un picnic de primera con sánguches de pollo y huevos duros y un termo de té, cuando nos bajamos ya me sentí adolorido por el viaje, pero no me quejé, si ellos soportaban esto como si tratara de un paseo, no sería yo el que se lamentara de nada.
El descanso fue corto, proseguimos el viaje que ya llevaba varias horas, no porque las distancias fueran muy largas sino porque la velocidad con que avanzábamos era mínima. Afortunadamente después de una gran curva quedamos mirando al poniente y se inició el descenso que nos llevaría por un camino más suave que corría paralelo al mar.
Mi padre sacó el tema que más de una vez se lo había escuchado, de que había que construir una carretera por la costa desde Arica a Punta Arenas. Esta era una de sus visiones favoritas de país y le dio tema hasta llegar a Iloca donde conseguimos una pensión donde alojarnos.
De Iloca recuerdo una playa enorme (¿o era Llico?) donde caminamos con mi padre que me abrazó en silencio para darme ánimo y dárselo él también, porque sabía muy bien que faltaba lo más peligroso y ninguno de nosotros tenía verdaderamente una idea clara de cómo podría llegar a una embajada.
Así íbamos conversando telepáticamente, cuando nos interrumpieron unos pescadores que traían un lenguado de dimensiones descomunales que alcanzaría para alimentar a toda la caleta y a sus escasos visitantes.
—Voy a tener que volver a ésta playa para ver si pesco uno de esos —me dijo con mucha convicción. Sé por mi hermano que años más tarde mi padre ya viejo había logrado enganchar un pez enorme, tanto que no lo pudo sacar del agua. Cuando mi hermano lo encontró tomándose las píldoras para el corazón él le había dicho: "era el lenguado más grande que he visto en mi vida" y estaba muy abatido quizás porque no lo había podido capturar o quizás porque se acordó de aquel paseo conmigo que me encontraba lejos.
El gran lenguado le había dado tema para hablar de uno de sus proyectos comercial que nunca realizaría, el cual consistía en tener camiones frigoríficos, para llevar los productos del mar a los grandes centros de consumo y conseguir utilidades fabulosas, eso sí pagándoles un precio justo a los pescadores artesanales.
Al día siguiente, mi madre quería llegar hasta Bucalemu un poco más al norte donde nos encontrábamos, ya que tenía hermosos recuerdos de su niñez comiendo unos erizos enormes y del tío Armando comiéndose las piñachas vivitas y pataleando que se encontraban en su interior  y quería revivirlos. Sin embargo, desistimos de partir hacia allá porque nos dijeron que el camino estaba muy malo. No sabíamos que Pinochet, tenía por ahí una propiedad y podría estar lleno de milicos, aunque quizás todavía no la tenía porque aún era 1975 y su fortuna no había crecido lo suficiente. En vez de ir a Bucalemu salimos a recorrer el Lago Vichuquén que estaba más cerca, era lindo y ya habíamos estado allí veraneando años atrás, cuando era un adolescente.
Ese paseo trajo a mi memoria el día en que mi padre se había enojado al encontrar cerrado un paso a un lugar con una vista hermosísima. Había un letrero:
NO ENTRAR
PROPIEDAD PRIVADA
y él se había sacado su furia agregándole con un lápiz pasta: que muera el roto oligarca, al estilo de Pepo, el dibujante de Condorito, con su célebre que muera el roto Quezada, si solo faltó que dibujara a Washington orinándole encima, y yo preguntándole que qué significaba oligarca y así recibí una de mis primeras lecciones políticas y había empezado a formarse en mi una idea de libertad que me convertiría con los años en militante del MIR.

Le recordé aquel momento para ver que decía.

—Todos tenemos nuestro día de furia —comentó el viejo acordándose de ese día y quizás de muchos otros que yo no conocí.

Esa debe haber sido la Semana Santa más tranquila que recuerdo y, por una vez, fue cierto aquello de que estuvo destinada más que nada a la reflexión. Almorzamos temprano en la pensión, un exquisito plato de lenguado y a la hora del café y del cigarrito, cuando ya estábamos con un pié en el estribo, aparecieron 2 pacos a caballo, venían a preguntarnos hacia donde nos dirigíamos, a lo cual mi padre respondió que a Curicó, lo cual era una media verdad, pero en realidad a ellos les interesaba si íbamos a pasar por Hualañé porque querían enviarle un sobre al retén de esa localidad. Recibimos el sobre y nos comprometimos a entregarlo. No había pasado nada, pero la paz se había roto.

Partimos en silencio, pasándonos todos los rollos posibles, llegamos a Hualañé y mi madre se bajó del auto entregó el maldito sobre y volvió corriendo. Esta pequeña historia le quedó tan grabada en su memoria que la recordó el día antes de su muerte a pesar del Alzheimer avanzado que padecía.

Mi padre esperó que ella volviera para comunicarnos el repentino cambio de planes en el que había venido pensando todo el rato: No iríamos hacia Curicó, sino hacia San Fernando. Para eso enfiló hacia el norte en el primer cruce que encontramos y comentó que con un poco de suerte el sabría encontrar el camino. Sus ojos tenían un brillo especial y había rejuvenecido demasiado.

Como nos veía un poco tensos empezó por contarnos que él, en otro tiempo, siendo aún un alumno del Liceo había conocido bien esos caminos porque un verano se había fugado de su casa enrolándose como chofer de un circo que pasó por San Fernando y se perdió luego por los pequeños pueblos que había entre Santa Cruz y el mar. Ese había sido su primer trabajo y las duras condiciones que conoció ahí le habían ayudado a ponerle el hombro y estudiar medicina. Esa debe haber sido la única ocasión que manejó un camión y la experiencia ahora le servía para aventurarse por esas rutas sin un modesto mapa carretero. Yo me quedé boquiabierto al enterarme de esa historia y aún pienso que deben haber muchas otras que jamás conocí y que tendré que pedirle me las cuente la próxima vez que nos encontremos por otros caminos mucho más lejanos.

El viejo manejaba el Fiat rojo con más seguridad que si usara un GPS, manejaba con la temeridad de un adolescente que se estuviera luciendo ante la muchacha que quería conquistar, mantuvo el rumbo por caminos que no tenían letrero alguno, o si los había, el óxido y el viento los había vuelto ilegibles mucho tiempo atrás. Mi madre se aprovechó de la historia recién contada por mi padre para cobrarle unos celos retroactivos, suponiendo que para la fuga debió existir algún incentivo más fuerte que manejar un camión, algo así como una trapecista a quien le gustaban los jovencitos. El viejo se fue de negativa, pero en sus ojos brillaba una sonrisa adolescente que decía claramente que las suposiciones tenían muchas posibilidades de haber acertado medio a medio. Yo me imaginaba a mi padre adolescente con una trapecista algo mayor que le enseñaba todos los vuelos de su repertorio.

Yo me sentía tan fascinado con esta historia que hasta había olvidado que tenía miedo. Para colmo mi madre le dio un giro inesperado a la conversación porque empezó a interrogarme si yo tenía algún hijo, porque si era así este era el momento para que se lo contara, que así ellos podrían cuidarlo y bla, bla, bla.

—Pero si no tengo ni polola —dije para salir del lío y en ese momento me di cuenta que menos mal, porque si hubiera tenido una pareja todo sería más complicado y más triste.

Volví a recordar el miedo cuando llegamos a San Fernando y el viejo evitó pasar por la casona de su familia donde aún vivían sus hermanas. En realidad no quería que ellas se enteraran del apuro en que estábamos y prefirió continuar hasta Santiago a la casa de Germán su hermano menor.

A pesar del fin de semana largo por Angostura había un control de carabineros donde nos pidieron mostrar los documentos, me alegré mucho de andar con los de mi hermano los cuales funcionaron sin problemas. Nos devolvieron los documentos al viejo y a mí, pero no los de mi mamá, que teníamos que esperar un poco. Era sumamente extraño que justamente a ella que solo había sido presidenta de la JAP tuviera algún problema, después de un rato suficientemente largo para pasarnos cualquier rollo, pero en silencio, felizmente llegó un cabo y le devolvió los documentos

—Había una señora con características similares a usted con orden de captura —comentó el cabo en el tono que se usa para decir que el tiempo ha estado bueno, aunque un poco frío.

Continuamos el viaje especulando con quien la habrían confundido y me acordé de que los Fiat 125 del GAP estaban inscritos a nombre de la Payita y que eso debió ser lo que estuvieron chequeando los pacos.

Fue el último sustito antes de llegar a Santiago. El tío Germán nos recibió en su casa, pero al enterarse del motivo nos recomendó que buscáramos ayuda con alguien que no tuviera el mismo apellido porque lo más probable es que me fueran a buscar en las casas de mis parientes más directos. Tenía razón en sus argumentos, pero también me pareció que tenía miedo, lo cual no era extraño ni reprochable, solo era instinto de conservación.

Al día siguiente me fui a casa de mi prima Sonia y mis viejos empezaron a recorrer Santiago golpeando puertas muy peligrosas hasta encontrar la puerta mágica que me permitió salir de Chile.
Neandro