12.9.13

Semana Santa 1975



Apenas alcancé a entrever unos instantes con mis ojos soñolientos la calle llena de hojas y pensé en lo puntual que era el otoño en Talca, si aún no terminaba marzo y ya se notaba con toda su fuerza y me regalaba una alfombra de hojas doradas, para salir de la casita de mi hermana y entrar en el auto de mi viejo. Ensimismado, contemplativo y relajado después de una noche sin pesadillas fui devuelto a la realidad triste y dura que enfrentábamos por la voz de mi madre.
—Súbase luego al auto Neandrito y no esté ahí pajareando —dijo en el tono más autoritario que le conocí.
Una vez que estuve en el asiento trasero del Fiat 125 rojo que mi padre había comprado poco antes del golpe y que seguramente lo había elegido porque Allende andaba en uno igualito. En realidad el Presidente y los compañeros del GAP usaban varios autos iguales, por seguridad, para que no se supiera en cual iba Allende, mi madre no me dejó que los saludara como un hijo que no los veía hace tiempo y me dijo que me acostara y me tapara con el charlón que había ahí. Obedecí sin chistar, desde esa posición miraba las copas de los árboles y me daba cuenta que íbamos por la Diagonal para tomar luego la Alameda con sus enormes plátanos orientales, mientras pasábamos frente al Estadio Fiscal en dirección al río Claro, pensé en que el viejo que no era futbolero, nunca me acompañó a ver un partido del Rangers y que seguramente eso era algo que jamás haríamos... y, a pesar de que mi mente volaba por vericuetos interiores me percaté de que la maniobra era extraña o íbamos hacia ninguna parte.
Cuando estábamos sobre el puente de una sola vía, pero con unas bahías por si uno se topaba con otro vehículo, mi padre que había estado silencioso y tenso me dijo que ya podía sentarme, lo que me permitió ver el río que tanto me gustaba, mientras se levantaba de él una bruma típica de las mañanas frías. Por fin pude acariciarles las cabezas a ambos, a modo de saludo, lo que me gustaba hacer cuando viajaba solo con ellos, sentado al medio del asiento trasero.
Entonces mi padre me explicó lo que íbamos a hacer:
—Hay que ir a Santiago, para que te metas a una embajada. La frontera con Argentina está militarizada y no hay posibilidades ni de acercarse. Solo queda la chance de las embajadas, así que nos vamos a Santiago.
Para mí significaba volver al punto de partida, pero no podía cuestionar la lógica de lo que decía el viejo, solo me preocupaba que las palabras no eran coherentes con la dirección en que íbamos, nos dirigíamos hacia el poniente, subiendo el cerro de la Virgen por un camino de ripio medio suelto, excelente para aporrearse los riñones.
—Está bien, tenemos que volver a Santiago, pero parece que vamos hacia Pencahue —dije tratando de no llevarle la contraria, porque notaba que mi padre, estaba un poco raro, extremadamente conspirativo, como si su cerebro estuviera funcionando en una frecuencia que no era la de todos los días.
—Todos los caminos conducen a Roma —respondió confirmando mi apreciación, pero luego se relajó, se sonrió y me soltó el rollo completo.
—Hoy es Viernes Santo, y nos vamos a pasar el fin de semana a Llico o Iloca comiendo pescados y mariscos como Dios manda —dijo como si fuera el más pechoño de los pechoños—. El Domingo viajamos a Curicó y luego llegamos en la tarde a Santiago con el choclón de autos que vuelven del fin de semana largo y así no tendremos problemas —y se quedó esperando mi respuesta, aunque más parecía que esperara una ovación, porque sabía que el plan era bueno.
Sin embargo, yo no dije nada, porque estaba un poco alelado tratando de asimilar lo que ocurría.
—Y yo llamé por teléfono a todas mis amigas y les dije que nos íbamos a Concepción a pasar la Semana Santa con tu hermano Jano —agregó mi madre.
—Si no nos damos este paseíto por la costa y nos vamos directo a Santiago, no llegamos más que hasta el retén de Panguilemo, porque los pacos conocen este auto de lejos —justificó su acción mi viejo.
—Claro, como el teléfono debe estar intervenido, porque a veces uno va a hacer una llamada, levanta el fono y se escucha a una gente hablando y después se quedan callados, por eso les conté esa historia a mis amigas —explicó mi madre.
La situación era increíble, los dos viejos estaban actuando con una lucidez, que parecía que ellos fueran los militantes revolucionarios entrenados para enfrentar este tipo de problemas y yo fuera un pendejo que no sabía qué hacer y de hecho estaba mudo, escuchándolos.
La ruta era un duro camino de ripio, no muy ancho, que subía y bajaba y tenía una cantidad de curvas incontables, ya que íbamos por las crestas de la Cordillera de la Costa hacia el norte, si hubiéramos  ido hacia el poniente cruzaríamos rápidamente la cordillera y se acabarían las curvas que ya me iban mareando, pero en dirección norte esto parecía interminable. Llegamos a Curepto y pasamos solo a poner bencina, nada de pararse a tomar una bebida. Parecía como si alguien nos fuera persiguiendo o tuviéramos que llegar a cierta hora a Iloca o a Llico ya que no estaba definido cual de los dos balnearios las dos caletas de pescadores sería nuestro destino. Más allá de Curepto encontramos una buena sombra y nos detuvimos, mi madre traía un picnic de primera con sánguches de pollo y huevos duros y un termo de té, cuando nos bajamos ya me sentí adolorido por el viaje, pero no me quejé, si ellos soportaban esto como si tratara de un paseo, no sería yo el que se lamentara de nada.
El descanso fue corto, proseguimos el viaje que ya llevaba varias horas, no porque las distancias fueran muy largas sino porque la velocidad con que avanzábamos era mínima. Afortunadamente después de una gran curva quedamos mirando al poniente y se inició el descenso que nos llevaría por un camino más suave que corría paralelo al mar.
Mi padre sacó el tema que más de una vez se lo había escuchado, de que había que construir una carretera por la costa desde Arica a Punta Arenas. Esta era una de sus visiones favoritas de país y le dio tema hasta llegar a Iloca donde conseguimos una pensión donde alojarnos.
De Iloca recuerdo una playa enorme (¿o era Llico?) donde caminamos con mi padre que me abrazó en silencio para darme ánimo y dárselo él también, porque sabía muy bien que faltaba lo más peligroso y ninguno de nosotros tenía verdaderamente una idea clara de cómo podría llegar a una embajada.
Así íbamos conversando telepáticamente, cuando nos interrumpieron unos pescadores que traían un lenguado de dimensiones descomunales que alcanzaría para alimentar a toda la caleta y a sus escasos visitantes.
—Voy a tener que volver a ésta playa para ver si pesco uno de esos —me dijo con mucha convicción. Sé por mi hermano que años más tarde mi padre ya viejo había logrado enganchar un pez enorme, tanto que no lo pudo sacar del agua. Cuando mi hermano lo encontró tomándose las píldoras para el corazón él le había dicho: "era el lenguado más grande que he visto en mi vida" y estaba muy abatido quizás porque no lo había podido capturar o quizás porque se acordó de aquel paseo conmigo que me encontraba lejos.
El gran lenguado le había dado tema para hablar de uno de sus proyectos comercial que nunca realizaría, el cual consistía en tener camiones frigoríficos, para llevar los productos del mar a los grandes centros de consumo y conseguir utilidades fabulosas, eso sí pagándoles un precio justo a los pescadores artesanales.
Al día siguiente, mi madre quería llegar hasta Bucalemu un poco más al norte donde nos encontrábamos, ya que tenía hermosos recuerdos de su niñez comiendo unos erizos enormes y del tío Armando comiéndose las piñachas vivitas y pataleando que se encontraban en su interior  y quería revivirlos. Sin embargo, desistimos de partir hacia allá porque nos dijeron que el camino estaba muy malo. No sabíamos que Pinochet, tenía por ahí una propiedad y podría estar lleno de milicos, aunque quizás todavía no la tenía porque aún era 1975 y su fortuna no había crecido lo suficiente. En vez de ir a Bucalemu salimos a recorrer el Lago Vichuquén que estaba más cerca, era lindo y ya habíamos estado allí veraneando años atrás, cuando era un adolescente.
Ese paseo trajo a mi memoria el día en que mi padre se había enojado al encontrar cerrado un paso a un lugar con una vista hermosísima. Había un letrero:
NO ENTRAR
PROPIEDAD PRIVADA
y él se había sacado su furia agregándole con un lápiz pasta: que muera el roto oligarca, al estilo de Pepo, el dibujante de Condorito, con su célebre que muera el roto Quezada, si solo faltó que dibujara a Washington orinándole encima, y yo preguntándole que qué significaba oligarca y así recibí una de mis primeras lecciones políticas y había empezado a formarse en mi una idea de libertad que me convertiría con los años en militante del MIR.

Le recordé aquel momento para ver que decía.

—Todos tenemos nuestro día de furia —comentó el viejo acordándose de ese día y quizás de muchos otros que yo no conocí.

Esa debe haber sido la Semana Santa más tranquila que recuerdo y, por una vez, fue cierto aquello de que estuvo destinada más que nada a la reflexión. Almorzamos temprano en la pensión, un exquisito plato de lenguado y a la hora del café y del cigarrito, cuando ya estábamos con un pié en el estribo, aparecieron 2 pacos a caballo, venían a preguntarnos hacia donde nos dirigíamos, a lo cual mi padre respondió que a Curicó, lo cual era una media verdad, pero en realidad a ellos les interesaba si íbamos a pasar por Hualañé porque querían enviarle un sobre al retén de esa localidad. Recibimos el sobre y nos comprometimos a entregarlo. No había pasado nada, pero la paz se había roto.

Partimos en silencio, pasándonos todos los rollos posibles, llegamos a Hualañé y mi madre se bajó del auto entregó el maldito sobre y volvió corriendo. Esta pequeña historia le quedó tan grabada en su memoria que la recordó el día antes de su muerte a pesar del Alzheimer avanzado que padecía.

Mi padre esperó que ella volviera para comunicarnos el repentino cambio de planes en el que había venido pensando todo el rato: No iríamos hacia Curicó, sino hacia San Fernando. Para eso enfiló hacia el norte en el primer cruce que encontramos y comentó que con un poco de suerte el sabría encontrar el camino. Sus ojos tenían un brillo especial y había rejuvenecido demasiado.

Como nos veía un poco tensos empezó por contarnos que él, en otro tiempo, siendo aún un alumno del Liceo había conocido bien esos caminos porque un verano se había fugado de su casa enrolándose como chofer de un circo que pasó por San Fernando y se perdió luego por los pequeños pueblos que había entre Santa Cruz y el mar. Ese había sido su primer trabajo y las duras condiciones que conoció ahí le habían ayudado a ponerle el hombro y estudiar medicina. Esa debe haber sido la única ocasión que manejó un camión y la experiencia ahora le servía para aventurarse por esas rutas sin un modesto mapa carretero. Yo me quedé boquiabierto al enterarme de esa historia y aún pienso que deben haber muchas otras que jamás conocí y que tendré que pedirle me las cuente la próxima vez que nos encontremos por otros caminos mucho más lejanos.

El viejo manejaba el Fiat rojo con más seguridad que si usara un GPS, manejaba con la temeridad de un adolescente que se estuviera luciendo ante la muchacha que quería conquistar, mantuvo el rumbo por caminos que no tenían letrero alguno, o si los había, el óxido y el viento los había vuelto ilegibles mucho tiempo atrás. Mi madre se aprovechó de la historia recién contada por mi padre para cobrarle unos celos retroactivos, suponiendo que para la fuga debió existir algún incentivo más fuerte que manejar un camión, algo así como una trapecista a quien le gustaban los jovencitos. El viejo se fue de negativa, pero en sus ojos brillaba una sonrisa adolescente que decía claramente que las suposiciones tenían muchas posibilidades de haber acertado medio a medio. Yo me imaginaba a mi padre adolescente con una trapecista algo mayor que le enseñaba todos los vuelos de su repertorio.

Yo me sentía tan fascinado con esta historia que hasta había olvidado que tenía miedo. Para colmo mi madre le dio un giro inesperado a la conversación porque empezó a interrogarme si yo tenía algún hijo, porque si era así este era el momento para que se lo contara, que así ellos podrían cuidarlo y bla, bla, bla.

—Pero si no tengo ni polola —dije para salir del lío y en ese momento me di cuenta que menos mal, porque si hubiera tenido una pareja todo sería más complicado y más triste.

Volví a recordar el miedo cuando llegamos a San Fernando y el viejo evitó pasar por la casona de su familia donde aún vivían sus hermanas. En realidad no quería que ellas se enteraran del apuro en que estábamos y prefirió continuar hasta Santiago a la casa de Germán su hermano menor.

A pesar del fin de semana largo por Angostura había un control de carabineros donde nos pidieron mostrar los documentos, me alegré mucho de andar con los de mi hermano los cuales funcionaron sin problemas. Nos devolvieron los documentos al viejo y a mí, pero no los de mi mamá, que teníamos que esperar un poco. Era sumamente extraño que justamente a ella que solo había sido presidenta de la JAP tuviera algún problema, después de un rato suficientemente largo para pasarnos cualquier rollo, pero en silencio, felizmente llegó un cabo y le devolvió los documentos

—Había una señora con características similares a usted con orden de captura —comentó el cabo en el tono que se usa para decir que el tiempo ha estado bueno, aunque un poco frío.

Continuamos el viaje especulando con quien la habrían confundido y me acordé de que los Fiat 125 del GAP estaban inscritos a nombre de la Payita y que eso debió ser lo que estuvieron chequeando los pacos.

Fue el último sustito antes de llegar a Santiago. El tío Germán nos recibió en su casa, pero al enterarse del motivo nos recomendó que buscáramos ayuda con alguien que no tuviera el mismo apellido porque lo más probable es que me fueran a buscar en las casas de mis parientes más directos. Tenía razón en sus argumentos, pero también me pareció que tenía miedo, lo cual no era extraño ni reprochable, solo era instinto de conservación.

Al día siguiente me fui a casa de mi prima Sonia y mis viejos empezaron a recorrer Santiago golpeando puertas muy peligrosas hasta encontrar la puerta mágica que me permitió salir de Chile.
Neandro