23.1.25

El mismo cuento distinto


La Biblioteka Negra que comenzó con los libros simplemente apilados en cajones que los agrupaban en insólitas categorías, ha crecido y se ha modernizado, los cajones se han colocado, simulando estantes muy originales, que ya se los quisieran los diseñadores de muebles de Ikea, así es más fácil estirar la mano y sin mirar sacar un libro de la estantería que elija. Hoy he buscado en el “estante de los libros raros” y ha salido uno titulado El mismo cuento distinto cuyo autor es Gabriel García Márquez, en realidad debería decir coautor porque más abajo hay otro título El hombre en la calle de Georges Simenon que corresponde a un cuento cuyo protagonista es el Comisario Maigret.

Desde ya veo que tendré que ir por partes como dijo Jack.

La primera parte se ocupa del texto El mismo cuento distinto, narración de una historia ocurrida a Gabriel García Márquez y contada por el mismo en primera persona se trata de una búsqueda que duró cuarenta y cuatro años y que por supuesto se resolvió con éxito. En su juventud breve juventud señala él había leído un cuento de un hombre que era perseguido por la policía, recordaba todo lo que sucedía en el cuento, salvo los nombres del perseguido y del perseguidor, también había olvidado el título y su autor, además del final. En fin, no era tanto lo que se acordaba y por eso mismo deseaba encontrarlo y releerlo. Además, algo de ese cuento, leído en alguna antología, lo había impactado, pero era difícil encontrarlo sin saber el título ni el autor, por lo cual solía contar a sus amigos, grandes lectores como él, el argumento del cuento para ver si le daban una pista que lo ayudara a encontrarlo.

Después de escuchar el argumento Julio Cortázar le respondió con seguridad: “ese cuento se llama El hombre en la calle es de Georges Simenon y aparece en el libro Maigret y los cerditos sin rabo”.

 Misterio resuelto pensó García Márquez y a la primera oportunidad que tuvo compró el libro, buscó ansiosamente el cuento, pero no estaba, lo leyó completo por si aparecía con otro nombre o si Cortázar se había equivocado con el título, pero no lo encontró.

Finalmente, una editora amiga, Beatriz de Moura encontró el cuento tan buscado y en ese momento, García Márquez fue el sorprendido, porque él recordaba sobre todo la angustia del perseguido con quien de seguro empatizaba, sin embargo el cuento de Georges Simenon está escrito desde el punto de vista del perseguidor y su obsesión que no es menor al sufrimiento del perseguido.

Este texto no es un cuento, sin embargo como ha salido de la pluma de García Márquez, es como si lo fuera. Se lee como un cuento.

La segunda parte del libro es el ya tan mentado cuento El hombre en la calle de Simenon del cual ya hemos dicho bastante como para seguir dañando el suspenso que tanto necesitas como lector, por eso nada más diré sobre dicho cuento, solo que las razones del perseguido fueron las mejores razones del mundo: ni  más ni menos que razones de amor.

La tercera parte se titula El comisario Maigret y su creador, Georges Simenon,

es en cierto modo un relleno para completar las páginas que necesita un libro, pero nada de lo escrito por Simenon es solo un relleno. Aquí tenemos una estupenda nota biográfica del comisario Maigret, Jules Maigret, aunque casi todo el mundo ha olvidado su nombre de pila. ¡Sí hasta su señora de dice Maigret!

Fuma en pipa como Sherlock y tantos buenos detectives de novela negra. Su método es empaparse del ambiente de los personajes a los que acaba de seguir paso a paso por el tiempo que fuese necesario para llegar a pensar y sentir como ellos.

Suele intentar remendar los destinos cuando puede, recordemos que inicialmente intentó seguir la carrera de medicina con ese propósito, aunque mejor hubiera estudiado psicología pienso yo.

Ha ayudado a ciertos culpables a escapar de un castigo que considera exagerado, conducta reñida con la ética de un policía y que en algunos casos puede llegar a configurar el delito de obstrucción a la justicia, aun cuando lo que persigue es justamente que la justicia sea justa.

Esta nota la redactó Simenon para un cineasta que producía una película basada en una novela suya.

Finalmente, aparece un juego bastante mágico, en el cual Maigret, el Comisario Maigret habla acerca de Georges Simenon, nada menos que el personaje hablando de su autor, cosas raras que a veces suceden en el mundo de la literatura.

Así nos enteramos que Simenon también fuma pipa y tiene una buena colección de ellas. En fin, hay más de alguna similitud con Maigret, lo cual no puede resultar tan extraño en la novela de detectives. Escritor y personaje en muchos casos comparten su ADN.

Este texto es un fragmento de otro libro titulado Las memorias de Maigret.

Hasta aquí dejaré este comentario. ¡Qué tengas muy buenas lecturas esta semana!

18.1.25

La última partida de ajedrez

 

El tiempo está a favor de los pequeños,

De los desnudos, de los olvidados.

El tiempo está a favor de buenos sueños.

Silvio Rodríguez

Tríptico 1984

 

La última partida de ajedrez

 

Para Anselmo Radrigán Plaza, Pedro o el Radri como ustedes quieran

 


Lo miré a los ojos y el viejo portero me saludó con cortesía. Le respondí con una sonrisa y pensé: “no, no tiene cara de soplón”. Pasé frente al ascensor, subí rápidamente los dos tramos de escalera que conducían al entrepiso y miré el reloj, eran casi las siete de la tarde, esa hora en que el infierno santiaguino deja de arder y empieza a soplar una grata brisa que me hace pensar en la maravilla que debe haber sido ese valle antes del cemento, de las chimeneas y de los tubos de escape. Entré sin preámbulos en ese salón soportado por columnas octogonales lleno de mesas con sus cubiertas escaqueadas. Sentí un gran alivio al comprobar que las condiciones de ingreso no habían cambiado, al Club de Ajedrez Chile cualquiera entraba como Pedro por su casa.

Eso era justamente lo que necesitaba. La atmósfera que se respiraba era tranquilizadora. Inmediatamente me arrepentí de haber traído la Colt 45 que con dificultad podía cubrir con mi chaqueta de verano. ¡Tanta paz y yo con artillería pesada!

Más de un año que no me aparecía por ahí y había tantos cambios en el país que lo más inesperado resultaba encontrar un lugar donde el tiempo parecía detenido, todo seguía igual. Quizás la experiencia diaria de tener que mostrarle los cuadernos a una patrulla militar atrincherada en la puerta de la UTE me hacía temer más de algún inconveniente para ingresar a cualquier parte. Los milicos no eran tan brutos: le temían a los libros y a la inteligencia más que a las armas. Sobre todo, si eran como mi Colt que no contaba con un segundo cargador y no estaba seguro de que funcionara. Javier, quien me la había dejado en herencia antes de abandonar Chile, me dijo que estaba en perfectas condiciones, pero no había tenido oportunidad de comprobarlo.

Encontrar a Pedro, en ese lugar, era seguro. Lo conocía bien, desde los tiempos en que Pedro era el Radri y yo aún no soñaba que me llamaría Mateo. Fue el orden alfabético que domina ciertas regiones del mundo el que nos hizo coincidir en el mismo curso de ingeniería.

─Vamos al Caín─ me invitó cuando salimos de clase.

─¿Qué picá es esa? ─ pregunté con ignorancia provinciana.

─Ninguna picá, es el Club de Ajedrez de Ingeniería y en esta escuela no te dan el título si no sabís jugar.

─De saber, sé─ le respondí sin sospechar el lío en que me metía, y fuimos al Caín.

Perdí todos los partidos. Cuando cerraron lo invité a la pensión de estudiantes donde vivía, para que jugara con el Piduco, un amigo que iba a cobrar venganza por mis derrotas. Jugaron casi toda la noche. Ganaba siempre el que llevaba las blancas, es decir, iban uno y uno ya que en cada partido cambiaban las piezas. El encuentro terminó en la madrugada igualado a no sé cuantos y el Radri durmió en un saco que tenía alguien del público, es decir, alguno de los pensionistas que solidariamente se habían trasnochado con nosotros.

Algo distinto al orden alfabético fue lo que también nos hizo coincidir en esa reunión en que Edgardo Enríquez nos invitó a integrarnos al MIR. Su pesada argumentación mencionaba a Marx, Engels, Lenin, Trosky y el Che. Los cuatro primeros eran casi desconocidos para nosotros, pero el último, el Che era tema permanente de nuestras conversaciones. Esa noche nos juntamos en la pensión. Todos estábamos pensando en lo mismo, así que funcionó la telepatía y el Radri, supuestamente el más tímido, con su voz calmada y casi gangosa porque su tabique nasal era demasiado alto, se atrevió a ponerle sonido al pensamiento:

─Bueno, entiendo entonces que nos metimos al MIR, aunque no tengamos idea quienes eran esos giles que nombró el Edgardo.

Eso desató las lenguas de todos y nos atropellamos en decir que por supuesto que eso era lo que había que hacer. De ahí en adelante la cosa en la pensión no fue puro ajedrez, sino política y ajedrez.

Regresemos a 1974 en el Club de Ajedrez Chile, el pariente rico del Caín. El sagrado templo donde se jugaba el Torneo Mayor, algo así como la primera división del ajedrez nacional en la que participaba un pequeño grupo de jugadores de todo el país, entre esos el Radri, el Piduco y otros ejemplares de ingeniería. Hoy, solo estaban ocupadas cuatro o cinco mesas del centro de la sala, donde jugaban los más mostrados, los que querían tener público. Un poco más allá, junto a una columna, cerca del ventanal, estaba el Radri, solo con un libro, inmóvil frente a un tablero con piezas inmóviles que deben haber estado de lo más agitadas en su mente, ya que las miraba fijamente, como hipnotizado. Ni acordado podría haber resultado mejor el encuentro. Di un rodeo echándole un vistazo a los partidos que se jugaban, disimulando mi interés en ir a reunirme con el Radri. Me demoraba para asegurarme que estaba solo.

Decidí acercarme. Lo saludé desabridamente como si lo hubiera visto el día anterior. Le pregunté si estaba solo.

─No, aquí estoy con el maestro Capablanca que está a punto de ganarle al pesado de Alekhine─ dijo mostrándome su libro.

Tomé el libro. Era una recopilación de las partidas entre esos archirrivales, lo hojeé y me di cuenta que le faltaba una parte.

─¿Y qué pasó aquí?─ pregunté mostrándole el daño que tenía el libro.

─Preferí operarlo de esas páginas porque ahí salían las biografías de los dos giles: el maestro Capablanca es cubano y el otro rusosky, lo cual es suficiente para ganarse un problema en estos tiempos. Pero dejemos descansar a estos viejos y juguemos una partida─ dijo mientras desarmaba el juego y me entregaba las piezas blancas. Inútil ventaja que yo acepté sin discutir. Luego empezó a murmurar una especie de monólogo.

─Así es Mateo, a veces hay que jugar con las negras, lo malo es que hace un año que nos tocan siempre las negras y las blancas toman la iniciativa con facilidad mientras nosotros estamos aguantando nada más. Después de todo, el tiempo juega a nuestro favor. Si logramos mantenernos vivos, vamos a ver el fin de esta locura, pero no va a ser cosa fácil.

Yo no estaba para análisis, ni menos en esa semiclave de frases con doble lectura, dichas en voz muy baja. Por eso lo interrumpí para que fuésemos al grano.

─Mira Radri, yo vine porque Marcela, la comadre que es enlace de Renato, llegó al punto del lunes muy asustada, se puso a llorar y me dijo que creía que el guatonchito había caído. Le dije que cambiara de casa y que nos viéramos el viernes, es decir ayer. Pero no fui, simplemente me cagué de susto. ¿No has sentido eso alguna vez? Es lo que llaman una corazonada. No sé... me empezaban a faltar las palabras para explicar mi voluntaria desconexión cuando el Radri me interrumpió.

─¡Jaque! Los descuidos se pagan caro...

─¡No abuse maestro! Hace tiempo que no toco una pieza─ respondí mientras pensaba que debía demorarme mucho en contestar esa jugada, aunque sólo tenía dos movidas posibles y claro, poner cara de máxima concentración, aunque lo que iba a hacer era lanzar al aire una moneda imaginaria para decidir mi jugada. Esto le obligó a contarme las noticias de una buena vez. Ya habíamos dilatado bastante el momento simulando que no había urgencia. Se puso serio y me dijo:

─Desgraciadamente te tengo que confirmar la caída de Renato y en las peores manos...  de su enlace no sabemos nada. Ojalá se haya desconectado deliberadamente como lo hiciste tú.

─¡Mierda! Tenía la esperanza de que esto fuera solo un mal presentimiento...

─Mateo, caer es una posibilidad que siempre existe...

─Sí, Radri, pero deja que me dé rabia. Piensa que justo ahora Renato estaba planteando ideas nuevas, crear una retaguardia en el exterior, replegarnos, salvar lo que queda... pero claro es muy cabro chico y no lo tomaron en serio.

─Sobre Marcela, no trates de reconectarla, es mejor dejar que las cosas se enfríen, que pase el tiempo. Ese es nuestro mejor aliado. Hay que hacer lo que estas haciendo en esta partida, demorarse mucho en cada jugada.

El Radri encontró las palabras para calmarme. Acordamos un punto al que iría yo y un enlace que me mantendría en contacto con el Comité Central. Antes de despedirnos me atreví a darle un consejo.

─Sabes, Radri, creo que no debieras venir a este lugar, así como yo te encontré podrían hacerlo los malos.

─Nooo, estay loco, si hace más de un año que no me aparecía por aquí. Fue pura cueva que me encontraras─, me lo dijo tan serio que estuve a punto de creerle. Pero lo miré sosteniéndole la mirada y pensando: “Dime la firme”. Así lo hice confesar que iba algunas veces, pero no por el vicio del ajedrez, sino porque ahí se podía concentrar, pensar en lo que había que hacer.

Después de vacilar un poco y reírse otro poco, me soltó la firme.

─Bueno, esta vez, en verdad vine por ti. Estaba preocupado por la caída de Renato. Sabía que tú estabas conectado con él y temí lo peor. Esta era la única posibilidad de encontrarte─. Dijo muy serio el Radri.

Ambos habíamos realizado la misma jugada. Ambos habíamos tomado voluntariamente un riesgo necesario y habíamos obtenido una minúscula e inolvidable victoria. Mi única gran victoria vinculada al ajedrez. Nos reímos satisfechos con una risa suave en armonía con la paz del lugar.

─¡Cuídate!─ insistí sin convicción. Puse mi rey en posición horizontal, gesto que debía haber hecho hace rato, estreché su mano con fuerza, como si lo felicitara por lo que había sucedido en el tablero y me di cuenta que quizás nunca nos habíamos dado la mano. Eso no entraba en los rituales de nuestra amistad. Presentí que la separación sería larga. Esa fue nuestra última partida.                                                                                                                                                                                                                              Mateo V

16.1.25

Muchos gatos para un solo crimen (comentario para radio)


 El libro que escogió mi mano, es un libro sobre gatos y estaba en el cajón de los libros sobre gatos, que no son pocos, en estos tiempos en que los gatos están de moda. Su título es “Muchos gatos para un solo crimen” y su autor Ramón Díaz Eterovic. El libro estaba entre “Maigret y los cerditos sin rabo” de Georges Simenon que no sé por qué estaba en el cajón de los libros sobre gatos y “El gato de muchas colas” de Ellery Queen.

Lo leí muy rápido en esas horas en que comienza la noche que son las mejores para enterarse de algunos suculentos crímenes, eran tres cuentos y un texto donde Díaz Eterovic habla de su detective que es un tal Heredia, que lo nombro así porque el autor no ha revelado aún su nombre de pila, si es que lo tiene. En general, todo el mundo lo tiene, así que supondremos que Heredia también, aunque lo desconocemos.

El autor, Díaz Eterovic, lo voy a llamar así tal como él habla de su detective Heredia, a ver si le gusta que ignoremos su nombre de pila. Díaz Eterovic es uno de los buenos escritores de novela negra, es de los que te atrapa y no te suelta hasta que has llegado al punto final. Por suerte, no es muy larguero para escribir o si no te mantendría secuestrado mucho, mucho tiempo. Este escritor es ──según Mempo Giardinelli── el principal referente de este género en Chile, no el único por supuesto, ya conoceremos a otros.

Díaz Eterovic ha recibido algunos importantes premios en su ya larga trayectoria, sin embargo el Premio Nacional de Literatura es difícil que lo obtenga debido a que escribe cuentos y novelas del género negro. Este género es mirado por algunos con la nariz arriscada, sospechando incluso que quizás no pertenezca a la literatura, a lo más lo consideran un género menor. Yo soy hincha de la novela negra y poco me importa que algunos cuestionen su valor, seguiré leyendo y disfrutando estas entretenidas novelas.

Pero basta de rodeos, vamos al grano: el primero de los cuentos es “Por amor a la señorita Blandish” donde se mezclan los sentimientos amorosos de Heredia con su trabajo de detective privado. El detective viola el Código de Ética de su oficio, pero respeta rigurosamente su propio Código.

El segundo cuento se titula “Vi morir a Hank Quilan”, un criminal en serie ataca a mujeres solas aficionadas al cine, “el psicópata de Hollywood” lo bautizó la prensa. Heredia desarrolla una investigación que resulta muy entretenida para él quien es un gran amante del cine. Si te gusta el cine también será muy entretenida para ti.

Debo consignar que en una sala de cine había un gato en el pasillo que no miraba la película, sino que echaba un sueñito.

Como ven, hasta aquí, poco y nada de gatos.

Pero, por fin llegamos al tercer cuento que le da título al libro: “Muchos gatos para un solo crimen”, aquí aparecen varios gatos, un veterinario, sus clientes, un librero con la cabeza llena de letras y por supuesto Heredia investigando, pero nada más quiero decir para no herir los sentimientos de muchas personas que aman a los gatos.

El cuarto texto también habla de un gato “Heredia y su gato Simenon” no lo quiero llamar cuento porque es un relato biográfico de Heredia, un texto muy interesante para conocer ciertas características del detective y también de su gato, pero como no es un cuento carece de suspenso por lo cual puedo extenderme un poco más sin perjudicar al posible lector que escuche este programa.

Heredia aparece por primera vez, en la novela “La ciudad está triste”, la ciudad es Santiago. Heredia es santiaguino de un barrio bravo apegado al Mapocho en pleno centro de esa ciudad que cada día y, sobre todo, cada noche se vuelve más brava, más violenta. Esta novela es del año 85, en plena dictadura, en la época de las protestas que costaron tantas vidas. No sólo Santiago estaba triste, todo Chile estaba triste.

Nuestro detective, aún no ha conocido al gato Simenon que aparece en la segunda novela de Heredia “Sólo en la obscuridad”, el nombre de Simenon le viene de la gatuna costumbre de echarse sobre los libros de Georges Simenon a dormir su siesta, pero Heredia aún no tiene tanta confianza como para hablar con su gato, costumbre que adquiere más adelante en la novela “Nadie sabe más que los muertos”.

El gato Simenon es blanco, inmaculado y también flojísimo, impertinente y gruñón, este felino poco a poco se ha ido convirtiendo en un personaje central en las novelas de Heredia que muchos leen esperando encontrar los fantásticos diálogos entre Heredia y el gato Simenon.

El felino blanco es una gran compañía para Heredia y algunas veces su única compañía, como aquel año nuevo en que ambos se emborracharon, pero de esto no diré más porque darle alcohol a un gato es perjudicial para su salud y además es completamente ilegal.

Hasta aquí llegamos por hoy.

Me despido deseándote que tengas muy buenas lecturas