22.6.18

Eso, ellos no lo saben


40 lucas me costó la gracia, 40 lucas que salieron enteritas de mi escuálido bolsillo, ante todo porque mi psiquiatra, el muy muy no tenía convenio con mi isapre, la secretaria del muy muy me tranquilizó con un "no se preocupe, su isapre le reembolsará de acuerdo a su plan" y yo que estaba convencido que mi plan debería ser una maravilla con todo lo que me descuentan, entregué mis 2 billetitos anaranjados con una confianza inexcusable y que no me caracteriza. Después, en mi isapre me mandaron a freír monos porque según ellos ya había completado mi cuota de psiquiatría y que el reembolso existía, por supuesto que existía, pero era igual a cero. Un misterio matemático que superaba largamente mis posibilidades de comprensión.
Todo partió con mi blog que es gratuito, aunque me acaba de costar 40 lucas. Reconozco que la culpa fue mía porque se me ocurrió mirar las estadísticas del blog que se mueven con bastante lentitud, pero esperando un milagro de vez en cuando les hecho una mirada.
Las visitas del día eran anormalmente altas: 50 visitas, descontando una que era mía, quedaban 49, lo cual era algo emocionante. Revisé los textos que habían sido leídos y eran todos, cada uno tenía una visita. Miré el mapa de audiencia y un verde muy obscuro señalaba una isla asiática que debía ser Japón, lo cual fue confirmado por el sistema.
Eso significaba que aparte de mi, alguien en Japón se había dado el trabajo de recorrer todo mi Navío de los Locos, hasta las entradas más antiguas, incluyendo algunas que estaban publicadas como borradores, a las cuales se suponía que solo yo tenía acceso. Primero me imaginé que podía ser algún compañero que se había quedado anclado allá tan lejos con el corazón lleno de nostalgia como para bucear en mi blog hasta el último rincón, pero luego me cayó la teja, debía ser algún policía, encargado de monitorear lo que escribo. La otra posibilidad es que se tratase de una inteligencia artificial de algún servicio secreto japonés, lo que lejos de tranquilizarme, me hacía sentir ante un enemigo implacable, un ninja cibernético.
El psiquiatra me explicó que yo no era alguien "tan" importante en el concierto internacional como para preocupar a la policía japonesa o a algún servicio secreto nipón. Ese "tan" quedó rebotando dentro de mi cabeza como si fuera el sonido de una campana, lo que me obligó a dejarle claro que él no estaba calificado para evaluar la importancia de mis textos y, aunque él estuviera en lo cierto acerca de la escasa importancia de mi obra, ese era un hecho completamente desconocido para los nipones y por lo tanto era lógico que monitorearan El Navío de los Locos.
Fui enfático al decirle: "yo sé que mis textos no tienen importancia, pero eso ellos no lo saben"
Como el desacuerdo era total, el muy muy la hizo corta me dijo que tenía estrés laboral y me despachó con una receta de esos remedios marcados con una estrella roja y como ese tipo de receta queda retenido en la farmacia debía volver el próximo mes. Yo lo observaba, haciéndome el distraído y me pude dar cuenta que escribía en mi ficha "episodio de paranoia incipiente"
Me despedí con educación y compostura sin gritarle que era muy muy ni nada, aunque la secretaria del muy muy debe haber visto como me retorcía de la risa mientras esperaba el ascensor.
El muy muy había diagnosticado paranoia incipiente y nunca supo que desde hace 50 años, me detengo ante las más extrañas vitrinas para aprovechar sus cristales como espejos y ver quienes están a mi alrededor, de tanto en tanto me agacho a amarrar mis zapatos que insisten en desamarrarse para permitirme mirar hacia atrás y siempre camino en la dirección del tránsito para que al cruzar la calle la excusa sea perfecta, técnicas de contra chequeo que me han permitido detectar a ciertos hombres muy altos, con gafas obscuras en días nublados y las manos en los bolsillos de sus gabardinas negras...

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