Parpadeó un rato hacia la
inmensidad de la noche y pensó que era como un vacío que quería devorarlos.
Después apretó los puños en su espalda, sintiendo la amarra ardiente alrededor
de las muñecas y afirmó las pisadas en la tierra, dejándose guiar por los pasos
que iban delante. En torno las siluetas se desplazaban, permaneciendo borrosas
entre las oleadas de sombras. Los oscuros, en cambio, se distinguían por la
fogosidad de sus movimientos y el resuello exaltado de sus respiraciones. El roce
de los pasos configuraba un tráfago que los prisioneros, sin conseguirlo, se
esforzaban por no escuchar.
Volvió a
parpadear, dirigiendo el rostro hacia el poniente, imaginando en la lejanía las
techumbres de la ciudad, el abigarrado color de las casas y el murmullo del río
junto a los árboles, pero sólo entrevió los bultos de las colinas y el contorno
espectral del camión en que los habían transportado.
Alguien,
en la cabeza de la fila, emitió un sollozo que fue rápidamente silenciado con
un golpe que absorbió el lamento. El rumor de las pisadas se interrumpió
durante un segundo para luego proseguir su ritmo ineluctable.
Los
oscuros se distribuían estratégicamente al costado de la columna, sin emitir
otro ruido que el de los pasos violentos e inclementes, a diferencia de los
cautivos, que transcurrían más allá de la voluntad de quienes descubrían la
eternidad sobre ellos.
Un
relámpago de luz se encendió en la cresta de la montaña, pero no fue más que un
fulgor efímero, incapaz de oponerse al imperio de la noche.
─Nos van
a matar.─
La
angustia de los días pasados volvió a su memoria y le hizo sacudirse el
embrutecimiento que dominaba sus sentidos. Recordó la sorpresa al ser arrestado,
vio como un acto pueril su intento de oponerse con razones y argumentos a esa
tropelía, además de la certeza posterior que tuvo, luego de los empujones y
golpes, de que todo el asunto era una equivocación.
La
imagen que regresaba una y otra vez a su memoria era la de los rostros de su
mujer y sus hijos mirándole, atónitos, ante la puerta abierta de la casa.
Los
hechos posteriores fueron una pesadilla, las acusaciones en su contra y en la
de los otros prisioneros se acrecentaban según el rango del oficial de turno.
La realidad se había convertido en una cadena de acontecimientos inexplicables
y absurdos.
Hasta
esta noche, cuando llegó el pelotón de soldados arrastrándolos hasta el camión,
luego el trayecto hacia el desierto y el recodo donde la huella del camino de
ripio se esfumaba y comenzaba el tierral. Allí los hicieron formar esta columna
para obligarlos a internarse, ciegos, en la espesura de la pampa.
─Nos van
a matar.─
Las
palabras llegaban distorsionadas por el ramalazo de viento que venía desde el
fondo del vacío.
Pensó en
la muerte como en algo vago e inasible y se dejó ganar por la visión
fantasmagórica de sus pisadas hundiéndose en la oquedad. De pronto, junto a sus
pasos hubo otros, más intensos, acompañados del murmullo de correajes y
cartucheras y cargados con el peso de hierro del arma que aumentaba la
profundidad de las huellas.
Levantó
la mirada hacia la distancia inescrutable y buscó desesperadamente una nueva
fulguración, pero la noche sólo le devolvió la continuidad insondable de su
misterio.
─¿Adónde
nos llevan?─, inquirió la voz de la sombra que le precedía, al tiempo que salía
de la columna y luchaba contra la densidad impenetrable.
No quiso
ver el destino del hombre que había hablado, pero le fue imposible no escuchar
las culatas golpeando la carne y el acero desnudo penetrando la piel.
Vislumbró, estremecido, la lucha denodada del cautivo ovillándose en la arena
pedregosa y el chapoteo confuso de sus manos en el agua de la agonía.
La repentina
inmovilidad de la columna fue atravesada por una descarga de electrizante
lucidez, como si en sus mentes se hubiera alojado un pensamiento inquietante,
pero de inmediato se reimplantó la lógica de los oscuros que, veloces, reimpusieron
el inexorable avance.
─Nos van
a matar.─
Pensó
que el eco de las palabras provenía del fondo de su conciencia, marcando el
final de un olvido y el comienzo de una nueva forma de existencia. Quiso ser
presa de un llanto que permitiera el desahogo de su cuerpo lacerado, se imploró
a sí mismo tener la facultad de hacer que por su rostro bajaran lágrimas
liberando el fuego que quemaba sus entrañas, pero no pasó nada, salvo la
permanencia del aguijón que le presionaba el pecho dictándole el ajetreo de los
pulmones.
Trató de
fijar una imagen grata en la retina de su memoria, revivir en el territorio de
otro tiempo, mas tampoco aquel recurso le fue posible. En cada nuevo paso
comprobaba la finitud de la vida, en el roce de las vestiduras contra su piel
erizada, en el contacto de sus sentidos con el aire frío, en la percepción
aguda del silencio y, después, en el desgarro de su tranco progresando hacia la
nada.
Hincando
la mirada en el suelo dio con la forma de una piedra pulida por la corrosión de
los siglos y quiso indagar en ella la sabiduría de la naturaleza, pero sólo
logró sentirse aún más pequeño e indefenso.
Quiso levantar
otra vez los ojos, pero comprendió que su gesto era inútil y que la luz
permanecía enterrada bajo el océano de sombras. Sin embargo, una repentina
serenidad le sacudió, supo que marchaban hacia el final de sus vidas y que el
ruido de los pasos en la inmensidad era el primer redoble de la muerte
comenzando a saludarles. Entretanto, los oscuros recorrían la columna de
principio a fin con el entusiasmo de quien está próximo a terminar una jornada
agobiante.
Tuvo la
certeza de que los siguientes instantes serían su última oportunidad sobre la
faz de la tierra, eso le dio coraje y paz. Ahora ─se dijo─, mientras la marcha
es un deslizarse de sombras aparentemente resignadas. Ahora, cuando los oscuros
creen en la eternidad e invulnerabilidad de su poderío, cuando se sienten
amparados por el manto de tinieblas que los envuelve.
Cree que
ha nacido y vivido para llegar a este momento, que todas las razones y
sinrazones de su paso por el mundo concluyen en esta precisa encrucijada.
Da dos
pasos siguiendo el curso de la columna y al iniciar el tercero sabe que está quebrantando
la inercia impuesta por los oscuros. Avanza solo hacia el sudeste, quizás
porque intuye que en esa dirección tendrá lugar el nacimiento del amanecer y
porque ha decidido identificar el sentido de su andar con el ascenso de la luz
en el cielo.
─Está
amaneciendo─, dice en voz alta, provocando con sus palabras y su acción el
derrumbe de la marcha que comienza a desgajarse en una catarata de pasos contra
la tierra, despedazándose como un convoy de trenes alcanzado por una voladura.
No se
detiene a comprobar el resultado de su acción. Imperturbable, continúa
caminando y repitiendo las palabras que salen de su boca, casi como un canto o
un himno:
─Está
amaneciendo─.
Siente
la convulsión del aire tras de sí, cortado por fuerzas que chocan. Quisiera ver
la confusión que su acto ha originado entre los oscuros y también el estallido
de rebelión entre sus compañeros, pero se concentra en la destreza de la pierna que adelanta para iniciar el nuevo
paso. Alcanza a sentir la dureza del terreno bajo sus pies y se alegra de
llevar los zapatos rotos porque le permiten sentir el fuego de las huellas que
van quedando impresas sobre la tierra con su rabiosa y triste alegría. Ahora
grita a voz en cuello, olvidando la extenuación que lo socava:
─Está
amaneciendo─.
Desde
atrás lo empuja la onda expansiva de un crujido y un latigazo de luz hiere el
borde de sus ojos. El paraje es sometido a una ráfaga infernal, ve aproximarse
a sus pupilas un ramillete de cristales y después la tierra inmensa, viniéndose
de golpe hacia su rostro.
Experimenta
la caricia extrañamente tibia del polvo en su mejilla y con doloroso esfuerzo
vuelve la mirada hacia la cumbre remota de la montaña, desde donde baja el
primer relámpago sostenido del amanecer. Entonces ya no opone resistencia al
peso feroz que le baja los párpados.
Renard Betancourt M.