5.2.25

El hombre que amaba a los perros


T
engo una perrita Beagle quinceañera llamada Lis y un gato conocido como Acho, el cual ha andado muy engreído al darse cuenta de la importancia de los gatos en la novela negra. Lis, por su parte, está insoportable, ladra sin motivo conocido, quizás se siente menoscabada ante el felino miembro de nuestra manada. Por eso hoy tomé un libro del estante de los libros sobre perros de la Biblioteka Negra para que ella recupere su autoestima.

Salió un pequeño libro de bolsillo titulado “El hombre que amaba a los perros” de Raymond Chandler, recuerdo haber leído un libro con ese título, pero de otro autor, del cubano Leonardo Padura sobre el asesinato de León Trosky que cabalga entre la historia y la novela y por lo tanto también pertenece al género negro, aunque no es una novela de detectives.

Busqué un poco más de información sobre este alcance de nombre y me enteré que no era tal, sino que Padura usó este título como una forma de homenaje a Chandler, a quien admira y reconoce en él a un escritor que ha influido en su obra.

Con mayor razón, me sentí incentivado a la lectura del libro que el azar había puesto en mis manos para que lo leyera lo antes posible y preparara este comentario que espero sea del agrado de Lis y deje de ladrar tanto.

El pequeño volumen contiene tres historias del sufrido detective privado Carmady, escogidas y agrupadas por la editorial, no por su autor que las escribió en distintos momentos, en una época en la que aún no había aparecido el conocido detective Marlove.

La primera de las historias, es la que le da nombre al libro: “El hombre que amaba a los perros”, es de 1936, el protagonista es Carmady, pero un personaje muy importante es el perro policial llamado Voss en honor a Werner Voss un aviador alemán destacado de la Primera Guerra. También aparecen otros perros y no pocos gatos, pero son solo parte del decorado y ni siquiera son llamados por sus nombres, sino que apenas son mencionados por sus respectivas razas.

No les voy a contar lo que hace Voss, el perro policial para que no pierdas la emoción de enterarte a través de tu propia lectura.

La segunda historia es de 1935, “Asesino en la lluvia” supuestamente también del detective Carmady, aunque en ningún momento aparece mencionado su nombre, se supone que él es el narrador de la misma y con todo lo que le pasa, quien otro podría ser sino Carmady, quien más podría aguantar tanto.

En esta historia llueve más que en Macondo, así es Chandler. Si el relato se llama Asesino en la lluvia no van a ser unos cuantos milímetros de agua caída, la lluvia debe ser en serio. Chandler no se fija en gastos, fue tanta la lluvia que le sobró un poco para el tercer relato titulado El telón donde la víctima anuncia: “va a llover… me desagradaría que me enterrasen con lluvia” que más que un pronóstico del tiempo es el anuncio de su propia muerte.

Carmady ha sobrevivido a estos tres relatos, la pasó mal, fue golpeado, encerrado, drogado y hasta sufrió una fractura de cráneo, sin embargo Chandler se mantuvo fiel al pacto firmado entre todos los autores de novela policial con sus respectivos detectives. Después de la dura experiencia de Conan Doyle cuando atentó contra la vida de su detective Sherlock Holmes, ningún escritor de novela negra que se precie de serlo ha vuelto a intentar acabar con la vida de su propio detective privado. Eso es casi un suicidio.

Hasta aquí llega esta invitación a leer un buen libro.

¡Que tengas las mejores lecturas!

3.2.25

El relámpago


     Parpadeó un rato hacia la inmensidad de la noche y pensó que era como un vacío que quería devorarlos. Después apretó los puños en su espalda, sintiendo la amarra ardiente alrededor de las muñecas y afirmó las pisadas en la tierra, dejándose guiar por los pasos que iban delante. En torno las siluetas se desplazaban, permaneciendo borrosas entre las oleadas de sombras. Los oscuros, en cambio, se distinguían por la fogosidad de sus movimientos y el resuello exaltado de sus respiraciones.

    El roce de los pasos configuraba un tráfago que los prisioneros, sin conseguirlo, se esforzaban por no escuchar.

    Volvió a parpadear, dirigiendo el rostro hacia el poniente, imaginando en la lejanía las techumbres de la ciudad, el abigarrado color de las casas y el murmullo del río junto a los árboles, pero sólo entrevió los bultos de las colinas y el contorno espectral del camión en que los habían transportado.

    Alguien, en la cabeza de la fila, emitió un sollozo que fue rápidamente silenciado con un golpe que absorbió el lamento. El rumor de las pisadas se interrumpió durante un segundo para luego proseguir su ritmo ineluctable.

    Los oscuros se distribuían estratégicamente al costado de la columna, sin emitir otro ruido que el de los pasos violentos e inclementes, a diferencia de los cautivos, que transcurrían más allá de la voluntad de quienes descubrían la eternidad sobre ellos.

    Un relámpago de luz se encendió en la cresta de la montaña, pero no fue más que un fulgor efímero, incapaz de oponerse al imperio de la noche.

    ─Nos van a matar.─

    La angustia de los días pasados volvió a su memoria y le hizo sacudirse el embrutecimiento que dominaba sus sentidos. Recordó la sorpresa al ser arrestado, vio como un acto pueril su intento de oponerse con razones y argumentos a esa tropelía, además de la certeza posterior que tuvo, luego de los empujones y golpes, de que todo el asunto era una equivocación.

    La imagen que regresaba una y otra vez a su memoria era la de los rostros de su mujer y sus hijos mirándole, atónitos, ante la puerta abierta de la casa.

    Los hechos posteriores fueron una pesadilla, las acusaciones en su contra y en la de los otros prisioneros se acrecentaban según el rango del oficial de turno. La realidad se había convertido en una cadena de acontecimientos inexplicables y absurdos.

    Hasta esta noche, cuando llegó el pelotón de soldados arrastrándolos hasta el camión, luego el trayecto hacia el desierto y el recodo donde la huella del camino de ripio se esfumaba y comenzaba el tierral. Allí los hicieron formar esta columna para obligarlos a internarse, ciegos, en la espesura de la pampa.

     ─Nos van a matar.─

    Las palabras llegaban distorsionadas por el ramalazo de viento que venía desde el fondo del vacío.

    Pensó en la muerte como en algo vago e inasible y se dejó ganar por la visión fantasmagórica de sus pisadas hundiéndose en la oquedad. De pronto, junto a sus pasos hubo otros, más intensos, acompañados del murmullo de correajes y cartucheras y cargados con el peso de hierro del arma que aumentaba la profundidad de las huellas.

    Levantó la mirada hacia la distancia inescrutable y buscó desesperadamente una nueva fulguración, pero la noche sólo le devolvió la continuidad insondable de su misterio.

    ─¿Adónde nos llevan?─, inquirió la voz de la sombra que le precedía, al tiempo que salía de la columna y luchaba contra la densidad impenetrable.

    No quiso ver el destino del hombre que había hablado, pero le fue imposible no escuchar las culatas golpeando la carne y el acero desnudo penetrando la piel. Vislumbró, estremecido, la lucha denodada del cautivo ovillándose en la arena pedregosa y el chapoteo confuso de sus manos en el agua de la agonía.

    La repentina inmovilidad de la columna fue atravesada por una descarga de electrizante lucidez, como si en sus mentes se hubiera alojado un pensamiento inquietante, pero de inmediato se reimplantó la lógica de los oscuros que, veloces, reimpusieron el inexorable avance.

    ─Nos van a matar.─

    Pensó que el eco de las palabras provenía del fondo de su conciencia, marcando el final de un olvido y el comienzo de una nueva forma de existencia. Quiso ser presa de un llanto que permitiera el desahogo de su cuerpo lacerado, se imploró a sí mismo tener la facultad de hacer que por su rostro bajaran lágrimas liberando el fuego que quemaba sus entrañas, pero no pasó nada, salvo la permanencia del aguijón que le presionaba el pecho dictándole el ajetreo de los pulmones.

    Trató de fijar una imagen grata en la retina de su memoria, revivir en el territorio de otro tiempo, mas tampoco aquel recurso le fue posible. En cada nuevo paso comprobaba la finitud de la vida, en el roce de las vestiduras contra su piel erizada, en el contacto de sus sentidos con el aire frío, en la percepción aguda del silencio y, después, en el desgarro de su tranco progresando hacia la nada.

    Hincando la mirada en el suelo dio con la forma de una piedra pulida por la corrosión de los siglos y quiso indagar en ella la sabiduría de la naturaleza, pero sólo logró sentirse aún más pequeño e indefenso.

    Quiso levantar otra vez los ojos, pero comprendió que su gesto era inútil y que la luz permanecía enterrada bajo el océano de sombras. Sin embargo, una repentina serenidad le sacudió, supo que marchaban hacia el final de sus vidas y que el ruido de los pasos en la inmensidad era el primer redoble de la muerte comenzando a saludarles. Entretanto, los oscuros recorrían la columna de principio a fin con el entusiasmo de quien está próximo a terminar una jornada agobiante.

    Tuvo la certeza de que los siguientes instantes serían su última oportunidad sobre la faz de la tierra, eso le dio coraje y paz. Ahora ─se dijo─, mientras la marcha es un deslizarse de sombras aparentemente resignadas. Ahora, cuando los oscuros creen en la eternidad e invulnerabilidad de su poderío, cuando se sienten amparados por el manto de tinieblas que los envuelve.

    Cree que ha nacido y vivido para llegar a este momento, que todas las razones y sinrazones de su paso por el mundo concluyen en esta precisa encrucijada.

    Da dos pasos siguiendo el curso de la columna y al iniciar el tercero sabe que está quebrantando la inercia impuesta por los oscuros. Avanza solo hacia el sudeste, quizás porque intuye que en esa dirección tendrá lugar el nacimiento del amanecer y porque ha decidido identificar el sentido de su andar con el ascenso de la luz en el cielo.

    ─Está amaneciendo─, dice en voz alta, provocando con sus palabras y su acción el derrumbe de la marcha que comienza a desgajarse en una catarata de pasos contra la tierra, despedazándose como un convoy de trenes alcanzado por una voladura.

    No se detiene a comprobar el resultado de su acción. Imperturbable, continúa caminando y repitiendo las palabras que salen de su boca, casi como un canto o un himno:

    ─Está amaneciendo─.

    Siente la convulsión del aire tras de sí, cortado por fuerzas que chocan. Quisiera ver la confusión que su acto ha originado entre los oscuros y también el estallido de rebelión entre sus compañeros, pero se concentra en la destreza de la  pierna que adelanta para iniciar el nuevo paso. Alcanza a sentir la dureza del terreno bajo sus pies y se alegra de llevar los zapatos rotos porque le permiten sentir el fuego de las huellas que van quedando impresas sobre la tierra con su rabiosa y triste alegría. Ahora grita a voz en cuello, olvidando la extenuación que lo socava:

    ─Está amaneciendo─.

    Desde atrás lo empuja la onda expansiva de un crujido y un latigazo de luz hiere el borde de sus ojos. El paraje es sometido a una ráfaga infernal, ve aproximarse a sus pupilas un ramillete de cristales y después la tierra inmensa, viniéndose de golpe hacia su rostro.

    Experimenta la caricia extrañamente tibia del polvo en su mejilla y con doloroso esfuerzo vuelve la mirada hacia la cumbre remota de la montaña, desde donde baja el primer relámpago sostenido del amanecer. Entonces ya no opone resistencia al peso feroz que le baja los párpados.

Renard Betancourt M.