26.6.17

El faro de Punta Hualpén


Acuarela de Mayarí Schilling
La lluvia arreciaba contra los cristales y las olas estaban pegando fuerte a los roqueríos. La luz potente de nuestro faro cumplía con avisar a los balleneros de Chome y a los barcos que se dirigían a la Bahía de San Vicente, el peligro de la Punta de Hualpén. El trabajo era importante, pero no sucedían grandes cosas que registrar en la bitácora que debíamos llevar los torreros.
Era noche de temporal y marejada, lo que hacía un poco  más interesante mi turno. Los relámpagos se sucedían y me permitían observar el oleaje que se batía como nunca en su lucha incesante contra los acantilados. De pronto me pareció ver que las rocas estaban vivas. Usé el catalejo y pude distinguir que cada una de las enormes rocas estaba cubierta completamente de bichos que se movían en forma lenta y aparatosa. Pensé que eran ratas, pero luego descarté esa posibilidad porque los movimientos no correspondían a ese tipo de plaga. El aparato óptico no era de los mejores y no me mostraba los detalles que me permitieran identificar de que se trataba. Se movían como pequeños robots en una mala película de terror.
Enfoqué el catalejo en las rocas cercanas y también allí aparecían unos bichos desperdigados que parecían jaibas, y a juzgar por la forma de su movimiento que era igual al que se observaba en las rocas que se internaban en el mar aquellas también podrían ser jaibas, solo que nunca había visto una cantidad tan grande de esos crustáceos.
Quizás tenía una gran necesidad de conversar con alguien esa noche porque no dudé en ir a despertar al turco.
—Despierta turquito, ven a ver lo que pasa afuera, que esto no se ve todos los días—. La reacción no fue inmediata porque no estábamos acostumbrados a ningún tipo de emergencia. La rutina era lo nuestro.
Cuando logré que se acercara al ventanal, le pasé el catalejo. Él lo enfocó hacia el horizonte esperando ver algún barco en problemas.
—Mira las rocas— le dije sin apuro. El obedeció con la facilidad que lo hacen las personas cuando están aún medio dormidas.
—¿Qué son esos bichos? —  y su voz sonaba profunda y asustada.
—Me parecieron jaibas o algún otro tipo de cangrejo, en realidad no sé, por eso te desperté—.
—¿Pero que hacen formadas en batallones? La pregunta  del turco era un tanto desquiciada y temí que no estuviera del todo despierto ni muy bien de la cabeza. Le arrebaté el catalejo y observé. Estuve a punto de repetir lo mismo porque en las rocas sobre las que se asentaba el faro ya no había unas jaibas dispersas, sino que su número había aumentado mucho en los minutos que habían pasado y efectivamente se movían como batallones de robots.
El turco pareció despertar del todo y me dijo simplemente —Hay que hacer algo —, se puso su capa de agua y tomó un escobillón, yo hice lo mismo y tomé una pala, salimos al patio circular que rodeaba el faro cuando llegaban las primeras oleadas de jaibas a invadir nuestro lugar de trabajo.
Pusimos todo nuestro empeño en despejar el patio, pero era inútil, por cada jaiba que expulsábamos llegaban diez o tal vez más. Esa táctica no estaba resultando, así que decidimos volver a la torre y cerrar puertas y ventanas lo más herméticamente posible, confiábamos que esos cangrejos no eran muy aptos para escalar las paredes bastante lisas y elevadas del faro.
Al llegar al ventanal superior, pudimos ver como cientos quizás miles de jaibas usaban sus pinzas para ascender la pared exterior del faro realizando una danza fantástica, el efecto robot que apreciaba en sus movimientos sobre las rocas había desaparecido, ahora desafiaban la gravedad y la fuerza del viento y de la lluvia como en una pesadilla.
No podíamos hacer nada, pero tampoco las hordas invasoras nos afectaban mucho más allá de intranquilizar nuestros espíritus que se enfrentaban a un pequeño misterio casi absurdo. La cosa cambio cuando alcanzaron la linterna y sus cuerpos eclipsaron la luz salvadora de los navíos en peligro. Sin la luz la navegación no era segura y nosotros estábamos obligados a garantizar que los barcos que surcaban esas aguas llegaran a sus puertos. Ése era nuestro deber y sabríamos cumplirlo.
Pusimos a hervir agua no solo en la tetera sino también en el caldero, en el fondo, en las ollas y hasta en las ollitas más pequeñas. Después salimos a la terraza superior con los recipientes y arrojamos agua hirviendo sobre las jaibas que obstruían la luz de la linterna. Costó mucho trabajo, pasamos toda la noche en esa dura tarea, al amanecer las pusimos definitivamente en retirada y luego pudimos darnos un desayuno en cual comimos varias jaibas reinas que habían perecido sancochadas. Mientras devorábamos los crustáceos, acordamos no incluir la extraña invasión en la bitácora. Primera vez que pasaba algo emocionante y tuve que limitarme a anotar: "... a pesar de la tormenta y las marejadas se mantuvo encendida la luz del faro".
Juan Schilling
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